Por Alejandro Díaz- 14 de septiembre de 2021

En Argentina hubo elecciones primarias de medio tiempo y pese a la histeria colectiva que reflejan los medios, el país se volvió a dividir entre radicales y justicialistas, dos de las tres fuerzas políticas que tienen presencia permanente en prácticamente todo el país. Hay siempre, estadísticamente e históricamente hablando, un porcentaje disidente a estas estructuras políticas, algunas por afinidad, que se dividen de las facciones que apuntan, más que al centro al status quo.

En Argentina la brecha social es un abismo. Familias que viven con el PBI de un país europeo de primera fila, no hablo de España ni de Grecia, que para ellos son pobres, hablo de Suiza, hablo de Londres, hablo de Mónaco, hablo de lugares donde los palacios no son museos ni escuelas, sino residencias. En la otra punta, provincias enteras que son villas miserias, hablo de Formosa, de Chaco, La Rioja, La Matanza, Cipolletti, el casco de Bariloche, Las Chacritas en Catamarca y Catamarca mismo; y cientos de lugares en todo el país donde lo mínimo no está asegurado.

Perdón si por un momento me voy de foco, y si en ese recorrido soy un tanto seco al referirme a temas tan sensibles, pero no quiero ser tan extenso. Este abismo de acceso a la sociedad, entre ellos al de la información, hay que tenerlo siempre presente a la hora de revisar las tendencias políticas de un país que eligió presidente a Menem tres veces.

Las estadísticas alrededor de las elecciones, refieren que Javier Milei -autodenominado “liberal”- (que podemos discutir las similitudes de sus políticas con la de los fundadores de la revolución francesa con las mismas ganas que las “similitudes” del catolicismo de Jorge Rafael Videla y el cristianismo de Gandhi) fue el candidato economista con más segundos de aire en la televisión argentina, con todo lo que eso implica. ¿Qué implica? Que Javier Milei, un personaje que ha sido asesor reconocido de un represor de mucha monta y que es un emblema viviente de ideas que no me encajan y que no encajan en lo que podríamos decir un sociedad democrática, no solo se abraza más a las tiendas de un fascismo recalcitrante, sino que además, con su impacto mediático en estas harto reñidas elecciones, hace que esa ideología perniciosa y maligna tenga, de su boca y en su accionar, sea una caja de resonancia que, entiendo, nada bueno le aportará a la Argentina y a los argentinos.

En Argentina se consume política: se desayuna, se ayuna, se almuerza, se merienda, se consume todo el día, ese menú. Todo el mundo habla de política y aquellos que visitan el país se sorprenden de esta tendencia. Por supuesto que hay que tener en cuenta los parámetros arriba citados, y desde allí la profundidad de las discusiones.

Los invito a ver algunos de los cruces, de los debates políticos entre Foucault y Chomsky: sinceramente más de un concepto se me escapa, pero me alcanza para darme cuenta el respeto que uno tiene del otro, la sensibilidad emocional con la que cada uno acompaña sus palabras, palabras entre las que se encuentra la riqueza y la marginalidad, palabras que acercan abismos. Este tipo de debates tienen diferencias contundentes, que saltan a simple vista con cualquiera de los “shows televisivos” que en la argentina venden la política que se consume. Porque esto que los argentinos consumimos, lo consumimos hasta en nuestros momentos de ocio.

¿Quién no disfruta, o a quien no le parece divertido cuando Leandro Santoro lo humilla a Fernando Iglesias? Ojo, los dos son legisladores, los dos eligen las políticas que rigen la vida de millones. Por favor no es mi intención ofender a nadie. Pero la preparación intelectual y discursiva de uno y otro están en desarmonía como mínimo, y pese a que también entre sus palabras se encuentra la riqueza y la marginalidad, no hay respeto y prima la ignorancia. Y este es el prototipo de debate político que ofrece la hegemonía de medios de comunicación en la Argentina, donde los moderadores son los “Alejandro Fantino” o los “Santiago del Moro”, gente que no se especializa en moderar debates políticos, sino que se dedica a administrar la polémica, la humillación, la adrenalina con la que se alimenta el rating.

Y habrá quienes consumen esta política por ocio, y para reírse al otro día con comentarios del estilo: “¿viste cómo le dieron a Iglesias?”; pero para un gran sector de la ciudadanía estos debates polémicos, no políticos, en los que los “Javier Milei” apoyan sus candidaturas son el único medio de información de un entramado social que accede marginalmente a la información. Y estos que acceden marginalmente a la información son los que terminan eligiendo, no solo a los “Javier Milei”, sino a los Menem, a los Macri, a los De la Rúa, a los Kirchner. A toda una casta política, radical y justicialista, que gobierna en la Argentina hace 100 años. Y que en 100 años no lograron reducir el abismo social. Que en 100 años no lograron desanudar la corrupción estructural denunciada mutuamente. Que en 100 años sostuvieron el status quo de una sociedad que cada vez que intenta debatir política es arrasada por la ignorancia de la violencia o de la polémica.

En lo personal disfrutaba de los encuentros políticos que tenían Axel Kicillof y Alfonso Prat Gay que, pese a las diferencias ideológicas de ambos, tenían un debate sano. Prat Gay se volvió a Londres a administrar el dinero de las familias y Kicillof intentó sobrevivir los vicios de la policía de Duhalde.

En una de las rampas de acceso a la Plaza Independencia frente a la Torre Ejecutiva en Montevideo, Uruguay, está grafitada la leyenda “HARTA”. Y cada vez que paso por ahí me obliga a leerla, me obliga a notarla, y me sube un “no sé qué” por la espalda. “Harta”: es el límite de la saturación, la necesidad del vómito, y la náusea, diría Sartre.

Entonces, a buen entendedor pocas palabras: la lectura diaria de esa leyenda me hace sentir que toda esta antesala electoral argentina, de cara a las elecciones de noviembre, me lleva a decir (sin pudores) que estoy hasta el hartazgo de todo ese mercadeo electoral, que no hace otra cosa que llevarnos contra las cuerdas, bien sea para claudicar, o bien sea para resistir.

Y, de hecho, resistir, será mi postura. Pero entretanto, vayamos conociendo los pormenores de todo este panorama nauseabundo, al decir de Jean Paul Sartre.

Los números

En las elecciones a diputados, que se votaron en todo el país, se registraron casi 23 millones de votos. Juntos por el Cambio, la agrupación política que resultó de la fusión del radicalismo y el PRO de Macri, logró un 40,5% de votos; el Frente de Todos, la agrupación que nuclea al Justicialismo de Duhalde y de Cristina Fernández, consiguió un 31,3% de los sufragios, lo que en la trinchera oficialista de Alberto Fernández se vivió como una profunda derrota. La izquierda, siempre con Nico del Caño y Myriam Bregman a la cabeza lograron un 6,3% que los ubica muy bien respecto de elecciones anteriores. Hasta aquí las fuerzas políticas que tienen presencia en la mayoría del territorio nacional.

Avanza Libertad, la fórmula de los economistas “libertarios” con presencia mayoritaria en provincia de Buenos Aires y en Ciudad Autónoma de Buenos Aires, lograron un 3,2%, el mismo porcentaje que consiguió Vamos Con Vos capitaneada por el disidente kirchnerista Florencio Randazzo. Otras agrupaciones locales distribuidas entre los 24 distritos electorales sumaron 9,2% de los votos. Lo que daría un resultado de 15,6% de votos para agrupaciones que no tienen presencia en todo el territorio.

En el caso de los senadores, solo hubo elecciones en 8 distritos, se presentaron casi 7 millones de votantes. Juntos por el Cambio ganó por amplia mayoría con un 44,4%, seguido por el Frente de Todos con un 28,6%, y un 4,7% para la izquierda en lo que respecta a fuerzas políticas de incidencia nacional. En el caso de las fuerzas políticas distritales sumaron 13,5% de los votos, entre los que destaco el 3,6% de Vamos con Vos que mantiene similar proporción en cuanto a la elección de diputados y un 0,4% de la lista Avanza Libertad, lo que deja en evidencia que los “Milei” no son una fuerza política, con una estructura de gobierno, sino que son figuras políticas. Sin restarle importancia a su participación democrática es tan solo un candidato a diputado de un distrito nacional con mucha exposición mediática. Tan solo eso.

Conclusión

Me gustaría decir que la democracia de acceso a los medios es harto deficiente. No todos los candidatos tienen acceso a la exposición necesaria para difundir de manera correcta sus proyectos políticos, y aquellos que tienen exposición en demasía carecen de proyectos políticos para explicar a la gente, visto y considerando el desperdicio de tiempo que hacen disponiendo del tiempo de la audiencia en comportamientos degradantes del debate político.

El Conicet, solo por nombrar un espacio de estudio académico -hay cientos-, tiene más de 10 mil científicos. Si estas personas, pero no solo del ambiente académico, tuvieran las mismas posibilidades democráticas de exponer sus ideas y proyectos, estoy seguro, no que no habría “mileis”, sino que las principales fuerzas políticas del país no estarían tan corrompidas, y no hubiéramos tenido un presidente como Menem, que “voló” una ciudad entera, o un Macri, que asumió su presidencia con más de 200 causas judiciales abiertas, o un Carlos Fayt que “usurpó” un sillón en el Palacio de Justicia hasta los 97 años, cuando notoriamente no tenía más capacidades físicas para ejercer tamaña responsabilidad.

El fascismo está inmerso en la estructura social argentina desde la época de la colonia. Desde el momento en que un fascista como Julio Argentino Roca es considerado un prócer, o que las estructuras dependientes de los distintos ministerios del interior no son adecuadas a los ideales democráticos, las tendencias extremistas seguirán surgiendo.

Pero como queda demostrado en los juicios de lesa humanidad que se llevan adelante en Argentina, no es al perro al que hay que tenerle miedo, a pesar de que se disfrace de león, perro queda. A los que hay que tener miedo es a los empresarios que forman parte de las fuerzas políticas económicas del espectro político izquierdista centrista derechista, siempre corporativista, que gobierna Argentina hace 100 años, por lo menos.

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*Foto de portada: lavozdelinterior.com

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