Jueves 23 Mayo 2024

Italia sigue siendo un país, el único en Europa, atrapado entre dos maldiciones. La maldición de Enrico Berlinguer y la maldición de Silvio Berlusconi. Maldiciones, no legados. La diferencia no es poca.

Ambos, aunque por razones obviamente diferentes, salieron derrotados al final de su existencia. Decían mucho, pero eso muy pocas veces se traducía en la práctica, se hacía realidad. Desde diferentes púlpitos predicaban al viento.

Berlinguer no vio realizado su sueño imposible, el de una clase política animada exclusivamente por un espíritu de servicio, inasequible para la corrupción y el enriquecimiento a costa de la comunidad. Lo llamó: "cuestión moral".

Berlusconi no vio realizado su sueño, el de una clase política libre del condicionamiento del poder judicial, del control de legalidad y de las obligaciones legales. Lo llamó: "cuestión de justicia".

Y, sin embargo, ambos entraron en el ADN de los italianos.

Prueba de ello es que aún hoy, treinta o cuarenta años después, Italia sigue dividida entre la "cuestión moral" y la "cuestión de justicia", que tal vez no sean más que caras de la misma moneda.

Todas las narrativas posibles de la política actual duran poco o mucho tiempo, pero inevitablemente chocan contra la misma roca gigantesca: ¿de qué lado queremos estar?

Los italianos todavía no se han decidido.

La maldicion Berlinguer 2

En los últimos días, pero mejor sería decir en estas horas, se ha roto -inexorablemente- la narrativa del nuevo gobierno, el gobierno de Meloni.

El asunto Santanchè y el asunto Delmastro son el indicador de este "final del juego". Y digamos enseguida que todo esto no tiene nada que ver con la duración del gobierno, con la profecía de cuánto tiempo permanecerán en sus escaños la ministra y el subsecretario, ni con cuáles serán los desenlaces judiciales de las dos historias que, por ahora, acapara las primeras páginas. Serán los magistrados, como debe ser, quienes escriban la última palabra cuando llegue el momento. En cuanto al gobierno, aún puede vivir mucho tiempo. Pero se ha roto el hechizo. Italia no cambiará y no está cambiando. Así como no ha cambiado desde el principio de los tiempos, y el giro de la oca -del que nos hemos ocupado hasta ahora- parece volverse infinito. ¿Qué hay de nuevo?

Lo que parece chocante en estas horas, pero sería más exacto decir sorprendente, es que una presidenta del Consejo -o un presidente del Consejo-, en este caso Giorgia Meloni, haya dicho, además escondiéndose detrás de un velo anónimo del Palacio, que las medidas de la magistratura, hacia sus amigos y compañeros de partido, son un acto de guerra contra el gobierno de cara a las próximas elecciones europeas. Todo porque la corporación de los jueces hizo saber que no le gusta la reforma del gobierno en materia de justicia. Las oposiciones (del Partido Democrático al Movimiento 5 Estrellas) se han hecho oír, y con razón. Grave error, el de la primera ministra.

Si Meloni hubiera guardado silencio, dejándose llevar por el curso de las cosas con una pizca de sano taoísmo, solo se hubiera conocido en el futuro el desenlace judicial de los dos hechos. Lástima que no haya exigido las renuncias forzadas de los dos protagonistas involucrados, aunque no fuera de su agrado. Ciertamente, no habría sido el primer gobierno de la República obligado a sufrir una remodelación por delitos del código penal.

Ahora bien ¿podría Giorgia Meloni haberse comportado de otra manera? Creemos que no.

Y aquí entra en juego lo más querido para ella: la narrativa, precisamente, de su gobierno.

Muchas veces la hemos oído decir, dirigida a la oposición, una frase que se ha convertido casi en un mantra: "Han perdido las elecciones, debe haber una razón". No es un mantra elegante.

Es la lógica del "yo gané", por lo tanto "se hace como yo digo", más propia de la selva que de una asamblea ateniense, la misma que inspiró sus primeros nueve meses de gobierno.

Citamos de memoria. Y sabiendo que nos olvidamos mucho del tema.

Dentro hay de todo: desde Ignazio La Russa, presidente del Senado, con la provocación sobre la "banda de música" de Via Rasella hasta los "crímenes universales" en el ámbito de la maternidad asistida; del caso Cospito, cuando ella, Meloni, descaradamente declaró que el Estado estaba bajo el chantaje armado de los anarquistas; desde la designación de la presidenta de la comisión parlamentaria Antimafia, con olor a malas amistades (al menos en las fotos) hasta la reivindicación de no nombrar al comisario extraordinario natural para las inundaciones en Romaña porque -y aquí volvemos al punto- el PD tuvo que aceptarlo, la elección nunca habría recaído en Stefano Bonaccini; de la cruzada contra la renta básica, reemplazada por el balsámico adjetivo de "empleable", a la invasión de la RAI al estilo "guerra relámpago", a las teorías tontas de algunos ministros sobre la "raza" más que sobre Dante a la cabeza de la cultura derechista en el siglo XIII; por no hablar de la dura diatriba sobre Mes, útil para hacer cambiar de canal, o, en política internacional, la servil lealtad a Estados Unidos a falta de un mínimo de propuestas para una posible paz, etc, etc, etc.

Pero volvamos a la justicia.

¿Por qué siempre en este punto se rompe el juguete? Porque las dos maldiciones a las que nos referimos al principio regresan, y nunca como en este momento.

Se dirá: pero de ahí en adelante estuvo Tangentopoli, hubo una seguidilla de gobiernos en los que gobernó la izquierda, que sin embargo nunca ganó las elecciones, después vinieron los de Forza Italia, también los 5 Estrellas, los gobiernos técnicos de Monti y Draghi y ahora los proscriptos, que finalmente ingresan al cuarto de los botones.

Relámpagos o meteoros en la historia de Italia, que se encendieron y apagaron sin dejar rastro visible de cambio.

Un ministro de Justicia, Carlo Nordio, que dedica "su" reforma a la "memoria de Silvio Berlusconi", fallecido en la víspera, basta para demostrar de qué estamos hablando. Italia es un país donde las reformas de la justicia tienen lugar cada dos meses, como las facturas de la luz.

¿Qué pasó con Marta Cartabia que nadie tiene el coraje de recordar?

Meloni, sobre el caso Santanchè y Delmastro, ahora evoca el complot.

Le podría pedir a Nordio, ya que ganó las elecciones, que mande a los inspectores para que investiguen a los jueces que entendieron en los dos casos, o que le pida a Nordio, más simplemente, que se haga a un lado.

Muchos observadores buscan la mejor definición de lo que es el gobierno actual. En nuestra opinión, definir a los miembros de los Hermanos de Italia como "fascistas" es un error. Llamémoslos más bien: fascistas democráticos. Y todo quedará claro.

Unos pequeños Mussolini, que se perdieron la marcha sobre Roma. Y mientras el "Duce" no quería hacer del Parlamento "un campamento para sus tropas", prefiriendo marchar sobre Roma, éstos, sin embargo, se han acuartelado cómodamente en el Parlamento.

¿Hacia dónde se inclinará la balanza? ¿Cuestión moral o cuestión de justicia? En los próximos días habrá que tener mucho cuidado con las encuestas.

Foto de portada: Paolo Bassani

Imagen 2: diseño de Paolo Bassani / Enrico Berlinguer junto a Silvio Berlusconi