Conocida la noticia de su fallecimiento, a los 93 años, no pocas valoraciones se hicieron de su persona y de su trayectoria como militante. Personas de su más profunda amistad y personas que no formaban parte de su círculo más íntimo coincidieron en resaltar, no solo su personalidad, sino fundamentalmente la forma en la que llevaba adelante sus ideas, fiel a sus principios. Y hasta personalidades adversas a sus ideas políticas destacaron su calidad humana.

Pero una decisión suya, la de renunciar a su banca de legislador durante el primer gobierno frenteamplista por oponerse firmemente a la participación de militares uruguayos en las misiones de paz en Haití, hizo que oportunamente su legítima irreverencia (del revolucionario tenaz que él era, como un activo protagonista de la vieja tradición de la izquierda socialista) frente a la “conducta partidaria” de su fuerza política, lo transformara en un referente (un ejemplar emblema de la lucha por la libertad) en el contexto político de aquel momento. Un referente único, particularmente de una izquierda coherente, honesta y desintoxicada de las manipulaciones y las componendas (y las turbiedades) de la izquierda de aquellos días y de nuestros días. De la izquierda frenteamplista con la cual discrepó y se distanció, por voluntad propia, en un hecho que fue conocido por todos y que él mismo explicó sin pelos en la lengua.

Guillermo Chifflet, quien participó en la fundación del Frente Amplio en 1971 y que fue diputado de esa fuerza política entre 1990 y 2005, era así, sincero, y literalmente coherente con sus ideas socialistas. Y esa coherencia fue valorada dentro y fuera de sus tiendas partidarias. Una coherencia que hoy no es frecuente en el sistema político, ni de la izquierda ni de la derecha. Una coherencia que nos resulta ejemplar.

Guillermo Chifflet, a quien no tuve oportunidad de saludarlo o visitarlo en los últimos diez años, quedará en mi memoria, como un baluarte eterno de coraje y de honestidad. El coraje y la honestidad de un ser humano que dejó una estela de afectos y de reconocimientos, entre sus pares y entre los más humildes o desamparados, porque sus acciones iban siempre dirigidas a ellos: sea en los tiempos de la dictadura militar en el Uruguay de los años sesenta y setenta, sea en los tiempos democráticos del Uruguay de hoy.

Su ancianidad, junto a su compañera de vida Julia Amoretti (a quien tuve el gusto de conocer cuando junto al director de Antimafiaduemila Giorgio Bongiovanni fuimos invitados a su programa de radio Panamericana en los años 90) no fue obstáculo alguno para que él, siguiese paso a paso (desde su hogar) los acontecimientos del mundo y del país en el que nació y sembró admiración y empatía a todo nivel y entre varias generaciones.

Y estoy seguro, que Guillermo Chifflet, fiel a su formación humanista y socialista (insisto, de la vieja guardia) , fue hasta el último minuto de su vida un firme crítico de la realidad nacional, regional y mundial, con la impronta del revolucionario íntegro que fue, desde que tuvo conciencia de los males del mundo, durante la lucha por el hombre nuevo y durante la dictadura de la casta militar asociada con los civiles serviles al poder, hasta estos tiempos de democracias contaminadas por los intereses de los poderosos. Los mismos poderosos que decidieron (una vez más) en aquel año 2005 mantener las tropas del ejército “pacificador” en Haití.

Solo un legislador podría atreverse a no apoyar enérgicamente el envío de esos militares a Haití. Y ese legislador no podía ser otro que Guillermo Chifflet, quien además, tras dar a conocer su posición dejó inmediatamente su banca de diputado.

Así era Guillermo Chifllet. Y así lo recordaremos. Siempre, con ese compromiso a flor de piel en sus dichos y en los hechos.

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