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mafianuevapor Saverio Lodato – 1 de Marzo de 2016

La tesis según la cual  la mafia, cuando no recurre al uso de  las armas, no mata a los servidores del Estado, no lleva a cabo atentados, es una mafia desvirtuada, replegada en si misma, degenerada con respecto a su código genético que en cambio le impondría constantemente la práctica del “delito”, es una tesis que alguien repropone –desde siempre- a intervalos regulares. El razonamiento que lleva a esta tesis se puede resumir, más o menos, así: si la mafia calla la mafia no existe; si la mafia no mata no es mafia; si la mafia se hunde, sucede porque finalmente tiene miedo de un Estado que ha logrado infligirle golpes mortales.

Sería muy bonito si fuera verdad. Sería muy bonito si esta “receta” interpretativa tuviera fundamento. Pero, desgraciadamente, no es así. Obviamente el haber puesto fin al esparcimiento de sangre es motivo de  satisfacción general, y no sería sensato considerar que en la cabeza de alguien se albergue la “nostalgia” de aquellos años en los que los cadáveres se recogían a paladas, porque de esa forma  hoy podríamos tener una lucha en contra de la mafia más “rigurosa”, más “inflexible”, más “radical”. Son estupideces más que evidentes pero que tienen, también ellas, sus fans. El primero de todos, el historiador Salvatore Lupo*, que desde hace tiempo es protagonista de una batalla muy personal preguntándose a si mismo aún hoy si la mafia ha ganado o ha perdido. Sin darse cuenta de que  por el contrario ya ha dado el “salto” que la ha llevado a ser  a este punto un componente estable de una economía globalizada. Y no se habla de “la Mafia”, sino de “las mafias”.

Pero volvamos al punto.

Sobre el hecho de que la mafia italiana existe desde hace un siglo y medio todos están de acuerdo, incluso aquellos históricos escépticos que escriben libros sobre el tema en automático y que después se imponen como “libros de texto” a los pobres estudiantes universitarios  para poder pasar sus exámenes. Pero si es verdad que la mafia existe desde hace 150 años, es también verdad que, recorriendo a vuelo raso su historia, se podrían poner juntos, como máximo unos veinte años caracterizados por un dramático uso de las armas. Quizás incluso menos.

Los años sesenta, por ejemplo, con los estragos de Ciaculli* y de Viale Lazio*, con los ajustes de cuentas entre las “familias” para acapararse las zonas edificables de Palermo, con la institución de la primera comisión parlamentaria de investigación del pos guerra sobre el fenómeno, representan de alguna manera el antecedente  de los años ochenta que serían testigos del ascenso a la cumbre de la organización de los “corleoneses”. Con la consiguiente explosión de violencia terrorista mafiosa.

Durante los veinte años fascistas, yendo hacia atrás, no se había verificado nada de semejante. Pero eso no impidió a Mussolini de mandar a Palermo al Prefecto Cesare Mori (llamado el Prefecto de hierro), que posteriormente fue llamado deprisa y corriendo para que regresara a Roma. Y no fue porque se había descubierto que la mafia no existía, sino porque se había descubierto que había demasiada, ya que había impregnado de si misma las altas esferas incluso del partido fascista en Sicilia.

Y vayamos un poco más adelante, fueron precisamente los mafiosos los que hicieron de “carabinieri a caballo” – (por usar el título del último libro de Adelphi que recopila los escritos inéditos de Leonardo Sciascia*) – encarnando el “orden” en el territorio durante el desembarco de los aliados en Sicilia en vísperas de la caída del fascismo. En ese caso, el fin era que no hubiera muertos, y no corriese sangre. Una misión que la mafia llevó a cabo magníficamente, así como lo ha reconocido la historia americana misma, después del trabajo de una comisión del Senado creada de propósito y como ya han declaradouniversalmente los especialistas que se ocuparon del tema. A excepción hecha –también en este caso- del historiador Lupo el cual no ha encontrado huella en los documentos que ha consultado del papel que jugó la mafia durante el desembarco. Como por otra parte, no lo había encontrado su maestro, Francesco Renda, otro historiador “negacionista” de los hechos. Pero este tema nos llevaría demasiado lejos.

Si queremos añadir algo más, los mafiosos hicieron de “carabinieri a caballo” también cuando se intentó cerrar la paréntesis, que ya era insoportable, del bandidaje simbolizado por Salvatore Giuliano*.

¿O quizás había ajustes de cuentas y desafíos sanguinarios en Palermo a principios del ‘900?

Esto no impidió que veinte mil palermitanos desfilaran el 16 de marzo del 1909 en cortejo detrás del féretro de Joe Petrosino, el policía italo-americano asesinado en Plaza Marina unos días antes por un favor que hicieron los ‘picciotti’ (los chicos de la mafia) de la Sicilia a sus “primos” de la otra parte del océano.

¿Qué es lo que queremos decir?

Queremos decir que ciertos “históricos” deberían ser más prudentes cuando deshojan la margarita diciendo “dispara” o “no dispara”, cuando queremos entender algo sobre el estado de salud de la mafia.

¿Dispara? ¿No dispara? Depende.

Lo que queremos decir es que no es verdad para nada que “la mafia siempre ha disparado”. No es verdad para nada que los mafiosos tienen como finalidad existencial la de matar a la gente. No es verdad para nada que los mafiosos prefieren el choque frontal permanente con el Estado. Los mafiosos prefieren una vida cómoda, los negocios ilegales, la tranquilidad (obviamente multimillonaria) para sus hijos y sus nietos. Pero no aceptan que se obstaculice su camino. Esto es todo, que guste o no.

Giovanni Falcone era completamente consciente de ello. Es la primera lección que  daba a los periodistas que iban a verle al Palacio de Justicia de Palermo, con la intención de comprender lo que era la mafia, que era precisamente esto: la mafia dispara solo cuando se ve obligada a ello; la mafia dispara solo cuando se obstaculizan sus negocios. Hoy habría que escribir, a este propósito, una antología cronológicamente completa de estos 150 años y más que pusiera en evidencia el uso pernicioso e interesado  que se ha hecho siempre de cualquier teoría que negaba, a lo largo de décadas, la existencia de la mafia. O, suplementariamente, que remarcaba  su desviación de su propia origen.

Siempre la misma sopa recalentada. Siempre las mismas escapatorias calculadas, como aquellas a las que recurría el alcalde de Palermo, Nello Martellucci y el presidente de la región siciliana, Mario D’Acquisto, en el 1982, en los días del asesinato del General Dalla Chiesa, para aseverar que la mafia en Sicilia no era diferente de todas las organizaciones criminales que prosperan en todas las latitudes. Siempre la misma indignación ya oída por boca de esos “políticos” convencidos de que hablando de la mafia se perjudicaba la belleza del clima y del mar de Sicilia. Y, mucho antes que ellos, insospechables literatos, como el Verga y el Capuana que tachaban con letras de fuego a Franchetti y Sonnino, signatarios de la primera comisión de investigación, a finales del ochocientos, como plumíferos incapaces de ver las maravillas de la “isla feliz”, que era el título de un ensayo de Capuana precisamente sobre ese tema.

La mafia se vio “obligada” a matar a Scaglione, Terranova, Costa, Ciaccio Montalto, Chinnici, Giacomelli, Saetta, Livatino, Scopelliti, Falcone, Borsellino; Reina, Mattarella, La Torre, Insalaco; Giuliano, Zucchetto, Montana, Cassarà, Antiochia, Agostino, Piazza; Basile, Dalla Chiesa, D’Aleo; Bosio, Giaccone; Pisa, La Parola, Parisi, Patti, Bottone, Semilia, Boscia, Ranieri, Grassi; Bonsignore; Domino; Cristina, De Mauro, Spampinato, Impastato, Francese, Fava, Rostagno, Alfano; Puglisi*; etc., etc., etc.

No lo hizo por capricho. Desde su punto de vista, no podía hacer a menos. En Sicilia, jueces, policías y carabinieri obstaculizaban los tráficos de droga. Los empresarios ponían obstáculos a que se apropiaran indebidamente de las contratas públicas. Los políticos estudiaban legislaciones a la vanguardia que fueran útiles como contención. Periodistas y escritores hacían un  uso “inapropiado” de la palabra, haciendo vacilar el tabú secular de la ley del silencio. Los médicos legales se rehusaban de falsificar las pericias. Los sacerdotes decían homilías en contra de la mafia. Y el niño Claudio Domino había visto algo que no tenía que ver. Por no incluir en la lista a decenas de colaboradores de la justicia (mafiosos arrepentidos) y a sus familiares asesinados por haber contado los secretos de la mafia. El primero de todos fue Leonardo Vitale que habiendo revelado en tiempos insospechables los secretos de la organización fue encerrado en un manicomio y años después fue asesinado por la mafia.

Y el círculo, al menos en lo que aquí concierne, parece que se cierra.

Resumimos para los distraídos: la historia nos enseña (la historia, no ciertos históricos) que la mafia siempre ha matado, cuando le ha sido útil. Y que cuando no lo ha hecho, han reaparecido puntualmente  los que cantan su desaparición.

¿Y hoy? ¿Cual es la situación que estamos atravesando?

Desde la Sicilia, región en la que la mafia estaba profundamente arraigada hasta hace una década, desde hace tiempo se ha lanzado en vuelo. Lo dicen todos los indicadores, económicos y judiciales. Y se podría añadir que, en el territorio siciliano, se puede decir que ha quedado algo que se puede comparar a un consulado honorario. Entonces, la primera consideración que surge espontánea es ésta: ¿cómo ha hecho la mafia para sobrevivir a la falcidia de los arrestos de un cierto nivel que pusieron fin a la contumacia de sus jefes más representativos que las hacían de patrones en los años ochenta y noventa? Los históricos escépticos (pero en este caso con satisfacción) contestan así: la represión del Estado obtuvo su objetivo; dejemos de compadecernos; no nos quedemos congelados detrás de un escenario que ya no existe; aquellos tiempos no volverán; mafia nueva vida nueva... Será así.

Nosotros quisiéramos dejarles contentos. Visto que no somos pesimistas incurables, y tanto menos nostálgicos de los “buenos tiempos que fueron” de las masacres y del Apocalipsis, nos gustaría decir que sin lugar a dudas es así, que su clave de interpretación es a largo plazo, y que con los mafiosos de hoy, al máximo, se podría incluso tomar un aperitivo juntos.

Pero el hecho es que algo no encaja. Las cuentas no salen, por la muy simple razón que la palabra “Estado” no aparece nunca en sus muy profundos análisis. Haciendolo de esta manera construyen un escenario a medias, depurado de cualquier referencia a otros poderes que siempre se han movido en sintonía con la mafia. En pocas palabras es el cuento de siempre de que el Estado desde hace 150 años hace – se supone que hace - la lucha contra la mafia? ¿Es de esto que estamos hablando?

Pero de verdad, después de un siglo y medio, puede un ciudadano con  buen sentito común considerar que la mafia haya sido, y lo sea todavía hoy, solo una invención?

Nos atrevemos a decir que no hay ni un italiano que lo piense de verdad.

Desde los tiempos del asesinato de Emanuele Notarbartolo, director general del Banco de Sicilia, asesinado porque investigaba sobre las especulaciones de la mafia de aquel tiempo (1893), hasta los atentados de Capaci, de Via D’Amelio, Roma, Florencia, Milán (1992-1993), el Estato ha hecho sentir su presencia hasta tal punto que ha resultado imposible distinguir, incluso para los archivistas, donde terminaba lo que era su responsabilidad y empezaba la de la mafia. Y viceversa.

Lo cual nos lleva a afirmar que si la mafia, no obstante la innegable reacción represiva a raíz de los atentados del ’92-’93, sobrevivió logrando emigrar a otro lado, el Estado italiano de seguro tendrá que saber algo de ello.

Sin embargo, oficialmente, hemos vuelto a ese rumor de fondo: la “mafia que no existe”.

Hemos llegado a esta conclusión después de haber leído las dos entrevistas  publicadas juntas (en el periódico “La Repubblica”) al historiador Salvatore Lupo y al Procurador general de Palermo Roberto Scarpinato. No sabemos si los dos entrevistados sabían a priori que sus entrevistas habrían sido publicadas  a la vez, justamente, por una decisión editorial. O si se dieron cuenta cuando leyeron el periódico, cuando al final “lo escrito es lo que cuenta”, como se dice. Pero queda el hecho de que quien ha leído una ha leído la otra, y al final se ha visto  encajando las piezas.

En las palabras de ambos entrevistados la palabra “Estado” no aparece nunca. No hay huella. Está claro que expresan puntos de vista diferentes sobre el argumento. El historiador concentra su atención rigurosamente hacia el pasado, el Procurador, partiendo desde el presente, se proyecta hacia el futuro. Ninguno de los dos dice si el Estado italiano ha  tenido un papel en estos ciento cincuenta años de historia mafiosa. Ninguno de los dos hace alguna referencia a las relaciones entre Cosa Nostra, política, economía e instituciones. Al máximo, se hace referencia a la “mala política” y a la “mala economía”. Tampoco hacen alguna referencia –y ésta es según nuestra opinión la omisión más delicada- al actual proceso en curso en Palermo sobre la negociación Estado-Mafia. El nombre de Nino Di Matteo, titular de la acusación en dicho proceso, inútil decir que no lo pronuncian, ni uno ni el otro.

Precisemos, para evitar mal entendidos, que nos ocupamos del pensamiento de ambos entrevistados, y no solo del de Scarpinato, por la muy simple razón que el periódico lo ha decidido así, y “el uno-dos”, como se dice en la jerga del boxeo, nos obliga a tomar en consideración ambos.

Pero si desde hace tiempo nos hemos acostumbrado a la extravagancia interpretativa de Lupo y nos hemos hecho una razón, es muy diferente el caso de Scarpinato, con quien escribimos el libro-entrevista “Il ritorno del Principe”(El Retorno del Príncipe).

Conociéndole, sabemos de cierto que si existe un estudioso del tema que más que ningún otro ha captado la presencia de las instituciones, incluso en sus máximos niveles, detrás de las malas acciones de la mafia, es precisamente él. Y es un mérito que hay que reconocerle. Basta con leer el libro que hemos citado. Evidentemente, su elevado cargo de magistrado le impide hoy, por “razones de su despacho”, como se suele decir, de llamar abiertamente en causa la responsabilidad del Estado italiano. Y es comprensible.

Pero esto no nos impide a nosotros continuar pensando como pensábamos antes.

Que si la así llamada mafia fuera de verdad obstaculizada en sus nuevos proyectos económico-criminales, que además Scarpinato describe muy eficazmente, quizás Matteo Messina Denaro no lo aprobaría. Y su “disensión” no la manifestaría “a palabras”.

A propósito: alguien sabría explicarnos como es que Matteo Messina Denaro ha podido desaparecer en la nada?

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Notas:
* Ciaculli: El 16 de marzo de 1989 fue asesinado en Palermo Antonio D’Onufrio, de 39 años, informador de la policía. Onufrio era un barón terrateniente del barrio Ciaculli, de Palermo. Colaborò con la Criminalpol palermitana. Se trató de una ejecución ejemplar: con una ráfaga de ametralladora y un disparo en la boca. La firma de Cosa Nostra sobre los cadáveres que “han hablado demasiado”.
* La matanza de Viale Lazio, ocurrió en Palermo el 10 de diciembre 1969 y fue uno de los más cruentos ajustes de cuentas en la historia de Cosa Nostra. Fueron asesinados el jefe mafioso Michele Cavataio y tres hombres.
* Salvatore Lupo: Autor junto al profesor Giovanni Fiandaca del libro“La mafia non ha vinto. Nel labirinto della trattativa” (La mafia no ha ganado. En el laberinto de la negociación), donde los autores llegan a definir como “legítima” la negociación entre Estado y mafia ya que habría protegido “la vida de los ciudadanos”.
* Salvatore Giuliano, bandolero e independentista siciliano
(https://es.wikipedia.org/wiki/Salvatore_Giuliano)
* Scaglione, Terranova, Costa… y muchos nombres más de magistrados, sacerdotes, policías, todos ellos asesinados por la mafia siciliana.
*Leonardo Sciascia: escritor italiano, uno de los novelistas más importantes de la posguerra. Autor entre otras obras de El día de la lechuza, Cadáveres excelentes, El Affaire Moro.