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Por Jean Georges Almendras-13 de abril de 2019

“Nosotros actuamos con el corazón, pero también empleamos la cabeza, y cuando combinamos las dos cosas así, somos sentipensantes”  (Eduardo Galeano)

Van cuatro años de la desaparición física de Eduardo Galeano.

En su tierra natal (y en su América Latina natal, donde los hechos sociales y los hechos políticos se multiplican y se complican, y son cada día más amargos, y además cada día más nos indignan y más nos irritan) la cultura de la impunidad sigue siendo un cuchillo clavado en el corazón mismo de quienes perdieron padres, hijos, hermanos, esposos y amigos, en manos de los represores de la dictadura militar uruguaya ( y del Río de la Plata) en los días del Plan Cóndor.

Y esa cultura de la impunidad nos genera sentimientos de impotencia y de rabia.

Y esa cultura de  la impunidad, a Eduardo Galeano, también le generó los mismos sentimientos.

Van cuatro años de la desaparición física de Eduardo Galeano.

En su tierra natal, Uruguay, los militares -desbocados por la soberbia y por la  hipocresía en democracia- hoy se han posicionado dentro del sistema político.

Y pese a una serie de acontecimientos últimos, que podrían resultar contraproducentes para ellos, en realidad les resulyan ser beneficiosos, porque la cultura de la impunidad, sigue siendo el telón de fondo del gobierno de Tabaré Vázquez (tal como lo fue durante su primer período y durante la gestión de José Mujica, lamentablemente) en el marco de un escándalo en el que precisamente Vázquez se encuentra sumergido, por el solo (y muy significativo) hecho de “no haber leído”(aparentemente) las actas del Tribunal de Honor Militar, que tomó declaración al ex Coronel represor José Gavazzo; declaración que se filtró a la prensa y por la cual todos nos enteramos que Gavazzo hizo desaparecer el cuerpo del militante tupamaro Roberto Gomensoro Josman, en aguas del río  Negro, en marzo de 1973, es decir, hace 46 años.

Van cuatro años de la desaparición física de Eduardo Galeano.

En su tierra natal, Uruguay,  la cultura de la impunidad desafortunadamente fue cultivada (sutilmente) nada menos que desde el sistema político de la izquierda uruguaya, con el beneplácito tácito o explícito de  la extrema derecha y de la casta militar, y de hombres y mujeres de los partidos tradicionales, en un contexto (en una coyuntura, hoy, nada favorable para el Frente Amplio)  ya que está en duda la transparencia y la honestidad del Presidente Tabaré Vázquez, quien ahora con perseverancia sacro santa, pregona a los cuatro vientos  que desconocía los contenidos de las Actas del Tribunal de Honor Militar, cuando en realidad todo apuntaría en contrario, ya que las mismas –con el fallo ridículo de no permitirle usar el uniforme a Gavazzo, no obstante haber relatado la desaparición de Gomensoro y estar procesado con prisión por la justicia penal por la friolera de 28 homicidios en tiempos de dictadura-  fueron avaladas y firmadas por el titular del Ejecutivo, siendo que en aquel entonces (y con la debida antelación, tal como lo afirmó convincentemente) el titular del Ministerio de Defensa Jorge Menéndez, de la corriente socialista (fallecido apenas 48 horas antes de escribir estas líneas) sugirió al Presidente Vázquez, que dada la magnitud y el tenor de las declaraciones de Gavazzo y de otro militar interrogado por el Tribunal de Honor, se diera inmediata cuenta a la Justicia sobre estos hechos, cosa que no se hizo (o mejor dicho, cosa que Vázquez no hizo, optando mirar a un costado para después endilgar esas omisiones a otros, y en particular a Menéndez, en un hecho canallesco por donde se lo mire) ; hechos criminales,  que en el año 2010 Gavazzo y sus superiores en el mando omitieron decir a la Justicia Penal,  obviamente, en armonía con la omertá militar, que primaba en aquel momento (y que se mantiene hoy a raja tabla, como desde el primer día).

Van cuatro años de la desaparición física de Eduardo Galeano.

En su tierra natal, Uruguay, hoy,  el escándalo mayúsculo dentro del Frente Amplio, no fue precisamente el descabezamiento de la cúpula militar o del Ministerio de Defensa Nacional, que hiciera el titular de la izquierda uruguaya Tabaré Vázquez (descabezamiento que de buena fe fue loado y festejado por la masa frenteamplista  como el gran signo de justicia de Vázquez)  sino por la opacidad de su relacionamiento con las Fuerzas Armadas, respecto a los violadores de los Derechos Humanos y a los encubrimientos de los represores de quienes hicieron los enterramientos de detenidos desaparecidos en  terrenos de cuarteles militares de todo el Uruguay ; los represores que hoy por hoy se aferran a las negligencias de los gobernantes zurdos, para sacar sus correspondientes réditos; réditos que por otra parte visibilizan las insensibilidades y los desatinos más reprobables de los gobiernos de Vázquez-Mujica-Vázquez, en materia de DDHH, como si tras la filtración de la actas a la opinión pública, ambos,  hubiesen descubierto la pólvora de los barbarismos del terrorismo de Estado, para actuar en consecuencia, como si fuesen ( primero Vázquez y luego Mujica, y otra vez Vázquez) los grandes héroes de una historia en la que, ciertamente, poco hicieron respecto a  los insistentes reclamos de Verdad y Justicia, de las Madres y los Familiares de los Detenidos Desaparecidos en el Uruguay. Reclamos que fueron ignorados descaradamente, desde el advenimiento de la democracia, hasta nuestros días. Reclamos que año tras año llenan de uruguayos y uruguayas cuadras y cuadras y en la denominada Marcha del Silencio de cada 20 de mayo: una Marcha que debería avergonzar a los gobernantes y legisladores de la izquierda uruguaya.

Van cuatro años de la desaparición física de Eduardo Galeano.

En su tierra natal, Uruguay (y donde él fue un baluarte de la lucha contra la impunidad) la cultura de la impunidad, hoy, aprovecha la indiferencia de los políticos frenteamplistas para poner obstáculos,  y así no llevar ante la justicia a torturadores y asesinos de la dictadura, y a los responsables de los enterramientos clandestinos.

Van cuatro años de la desaparición física de Eduardo Galeano.

En su tierra natal, Uruguay, a propósito de la impunidad,  tengo muy viva la imagen de un Galeano militante, en una movilización en la Plaza Libertad, a las puertas mismas de la Suprema Corte  de Justicia, el día que se oficializó el traslado de la jueza Mariana Motta: traslado que significó (con exclusividad tendenciosa y ruin) apartarla de un plumazo de las más de cincuenta causas penales contra militares acusados de violaciones de DDHH; una maniobra artera en el período de gobierno de José Mujica, que fue una burda bofetada de la cultura de la impunidad, impuesta sorpresivamente (y maliciosamente) desde las entrañas mismas de la “Suprema Corte de la Injusticia” (como lo declarara Galeano en persona,  a la prensa,  ese mismo día; día en el que se avasallaron y se manosearon derechos, con la fuerza pública y los bastones policiales); día en el que el pueblo apoyó a la jueza Motta; día en el que Eduardo Galeano  (acompañado del cantautor Daniel Viglietti)  no tuvo reparo alguno en estar presente en las puerta del edificio del Poder Judicial para pronunciarse con duros calificativos respecto a la justicia uruguaya.

Van cuatro años de la desaparición física de Eduardo Galeano.

Y hoy, si estuviese con nosotros, en su tierra natal, seguramente repetiría, con más fuerza que nunca esos calificativos, y seguramente sus reflexiones  (sobre toda la situación que hoy se vive tras las actas de Gavazzo) serían lacerantes e incisivas con el Poder: léase: el Poder Judicial, el Poder Político y el Poder Militar. Las tres patas sombrías de una democracia, de  transparencia dudosa, de nuestros días.

Van cuatro años de la desaparición física de Eduardo Galeano.

Y la que fuera su valerosa lucha militante contra la impunidad, es hoy la nuestra, como todos sus sentimientos y sus pensamientos: del gran sentipensante que él fue.

Un sentipensante que sigue más vigente que nunca.

Presente, ahora y siempre, porque  en sus textos y en su prolífico trabajo de compromiso con la realidad sudamericana (compromiso, que fue en los hechos, un implacable azote de los poderosos y de los alcahuetes de los poderosos) nos legó una indescriptible enseñanza.

La que solo un revolucionario como él pudo dejar a las generaciones que le sucedieron: la enseñanza más sublime de los hombres libres: la de luchar por la justicia y por  la verdad, y contra la cultura de la impunidad.

Esa cultura de la impunidad, que no es más que un  infame cuchillo que llevamos todos, clavado aún, en el alma de nuestra sociedad. Una sociedad que vive la rutina diaria,  en una democracia imperfecta y desleal, que admite (como algo normal) los enterramientos en predios  militares de detenidos desaparecidos y que admite, que por las calles del Uruguay los represores caminen libremente como si nada hubiese pasado.

Pero pasó. Y pasó algo muy grave. Y tan grave fue, que debería darnos mucha vergüenza hablar de dar la vuelta la página y  hablar de democracia, como lo hacen los tibios y los protectores de la demencia de los terroristas de Estado, de aquellos días y de nuestros días.

Van cuatro años de la desaparición física de Eduardo Galeano

En su tierra natal, Uruguay, seguimos (y seguiremos)  luchando a brazo partido contra la cultura de la impunidad.

Como él lo hizo hasta sus últimos días.

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 *Foto de Portada: www.radiointernacionalcada.com

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