Por Jean Georges Almendras-17 de julio de 2021

Vestirnos de luto ya no corresponde. Ni un listón negro luciendo en nuestras ropas, nos eximiría de culpas, aunque compartidas, pero culpas (o complicidades) al fin; porque, aunque no fuimos nosotros los que accionamos las armas que segaron la vida del periodista holandés Peter R. de Vries, a la edad de 64 años, en un hecho impactante (por su naturaleza misma), que tuvo como escenario una calle de Ámsterdam, el pasado día 6 de julio, no debemos cantar victoria por nuestra distancia con el ataque mortal.

Nuestra culpa o, mejor dicho, nuestra “participación” en ese atentado, hace denodados esfuerzos para vestirse de ropas muy sutiles, porque está empecinada en querer pasar inadvertida. Y eso me pone los pelos de punta. Pero más aún, el hecho de que no llegamos a comprender, dentro de la familia del periodismo (y dentro de la sociedad holandesa), que, sin querer, todos hemos contribuido para que se dé muerte a Peter.

Sencillamente, porque bajo diferentes formas (y rostros), todos cometimos el peor de los atentados a la Verdad y a nuestra profesión misma. Todos los colegas de Peter en su tierra natal, toda la comunidad holandesa, todas las autoridades de su país desafortunadamente (y dramáticamente) lo dejaron solo. Lo dejaron aislado. No lo protegieron, solamente lo alabaron, le reconocieron como un periodista que luchaba contra las injusticias, y contra mafiosos instalados en su patria y en la región, carcomiendo las instituciones y erosionando valores y buenos sentimientos ciudadanos; pero nada más. Peter murió ovacionado por una sociedad que no tomó conciencia de que él estaba quedando solo, aislado, vulnerable en un ciento por ciento.

Tras el atentado, por esos caminos de Dios, no escuché a ninguno de mis colegas (del mundo) admitir, valerosamente, que al hoy extinto periodista lo dejamos solo. Y esa es nuestra mea culpa, que habremos de llevar a cuestas, vaya uno a saber por cuánto tiempo. Porque la soledad (el aislamiento) en el que se encuentran los amenazados (acechados) por las mafias, sigue abofeteándonos el rostro, a plena luz del día y sin disimulo, para que aceptemos, que aun no empuñando armas apuntándole a Peter, igual fuimos culpables, porque dejamos al colega, a merced de los criminales. Solo, físicamente, y moralmente. Y no debemos justificarnos, por el hecho de que él no aceptaba guardaespaldas. No debemos abrazarnos a esa circunstancia, porque haciéndolo correríamos el riesgo de dejarlo solo, una vez más.

Peter, investigaba a un poder mafioso en su tierra; poder mafioso que lo fue cercando, paso a paso, y que lo fue siguiendo en todos y cada uno de sus movimientos, seleccionando momentos de extremas vulnerabilidades, para dar el zarpazo. Sin custodias, y sin colegas de su tierra, presionando a los mafiosos, combatiendo con él codo a codo, en su misma trinchera, el camino de la soledad se le fue definiendo; y el aislamiento, literalmente, lo fue entregando a sus asesinos.

Ese aislamiento cruel que acecha siempre a quienes transitan por esos caminos de la denuncia y de la lucha contra el crimen, en Europa y en América Latina -por darles un ejemplo de lo extenso que resulta el territorio alcanzado por la mafia- no fue la exclusividad para Peter, aquel 6 de julio después de que abandonara un canal de televisión. Ese, su particular aislamiento ,fue una circunstancia que fue arrebatada a las indiferencias humanas de una sociedad que no calibró (como debería haberlo hecho) los pasos combativos y militantes de ese trabajador de la prensa; ni el ciudadano común , ni el periodismo holandés, tomaron conciencia de la magnitud de sus investigaciones, por más que lo sabían incursionando en terrenos mafiosos, para desmantelar las telarañas de un sistema criminal instalado en la sociedad de un país, que a la hora del atentado y a la hora de su muerte, quedó literalmente en shock; rasgándose las vestiduras hipócritamente en algunos casos y en otros, descubriendo con su muerte, que la mafia lo puede todo y lo hace todo, sobre todo si en la vereda opuesta no hay destello alguno de resistencia , de unión en la denuncia y de solidaridad en las metodologías de una antimafia compacta, organizada, coordinada y especialmente, disciplinada.

¿Cuántos periodistas en el mundo han sido masacrados por la mafia, diseminada por el planeta? Las cifras nos estremecerían. ¿Cuántos operadores de justicia corrieron igual suerte? Las cifras nos estremecerían. Y en todos y cada uno de esos hechos, ese aislamiento, fue siempre el protagonista estelar. Fue siempre el cómplice ideal y perfecto para las operaciones de segar vidas, de justos.

Ese aislamiento que no debemos permitir, se siga instalando, especialmente alrededor de quienes seguimos en su misma línea, más allá de las fronteras holandesas. Ese aislamiento que debemos pulverizar con nuestras acciones, desde las redacciones, tangencialmente convenciendo a gerentes y mandos superiores, de que la mafia no es una metáfora ni un villano, sobrado en improvisaciones. Porque la mafia es un pulpo asesino, de tentáculos muy prolongados, y muy certeros, de altísimo alcance.

Peter, a pesar de que luchó por sobrevivir durante nueve días consecutivos (presentaba cinco heridas de arma de fuego de grueso calibre) no logró vencer a la muerte. Y esa muerte nos pone

contra las cuerdas. Nos confronta con nuestra moral, y con nuestro microcosmos, porque nos señala con el dedo, que por sobre nuestras cabezas, sobrevuela el fantasma de la indiferencia, a la que estamos expuestos a ejercer, dentro del periodismo mundial, cuando ocurren situaciones de esta naturaleza, o en el mejor de los casos, cuando hay colegas que se juegan la vida denunciando prácticas mafiosas y a mafiosos, dentro de la sociedad en la que vive. Y cuando, hay colegas (excusadme, por la franqueza) que en su gran mayoría, en el mundo, quedan abroquelados a su calidad de vida, a su personalismo, a sus comodidades, al sistema, y a sus patrones, dando la espalda , no solo a su profesión sino a la Verdad, a la Justicia, y al futuro mismo de esta humanidad, que tiene como ejemplo y referente (literalmente exclusivo), el valor absoluto del dinero, y no el valor absoluto de la solidaridad y de la honestidad.

La muerte de Peter, nos debe llevar a comprender, que las indiferencias, cuando hay personas como él, debemos apartarlas de nuestro camino, para dar paso a los compromisos. Y solo de esa forma, los aislamientos no se transformarán en cómplices de la criminalidad.

Ahora, sobrevienen llantos, pedidos urgentes de que el manto de la impunidad no cubra este ataque. Ahora, desde filas gubernamentales, entre ellas el primer ministro Mark Rutte, se dice que un hecho así “es casi imposible de comprender”, que Peter era “dedicado, tenaz, sin miedo a nada ni nadie, siempre buscando la verdad y defendiendo la Justicia, lo que hace que sea aún más dramático que él mismo se haya convertido ahora en víctima de una gran injusticia”.

Y por si fuera poco Tutte agregó: “le debemos a Peter R. de Vries garantizar que se haga Justicia. Haremos todo lo posible para combatir el crimen por todos los medios posibles. Este acto cobarde no debe quedar impune”. Pero hay más, porque la ministra de Cooperación Exterior Sigrid Kaag sostuvo: “no hay palabras para esta pérdida (...). Su lucha por la Justicia es una misión para todos nosotros”; Ferdinand Grapperhaus, ministro de Justicia, dijo “el asesinato de Peter R. de Vries es nada menos que un ataque directo a nuestra sociedad, pero también es la muerte de un valiente luchador contra la injusticia”; Chistophe Deloire, secretario general de Reporteros Sin Fronteras subrayó: “Es asombroso que un acto así pueda cometerse en uno de los países donde la libertad de prensa está más garantizada en el mundo".

La familia de Peter fue contundente: “Estamos inmensamente orgullosos de él y al mismo tiempo con una sensación inconsolable".

Su familia periodística regional y mundial, ahora, finalmente ¿estará convencida -una vez más, frente a la tragedia- de que hay más por hacer?

Vestirnos de luto ya no corresponde. Ahora vistámonos de compromiso, sin promover aislamientos. Esos malditos aislamientos, que asestaron un golpe muy duro, a la libertad de expresión, la que Peter defendía a raja tabla.

El mejor homenaje a su persona, a su obra de lucha por la libertad, más que las palabras, es seguir su ejemplo y no dejar que otros Peter, por el mundo estén aislados.

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*Foto de portada: www.subrayado.com

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