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Por Saverio Lodato-6 de septiembre del 2020

Cuando (el 1º de febrero de 1975, en el Corriere della Sera) Pier Paolo Pasolini quiso señalar el vuelco de la política italiana, que introdujo la línea divisoria definitiva y radical con "los valores traicionados" de la Resistencia, sentando las bases, según él, para un nuevo y peor fascismo en Italia, recurrió a la imagen de la "desaparición de las luciérnagas". Imagen poética, sugestiva, poco racional, pero que tenía el mérito indiscutible de resumir, de manera fulminante, lo sucedido.

Habían pasado exactamente treinta años desde la Liberación del nazi-fascismo.

Y apenas tres meses de aquel otro proverbial artículo (14 de noviembre de 1974, también en el Corriere della Sera) en el cual, enumerando las primeras masacres de Estado de la época (Milán, Brescia y Bolonia) que permanecían sin culpables – es decir, sin ejecutores y sin autores ideólogicos – Pasolini, con la misma eficacia, había resumido: "¿Qué es este golpe? Yo lo sé".

Para luego especificar, en el cuerpo del artículo: "Lo sé. Pero no tengo pruebas. Ni siquiera tengo pistas".

Desde el análisis de Pasolini han transcurrido – ahora – otros cuarenta y cinco años.

Se podría decir que el grito de Pasolini no fue escuchado.

Las masacres de Estado –y los delitos de Estado– se sucedieron con ritmo macabro. La masacre estuvo presente incluso en el crimen de Moro; con Leonardo Sciascia quien, queriendo escribir una crónica policial en el libro "L’affaire Moro", como entonces debió haber hecho la policía –que no lo hizo- comenzó su razonamiento precisamente a partir de la desaparición de las luciérnagas de Pasolini.

Este breve resumen (cuya utilidad veremos dentro de poco), nos lleva directamente a las palabras pronunciadas hace unos días por Roberto Scarpinato, fiscal general de Palermo, quien describió de manera aguda -en un debate público- el hilo de acero que se empezó a extender a partir de la masacre de Portella della Ginestra (1947) hasta Capaci, vía d'Amelio, Roma, Milán y Florencia.

Dos, para Scarpinato, son los caracteres comunes de estas masacres aparentemente oscuras: por un lado, el papel de los servicios secretos, civiles y militares según el caso, en la gigantesca operación para despistar al poder judicial e impedir que se descubra la verdad; y por el otro la eliminación, con delitos y falsos "suicidios", de todos aquellos que ofrecieron su participación criminal en esa estrategia que, siempre según Scarpinato, ha sido la característica del poder político italiano.

Un poder que, en cuanto a ferocidad –añadió- nunca tuvo igual en ningún país de Europa.

Las palabras de Scarpinato, dicho sea de paso, deben ser escuchadas sin prejuicios, como debe suceder en un país que realmente tenga la intención, ahora que la sangre de miles de muertos se ha inevitablemente secado, de reconciliarse con su pasado.

Si no -pero esto lo decimos nosotros- no se sale ni se saldrá jamás.

Porque ¿a dónde lleva el hilo de acero que sale de Portella? (Sin querer extender, retroactivamente, dicho hilo hasta el crimen de Notarbartolo, o, más atrás en el tiempo, el crimen de Petrosino).

Lleva a esta otra observación de Scarpinato: "hay poderes, que todavía son poderes, que tienen la capacidad de intervenir e intimidar para impedir que se averigüe la verdad, para que los que saben no hablen". El poder -se podría decir- es mucho más viejo que Cosa Nostra.

Scarpinato no lo convierte en una cuestión de memoria desatenta o poco cuidada acerca de lo sucedido. De hecho, agrega: "esto no es sólo un drama de conocimiento y memoria, esto se convierte en un drama de la democracia. El gran juego nunca se acaba".

Palabras duras.

Sólo visionarios ilusos podrían decir, hoy, que se está volviendo a la edad de oro de las luciérnagas.

Bien mirado, de hecho, el hilo de acero mencionado sigue intacto en nuestros días.

El poder italiano, en otras palabras, nunca ha retrocedido.

Ha superado, al son de bombas y despistes, el medio siglo que data desde la muerte de Pasolini.

Pero qué precio enorme tuvo que pagar si incluso un jefe de Estado, Giorgio Napolitano, consideraba más apropiado, por el bien de su país, el silencio en lugar de la palabra.

A estas alturas, nueve de cada diez italianos "saben", exactamente como "sabían" Pasolini y Sciascia. Saben que nunca fue "sólo la mafia".

Además -y esto no debe ocultarse- están las más de 5.000 páginas de la sentencia de primer grado del juicio de Palermo, sobre la Tratativa Estado-Mafia, dictada bajo de presidencia de Alfredo Montalto, con la juez ad latere Stefania Brambille, que culminó con condenas para políticos, representantes del Estado y jefes mafiosos.

Son páginas que hacen estremecer a quienes intentan comprender, sin prejuicios, cómo ha sido Italia en las últimas décadas.

Scarpinato no pudo hablar de ello – ni correspondía que lo hiciera – en consideración al rol que tiene de jefe de la Fiscalía General, y ante la inminente sentencia de apelación de ese juicio.

Pero los demás sí que podrían hablar de ello. Y deberían hablar mucho y en voz muy alta. Pero no lo quieren hacer.

Ciertos intelectuales, ciertos periodistas políticos, ciertos políticos, ciertos directores de diarios e historiadores de la mafia, incluso ciertos familiares de las víctimas que, en cambio, permanecen en un silencio vergonzoso, al igual que ciertos canales de televisión estatales y privados, que dan la impresión de querer esconder el polvo debajo de la alfombra.

Y no se dan cuenta de que otros (los poderes a los que se refiere Scarpinato), mientras tanto, aprovechan para esconder, bajo la alfombra, la pólvora (que siempre puede ser útil), con el debido respeto por el regreso de las luciérnagas.

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*Foto de Portada: © Paolo Bassani

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