Por Saverio Lodato-01 de junio de 2021

Ahora que han pasado veinticinco años, Giovanni Brusca, el súper killer de Capaci, pero también el súper colaborador de justicia que en decenas y decenas de juicios les clavó su responsabilidad a decenas y decenas de mafiosos, ha dejado para siempre la prisión de Rebibbia, donde había vivido en continuo aislamiento.

Se va libre, por sus propios pies, al aire exterior.

Durante cuatro años, se pondrá vigilancia a su persona, según lo establecido por la Corte de Apelaciones de Milán, pero como ciudadano libre que ha cumplido su condena.

La noticia impresiona, suscita reacciones emocionales y viscerales, al límite de lo indigesto. Pero tenía que suceder.

Y es por eso que hemos llegado al momento de la verdad.

Un destino amargo quiere que esta ley, que hoy los jueces aplican, fuera enérgicamente deseada por Giovanni Falcone, que fue la principal víctima, en Capaci, de Giovanni Brusca, su principal verdugo.

No es una reflexión nuestra.

Son palabras de Maria Falcone, hermana del juez asesinado junto a Francesca Morvillo, Antonio Montinaro, Rocco Dicillo y Vito Schifani.

Maria Falcone, al calor de la noticia, declaró con vehemencia: "Humanamente es una noticia que me entristece, pero esta es la ley, una ley que, por otra parte, mi hermano quiso y, por tanto, hay que respetarla". Y ha llevado años, cómo se podrá leer más adelante, para que María Falcone llegase a la dolorosa – ¿y cómo culparla? – conclusión de hoy.

En cambio, hay quienes nunca comprenden.

Muchos de los que hoy se escandalizan porque Brusca vuelve a la libertad, son los mismos que piden la liberación de los mafiosos que están bajo el régimen carcelario duro y que nunca han colaborado con la justicia ni tienen ninguna intención de hacerlo.

Para los mafiosos recalcitrantes, que siguen siendo mafiosos, harían falta puentes de oro, toboganes y calzadas privilegiadas para salir de las cárceles de la patria.

Giovanni Falcone, en cambio, tenía muy claro en su cabeza cual era la ley que iba a favorecer las colaboraciones con la justicia, para poner de rodillas y para siempre, a Cosa Nostra.

Y Giovanni Brusca, increíblemente, es el primero en beneficiarse de ello, frente a un Estado que ha respetado sus pactos, al igual que él los respetó en todos sus testimonios judiciales.

Esta es exactamente la ley que quería Giovanni Falcone. Y que un Parlamento de indolentes aprobó solo después de que se realizara la masacre de Capaci.

Un Giovanni Falcone que, finalmente, no hubiera querido descuentos para la mafia que no estuviera dispuesta, en principio, a colaborar con la justicia.

Giovanni Falcone quería luchar seriamente contra la mafia. Y lo hizo seriamente.

El resto es charlatanería.

Muchos de los que hoy gritan hasta el escándalo, y que gritarán en las próximas horas, temen que este asunto dé lugar a que otros arrepentidos cuenten absolutamente todo lo que saben. Sobre todo, en temas candentes, como las ancestrales relaciones entre la mafia y el Estado, la mafia y las instituciones, la mafia y el poder. Pero aquí el discurso se volvería muy largo.

No querríamos estar en la piel de la ministra Marta Cartabia, llamada a la titánica tarea de reformular, en estos días, el funcionamiento de la justicia italiana.

Giovanni Falcone no es un santo de estampita para exhibir en las ferias de los pueblos, es un legado voluminoso en la historia de nuestro país.

Uno de sus mejores legados, precisamente por ese volumen, enorme volumen.

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ITALIA ES UN PAIS PARA MAFIOSOS, NO PARA ARREPENTIDOS, COMO GIOVANNI BRUSCA

Por Saverio Lodato-7 de octubre de 2019

Conocí a Giovanni Brusca hace más de veinte años, en su aislamiento en la prisión romana de Rebibbia, un par de años después de su captura en una villa de San Leone, en la provincia de Agrigento (20 de mayo de 1996).

Era el hombre de Capaci, el que había accionado el control remoto, asesinando a Giovanni Falcone, Francesca Morvillo, y a los policías Antonino Montinaro, Rocco Dicillo y Vito Schifani.

Era el hombre que había cometido –según él mismo admitió– entre cien y doscientos homicidios.

Era el hombre que había dado órdenes a sus seguidores –mafiosos como él– de secuestrar y luego estrangular al pequeño Giuseppe Di Matteo, de apenas quince años, porque su padre –Santino– se había arrepentido y había empezado a colaborar con la justicia italiana.

Criminal hasta la médula, mafioso descendiente de una familia de altísimo linaje mafioso –los Brusca de San Giuseppe Jato fueron tradicionalmente aliados de Totò Riina– Giovanni Brusca fue uno de los principales verdugos de Cosa Nostra "corleonesa" en los casi veinte años de la escalada sangrienta que provocó miles de víctimas.

Quería conocerlo porque si su trabajo era el de mafioso, el mío es el de periodista.

No hay mucho que entender o agregar.

Y podría enumerar decenas y decenas de otros casos de grandes criminales, comunes o "políticos", que en todas las latitudes han contado sus recuerdos frente a la libreta de un periodista.

El libro que se publicó al final de nuestras conversaciones aún existe, porque fue reeditado continuamente desde entonces. Prueba de que los lectores nunca han encontrado nada extraño en que un reportero entreviste a un criminal en régimen de aislamiento. Pero para que la información sea completa, también hay que decir que, casi inmediatamente después de su detención, Giovanni Brusca ya se había embarcado en el camino de la colaboración con los magistrados. Prueba de ello es que, para encontrarme con él en la cárcel, tuve que obtener la luz verde de cerca de una veintena de jueces, repartidos por toda Italia, que investigaban por diversos motivos, y por un número infinito de delitos, precisamente sobre él. Habría sido suficiente el rechazo de solo una de mis solicitudes para que nunca hubiera podido entrevistar a Brusca.

El libro lleva un título fuerte: "Yo maté a Giovanni Falcone" (Mondadori) y sigue siendo el único testimonio vivo del asesino de Capaci.

Al aparecer en las librerías, María Falcone, en declaraciones a las agencias informativas, se expresó con dureza, afirmando que nunca le hubiera dado a un criminal la oportunidad de hablar.

Han pasado veinte años.

Giovanni Brusca, tal como fue reconocido por decenas y decenas de tribunales que lo han examinado, resultó veraz y colaboró en todas sus declaraciones.

Maria Falcone hoy, ante la posibilidad de que el Tribunal Supremo después de veintitrés años de cárcel le conceda a Brusca el arresto domiciliario, reitera lo que siempre ha dicho: que Brusca, en pocas palabras, no es digno de nada. Es un punto de vista que entiendo.

No estoy escribiendo esta nota para romper lanzas a favor de Brusca.

Me limito a observar que, junto a Tommaso Buscetta, Giovanni Brusca, en un período diferente en la historia de Cosa Nostra, fue el más grande colaborador de todos los magistrados empeñados en combatir el fenómeno mafioso.

Ahora mismo, y de eso hablamos en el artículo que se publica a continuación, como forma de paradoja irónica, la Gran Cámara de la Corte Europea de Derechos Humanos (CEDH) está decidiendo sobre la supresión de la cadena perpetua estricta para todos los mafiosos actualmente detenidos, independientemente de si se han arrepentido.

Curiosamente, aunque para nosotros no tenga nada de extraño, no se alzó ninguna voz de protesta.

Los periódicos y la televisión ignoran la noticia.

¿Qué queremos hacer?

¿Enviar a todos los mafiosos a casa y tirar las llaves de Giovanni Brusca? Sería algo muy grave.

Sería el enésimo escarnio a la memoria de Giovanni Falcone.

El cual –lo recordamos para quienes no lo saben, o prefieren olvidarlo– creía que la figura del colaborador de justicia debía ser alentada y, en el caso de mantenimiento del pacto, adecuadamente correspondida por el Estado. Existe una ley en tal sentido. Él, así lo quería. Si no nos gusta, el Parlamento puede derogarla en cualquier momento.

Y en esto también debería estar de acuerdo Maria Falcone.

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*Foto de portada: www.antimafiadosmil.com

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