Domingo 23 Junio 2024

Documento

“Libertad, justicia y compasión en el alma de nuestro pueblo”

Por Antimafia Dos Mil

Recientemente, la Conferencia Episcopal del Uruguay, que aglutina a los obispos de la Iglesia Católica del país, presentó un documento con “reflexiones en este tiempo electoral que se abre, para contribuir, desde nuestra perspectiva, al discernimiento de los fieles y de nuestras comunidades cristianas”.

En un tono neutro, evitando realizar señalamientos puntuales -y en algunos casos de manera omisa-, los obispos abarcaron temas como la seguridad pública, la “superpoblación” en las cárceles y el narcotráfico, al que tildaron de “plaga”. También se refirieron a las personas en situación de calle -“no solo en la capital-, así como a los núcleos de pobreza. En este sentido sentenciaron que “la realidad nos interpela a cambiar la cultura del descarte por la cultura de la compasión”.

El documento, compartimentado en seis apartados, comienza con “la alegría de ser uruguayos”, intentando reflejar la identidad del pueblo oriental desde sus orígenes. Dicen los obispos: “La Iglesia fue partera de la patria. Estuvo presente desde la llegada, hace 500 años, de los primeros españoles. Fue factor de civilización y progreso: desde el norte, con el influjo de las misiones jesuíticas y desde el sur con los franciscanos y dominicos”.

Estos conceptos, tan arraigados a los procesos coloniales y genocidas, van a contrapelo de valores como libertad y justicia. Y en este sentido los obispos parecieran pecar de tibios. En el mismo tono se refieren al “aporte” del colonialismo europeo, diciendo: “A la matriz india, con la contribución sustancial de los pueblos guaraní-misioneros, se sumaron los aportes españoles, la forzada llegada de africanos y, ya poco después de la independencia y durante un siglo, el arribo de inmigrantes de distintas partes de Europa, así como de pequeñas colonias de muy diversas naciones del mundo”.

En línea con el gobierno de Lacalle los obispos omiten hablar de terrorismo de Estado y de políticas de exterminio a los que encasillan en términos de “desencuentro”: “Las décadas del 60 y del 70 del siglo pasado estuvieron caracterizadas por el desencuentro entre los uruguayos: crisis económica y social, guerrilla, dictadura”.

Así mismo reflexionan: “Tenemos los fantasmas que vienen de nuestro pasado para recordarnos lo que es un Uruguay dividido; pero también la realidad de países donde el enfrentamiento es norma, que nos sirve de espejo de lo que no queremos ser. Por eso, frente a una nueva instancia electoral, la invitación que hacemos los obispos es recoger lo mejor de nuestra historia, levantar nuestra mirada y cuidar el alma del país”. Y este último punto se desarrolla en el tercer apartado, el cual afirma que “el Uruguay se ha ido formando desde diversas tradiciones, pero con una columna fundamental judeocristiana, hispánica e ilustrada, que configuró una sociedad horizontal, igualitaria, respetuosa del pluralismo”.

Es importante destacar que en ocho ocasiones el documento repite la palabra justicia, siempre en tonos ideales e incluso “artiguistas”, que invitan interpretarla como una necesidad social e institucional imprescindible para regular los parámetros de equidad y pluralidad tan afectados por los núcleos arcaicos de poder. Pero pese a esta “interpretación libre” e “ideal”, no hay un señalamiento férreo, sincero y concreto contra los “fantasmas” del terrorismo de Estado del pasado, o del presente.

Avanzando hacia el cuarto apartado, los obispos tratan “El sentido de la vida”:El tiempo en que vivimos ha abandonado la pregunta por la verdad. Ante los límites y la complejidad del conocimiento humano, ha crecido el relativismo, no sólo en todas las áreas del conocimiento sino también, de forma especialmente preocupante, en la ética. Si nadie puede conocer la verdad ni poseerla, entonces solo resta que cada uno construya la suya y crea lo que le sea más útil para vivir mejor, desembocando así en un pragmatismo que deja la existencia sin un horizonte último, sin preguntas radicales”.

Una reflexión que nos interpela ante el avance las fake news y los procesos de desestabilización política que se desprenden de estas maniobras. En este sentido el grupo de clérigos, alertan sobre el uso de las nuevas tecnologías, en especial el manejo de las redes sociales y la Inteligencia Artificial.

“El impacto de la Inteligencia Artificial (IA) en todos los aspectos de la vida (trabajo, educación, medicina, amistad, amor, política, economía y medio ambiente), crea una gran incertidumbre y nos obliga a repensar lo humano, a repensar lo que somos y qué queremos dejar a las generaciones futuras. La Inteligencia Artificial no es neutral. Así como es una ayuda que nos impresiona por su capacidad, también está llena de riesgos y peligros para la humanidad. Por eso, es preciso regularla; pero, sobre todo, discernir éticamente hacia dónde queremos encaminar la vida humana en todas sus dimensiones”.

También: “La obsesión por la felicidad, reducida a bienestar físico y emocional, reduce el horizonte de la vida humana, estrecha la mirada y nos encierra en la búsqueda de satisfacciones inmediatas, que dejan cada vez más vacía la vida, en un círculo vicioso de consumo para escapar de la ausencia de sentido”. Y profundizan diciendo: “Lo que da sentido a la vida es un propósito, una vocación de entrega fuera de uno mismo. Lo que da sentido es una vida que se sabe amada incondicionalmente, intrínsecamente”.

Y considerando el año electoral, los obispos -nuevamente señalando sin nombrar-, resaltan que, “la búsqueda del sentido de la vida no es solo una cuestión personal, sino una interpelación a la sociedad en todos sus ámbitos, incluyendo el de la política. La falta de respuestas consistentes trae consecuencias que están a la vista, en el deterioro de la vida de jóvenes y ancianos, en las familias destruidas por la violencia, en tanta soledad padecida aun entre quienes viven junto a otros”.

Cierran el concepto compartiendo palabras del Papa Francisco quien dijo: “La política es una de las formas más elevadas de la caridad, porque sirve al bien común”. Y agregan, “a la fe cristiana, por estar fundada en Dios que se hace hombre, nada de lo humano le es ajeno. Nada de lo humano puede quedar fuera del compromiso cristiano con la vida”.

Hacia adelante los religiosos se desencadenan sobre las situaciones de convivencia pública en el país, a los que se refieren como “Algunos problemas emergentes”.

“El problema de la seguridad pública que, sabemos, no tiene fácil solución. El número de homicidios no ha disminuido y golpea nuestra conciencia de un modo especial cuando se trata de niños asesinados o heridos por balas que no estaban destinadas a ellos, pero que segaron sus vidas. A la problemática social que está en el origen de muchos delitos se suma la plaga del narcotráfico en diversas escalas, que ha llevado a que en algunos barrios se viva una guerra de bandas con terribles consecuencias”. No hay consideraciones sobre el lavado de activos, ni sobre la infiltración de esos capitales en la economía formal o en el financiamiento de la política.

“Las cárceles están superpobladas y la situación en ellas es muy dura, como lo hace ver la cantidad de hechos de violencia que allí se suceden”. En este sentido debemos recordar que Uruguay tiene uno de los mayores índices de privados de la libertad per capita, una situación que ha ido increcendo a partir de la reforma del código de Proceso Penal. “Hay experiencias de reinserción de los que son liberados; pero parece poco frente a la población que, día a día, sale o entra a los centros penitenciarios”.

La falta de equidad, consecuencia directa de la mala distribución de la renta -Uruguay es un país rico-, el Episcopado lo aborda desde abajo, diciendo: “Hay un núcleo de pobreza dura que nos interpela, sobre todo cuando ésta adquiere «rostro de niño». Los diversos gobiernos y muchos actores de la sociedad han hecho esfuerzos para combatirla; pero sigue habiendo un porcentaje de uruguayos que vive en condiciones indignas. No es sólo un tema de dificultades económicas sino también de oportunidades y de educación”.

Y a continuación entran a un espacio de complejidad endémica, “otro signo que nos inquieta, vemos que las personas en situación de calle han aumentado en número, no solo en la capital, sino también en ciudades del interior, caracterizándose por ser en su gran mayoría jóvenes adictos y personas con problemas de salud mental. Esta realidad nos interpela a cambiar la cultura del descarte por la cultura de la compasión, a crear puentes de acercamiento para que la brecha no siga creciendo. Toca a las diversas instituciones de la sociedad trabajar por una ética de la equidad que genere nuevos puestos de trabajo y dé a la economía un rostro más humano”.

Muchos de estos problemas sociales, la Iglesia los ha asociado históricamente a la desarticulación del concepto de familia, desde la mirada conservadora y europea. “La familia se ve afectada por la cultura individualista y la falta de un apoyo fuerte hacia ella, como establece el mandato constitucional. Hay una creciente dificultad en asumir compromisos de por vida. La realidad de la familia, basada en el matrimonio de un varón y una mujer con la mirada puesta en la transmisión de la vida, parece cosa del pasado. Disminuye la natalidad. Se posponen los hijos, perdiéndose a veces los tiempos de mayor fecundidad. Muchas veces parece no haber interés o deseo de traer hijos al mundo. No se tiene conciencia de lo que significa el aborto, cuya gravedad nuevamente señalamos como una herida profunda a nuestra conciencia moral como sociedad y cuyos números, fríamente publicados, no dejan de ser la “matanza de los inocentes” practicada ante la indiferencia de la mayoría. “Una sociedad sin niños, una sociedad que no protege la vida de los más indefensos, es una sociedad que pierde el sentido de la vida, se envejece, se entristece, se suicida”, decíamos hace cinco años”.

Un abordaje que ha quedado trunco ante la falta de autocrítica -y de acciones en consecuencia - respecto de los miles de violadores de niños encubiertos y protegidos dentro de la curia.

Pese a esto, el documento es un intento válido por volver a acercarse a una sociedad que se ha alejado de las doctrinas católicas, apostólicas y romanas.

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*Foto de Portada: icm.org,uy