Lunes 22 Abril 2024

Entrevista a la periodista independiente Laila Belhadj Mohamed

Experta en derechos humanos y geopolítica de África y el Sudoeste Asiático

En los últimos meses, Francia se ha rebelado contra el Elíseo. Primero con los ríos de manifestantes que protestaron en París -y otras ciudades- contra el aumento de la edad de la jubilación y luego por la muerte de Nahel, el joven de 17 años asesinado por la policía en Nanterre, un suburbio al norte de la capital, porque se detuvo en un control policial. Es la enésima víctima de las fuerzas policiales francesas, legitimada, absurdamente, por el nuevo protocolo normativo que entró en vigencia en el 2017 con la ley de seguridad ciudadana. Una ley que regula el uso de armas de servicio, que permite a los agentes de policía disparar a los ocupantes de un automóvil si creen que son peligrosos o si los agentes se encuentran en la dirección de escape del vehículo (incluso cuando el uso del arma estándar debe limitarse a episodios de "estricta necesidad"). Un tipo de delito que incluso va más allá de lo que le sucedió al joven Nahel.

Las imágenes de las protestas y manifestaciones en Francia dieron la vuelta al mundo. Toda una comunidad se manifestó junto a la madre del joven asesinado que expresó: "Ya basta de impunidad. El que se equivocó que pague". Los vecinos de Nanterre fueron de los primeros en responder a la violencia institucional de la policía con protestas y con el lanzamiento de fuegos artificiales contra la policía antidisturbios y sus vehículos blindados. Desde Nanterre, las protestas se extendieron como la pólvora por toda la capital. Y la represión de los agentes fue aumentando a la par del incremento de las manifestaciones. Hasta crear un verdadero clima de emergencia. Un estado de guerra civil en Francia con la revuelta de los suburbios (banlieues) a la que el Gobierno respondió con una violenta represión presidencial -una forma de supervivencia de Emmanuel Macron- que dejó como saldo más de 4.000 detenciones y la instauración de juicios precipitados. Junto a la policía, salieron a la calle algunos grupos abiertamente fascistas que están contra los "extranjeros". Un estado de tensión que se agudizó aún más tras el asesinato de Aimene Bahouh, otro joven -esta vez de 25 años- que murió tras ser alcanzado en la cabeza por una bala "tipo flash-ball" disparada por la unidad especial Raid de la policía, en la noche entre el jueves y el viernes de la semana pasada. Un acto denunciado por la familia como de "violencia voluntaria". El joven, al igual que Nahel, iba en el coche y viajaba con la ventanilla abierta, "para ir a cargar combustible en una gasolinera del barrio de Luxemburgo" al final de su jornada laboral, cuando "recibió un balazo en la sien" disparado por oficiales, dijo un familiar. El joven no tenía nada que ver con las protestas.

Por otra parte, lo que desgarra aún más a la sociedad francesa es la espantosa brecha que hubo entre la colecta para la familia de Nahel que alcanzó los 200 mil euros y la del policía que mató al joven que superó el millón.

Para hacer un balance de lo que sucede en Francia y entender cuándo y dónde se originaron los enfrentamientos, entrevistamos a Leila Belhadj Mohamed, editora independiente y presentadora de podcasts, así como activista transfeminista, experta en migración, derechos humanos, derechos digitales y geopolítica de África y el Sudoeste Asiático, colaboradora de Rainews24 y LifeGate.

-Leila, en el Antiguo Testamento el profeta Oseas hace una denuncia contra los líderes del pueblo y los sacerdotes de Israel que, según él, estaban actuando en contra de las leyes del Señor, provocando injusticias y violencia y causando gran desconcierto entre el pueblo, afirmando: "Y porque sembraron vientos / recogerán tempestades". ¿Podría decirse lo mismo de Francia? ¿Se sembraron vientos y se están recogiendo tempestades?

“Creo que los orígenes de lo que está pasando hay que buscarlos en la historia de Francia. No es la primera vez que comunidades marginadas y racializadas protestan -a veces pacíficamente, a veces con una verdadera guerra urbana- contra sus condiciones de vida, contra la precariedad y el aislamiento en algunas zonas de las ciudades. Si nos fijamos sólo en la historia de la Quinta República -es decir, a partir de 1958- los casos de brutalidad de la gendarmería contra personas con antecedentes migratorios han sido múltiples. También hay innumerables casos sin resolver de jóvenes, especialmente varones de entre 16 y 25 años, asesinados en circunstancias poco claras por la policía. Y las respuestas de los poderes fácticos siempre han sido inadecuadas, por lo cual a menudo no han hecho más que fomentar manifestaciones, como en el 2005, cuando el entonces ministro del Interior, Sarkozy, definió, y cito textualmente, a los habitantes de los suburbios como "escoria". Francia tiene un enorme problema de racismo institucionalizado, que es el verdadero elefante en medio de la habitación cuando se trata el tema de los suburbios, de las banlieues”.

-Tras la muerte del joven Nahel, los suburbios vuelven a ser protagonistas del debate político y social francés. Para muchos, sin embargo, siguen siendo solo suburbios. Los típicos suburbios. Aun así, creo que merecen un análisis más profundo a partir de los efectos del colonialismo francés en África. ¿Es así?

“Para entender las protestas, hay que entender y conocer el sistema de suburbios y los métodos de segregación de comunidades enteras, a través de lo que yo llamo "racismo geográfico". Los suburbios van mucho más allá del significado de la palabra, especialmente si se comparan con el nuestro. Trataré de explicarlo en forma simple. El concepto de banlieues nació con la política urbana de mediados del siglo XIX, que preveía la anexión de los suburbios a las ciudades. Por lo tanto, eso significó que todas las grandes ciudades francesas estén, de hecho, compuestas por el centro y los suburbios, que no siempre son sinónimos de áreas de clase trabajadora. El contexto ha cambiado considerablemente con el auge económico y la llegada de trabajadores migrantes. El caso de Nanterre es emblemático. A principios de la década de 1960, muchos trabajadores argelinos, con contratos de trabajo regulares, llegaron a París para trabajar, pero a estos trabajadores no se les proporcionó ninguna solución de vivienda. Esto resultó en la formación de un barrio de viviendas muy precarias en las afueras de París, en el que vivían más de 10.000 personas. Esto sucedió tanto en Nanterre como en la periferia de otras ciudades que, a lo largo de los años, y como resultado de las políticas urbanísticas municipales y nacionales, se han convertido en las banlieues que conocemos hoy. El verdadero problema es que, debido a ciertas normas, no es fácil salir de esos lugares, y en esas estructuras -que hoy son ruinosos edificios populares- viven los descendientes de aquellos ilustres inmigrantes que llegaron a mediados del siglo XX. Muchas reglas y normas francesas se han ido construyendo para mantener separada a la población: desde los criterios de admisión en las escuelas y universidades, pasando por los horarios del transporte público, hasta la llamada "banlieufobia", término acuñado por el sociólogo Thomas Guénolé para identificar el sentimiento de miedo y odio hacia una juventud suburbana imaginaria y estereotipada, que fomenta a diario la discriminación hacia los habitantes de las banlieues”.

-Lo que estamos viendo desde hace días es una verdadera guerra civil entre una comunidad -aunque heterogénea- y la idea de un Estado que evidentemente no representa a millones de ciudadanos. ¿Es posible cerrar esa brecha? Y si es así ¿cómo?

“Yo usaría con mucha cautela el término "guerra civil" para describir a los disturbios que se están produciendo en Francia. Como dije antes, no es la primera vez que este tipo de revueltas se desata en el país. Desde mi punto de vista, el verdadero problema está del lado institucional: no reconocer la violencia sistémica que sufren estos jóvenes impedirá encontrar cualquier solución. Los cambios sociales y estructurales son un proceso largo, pero si no empezamos por admitir cuáles son los problemas de fondo de la sociedad francesa, nada puede cambiar. Hasta el día de hoy, Francia es un Estado de derecho solo para hombres blancos, heterosexuales y económicamente fuertes”.

-Entre los temas en juego también hay algunos grupos fascistas. ¿Qué interés tienen en mostrarse y qué tan influyentes son en el escenario?

“Estas personas son las mismas que agredieron y atacaron a jóvenes racializados que celebraban en las calles las victorias de Marruecos durante el Mundial de Qatar. Son grupos de supremacistas blancos que no soportan la idea de que las personas de origen migrante puedan tener los mismos espacios y los mismos derechos que ellos. Se convierten en campeones de la ley y el orden para que los ciudadanos acepten su presencia en las calles, pero su único objetivo es tratar de "blanquear" a Francia, cueste lo que cueste”.

-Soy de la opinión de que cada país tiene su propia "Giorgia" y en Francia se llama Marine Le Pen. Además de compartir la llama en los logos de sus respectivos partidos, es evidente que ambos también comparten muchas ideas políticas internas en el manejo del pensamiento crítico y las protestas. ¿Podría el partido "Rassemblement National" de Le Pen aprovechar la situación caótica para ganar en las urnas? En definitiva, algo parecido a lo que hicieron los Hermanos de Italia con la gestión de la pandemia como único partido de oposición durante el "gobierno de los mejores".

“Marine Le Pen, exactamente igual que su padre en otro momento, se sube a la ola de racismo e islamofobia creciente en el país, y seguramente intentará despertar el descontento de los ciudadanos, pero hay que ir más allá. Todos los partidos franceses son iguales cuando se trata de tratar con las minorías y la llamada "cuestión de los suburbios". La ley de 2017, que causó la muerte de Nahel y un aumento récord de muertes ocasionadas por la policía en los años 2021-22, el 90% de las cuales eran personas racializadas, fue buscada y entró en vigor bajo el presidente Hollande, del partido socialista. Los disturbios del 2005, a raíz de las declaraciones de Sarkozy antes mencionadas, tuvieron lugar bajo la presidencia de Chirac. Y, de nuevo, el asunto Oussekine de 1982, el niño de origen argelino brutalmente asesinado por las PVM (Brigadas Motorizadas Antidisturbios) -disueltas precisamente por ese caso y reinstaladas en el 2019 con el nombre de BRAV-M por decisión de Macron- se produjo bajo la presidencia de Mitterrand, también socialista.  Ninguno de los mencionados fueron exponentes de extrema derecha, sin embargo, cuando se trata de juventud racializada y brutalidad policial, de "ley y orden", no tienen una posición diferente a la de Marine Le Pen”.

-¿Cuánto debería afectar a nuestro país lo que está pasando en los suburbios parisinos? ¿Hasta qué punto Italia y Francia comparten las penurias de las periferias? En esto, ¿debemos seguir considerándolos primos o, sería mejor decir mellizos?

“Como expliqué antes, nuestros suburbios y las banlieues no son lo mismo. Por ejemplo, en Italia todavía podemos ir a donde queramos, independientemente de dónde vivamos, aunque algunas escuelas secundarias del centro de la ciudad han intentado limitar la inscripción de estudiantes del interior, más que de los suburbios. Nuestra política urbana ha sido diferente a la francesa, de hecho, en algunos casos más caótica, pero es innegable que hoy en día las personas con más problemas sociales viven en los suburbios y que el objetivo de muchos municipios es expulsar a los pobres y colectivos marginados de los centros urbanos. Nuestros suburbios son bombas de tiempo, pero espero que Italia no alcance el nivel de Francia”.

-El papel de la prensa es vital. A menudo partidista y adicta al régimen, este poder tiene la capacidad de derrocar gobiernos enteros y liderar revoluciones. Estás en Túnez ahora mismo. ¿Cómo reaccionó la prensa internacional a las protestas? ¿Cómo se cuentan? ¿Es sólo un problema europeo, además de francés, o la situación se sigue con interés también en África y el Sudoeste asiático?

“Por lo que he visto desde aquí, la prensa internacional está observando lo que pasa en Francia, pero las noticias no se informan de la misma manera. En general, la prensa africana y de habla árabe condena la brutalidad policial y la represión estatal, sobre todo porque estamos hablando de la enésima revuelta de jóvenes de origen migrante -incluso de la cuarta generación- contra la brutalidad policial, jóvenes de diferentes orígenes, no solo norteafricanos. Esta es quizás la diferencia sustancial con la prensa italiana: nuestros colegas, especialmente la prensa oficialista, están realizando una campaña islamófoba y arabófoba contra las protestas, invisibilizando por completo que se está hablando de todas las personas POC (de color)”.

Imagen de portada: Paolo Bassani / Leila Belhadj Mohamed © Margherita Caprilli