Por Jean Georges Almendras-9 de enero de 2021

Más tarde o más temprano la sociedad civil encontrará el momento –preciso momento- de frenar desde la raíz escenas como estas. Escenas que nos entrangulan el alma con escandalosa saña, porque nos hacen ver, que no solo el autoritarismo prevalece por la imposición misma de la fuerza bruta (como se ve en la imagen) sino porque además lo recurrente de estas situaciones ya es de hecho una muy descarnada naturalización de la violencia estatal, del terrorismo de Estado, en este caso en Chile, con el agravante de que el objetivo del atropello es una niña de una comunidad mapuche; una integrante de un pueblo originario; una niña de América Latina: una niña de la humanidad de este tercer milenio.

La imagen que nos ocupa habla de un episodio, que parece aislado, pero que en realidad hace parte de una violencia generalizada, que se ha instalado, sin pudores ni disimulos, en la sociedad humana; una imagen que ya hace parte de nuestra cotidianidad, y ya solo por eso, se  torna en extremo alevosa, definitivamente cruel, y contradictoria con la postura –igualmente generalizada- de que vivimos en una sociedad civilizada, superada en valores. Los valores mal entendidos, que se extienden y se mimetizan con la maldad; la maldad que no está ausente, porque está legalizada al punto tal que se impone con el autoritarismo de la impunidad. Porque la impunidad es el común denominador, es el protagonista principal y la herramienta indispensable para salvaguardar los atentados más inenarrables al alcance del poder.

Esta niña de 7 años, es hija de Catrillanca y es mapuche. Es la hija del mapuche asesinado por uniformados, siete de los cuales, entre ellos quien lo ultimó, fueron sentenciados, pero sentenciados bajo parámetros cargados de una impunidad tan apabullante, que nos subleva. Al asesino, por ejemplo, le caratularon “homicidio simple”, lo que significa que su prisión será indefectiblemente coronada con toda suerte de beneficios. Solo por tratarse de un asesino de uniforme.

Los represores  que  tienen a esta niña contra el pavimento ejercen esa violencia porque se saben impunes. Esa impunidad, que hoy se regodea y se regocija, acunada por los autoritarismos de un régimen implacable, que ha dado más muertes y sufrimientos que demostraciones de vida, de legalidad y de humanidad.

Estos hombres-bestias son lo que son (y hacen lo que hacen) porque se saben impunes. Pero esa impunidad que los secunda no los justifica, aunque ellos se sientan justificados, beneficiarios de un salvoconducto, que los libera de culpas y de remordimientos.

A estos hombres-bestias, que no deberían tener cabida en nuestra sociedad, la sociedad civil no los justificará nunca, al menos la sociedad civil que se precia de ser respetuosa de la vida humana. Por más que la soldadezca les otorgue impunidad e inmunidad de por vida.

No sabemos bien cómo se llama esta niña, pero eso poco importa, porque su nombre es inocencia. Inocencia ultrajada con el estrepitoso aplauso de una ideología castrense y policial, que atenta a la vida misma. Que atenta a la inteligencia humana y a la democracia. 

No es este el único caso. Este es solo el vértice de un iceberg. La cara visible de una sociedad en decandencia. Una sociedad de naturaleza criminal, absolutamente. Y de un poder, más criminal aún.

Doblegando a la inocencia: la imagen que recorre el mundo como la carta de presentación del Estado chileno. Un Estado, exclusivamente asesino.

Carta abierta a la niña de 7 años Guacolda Catrillanca
Por Didier González Astudillo(*)

“Guacolda Catrillanca, déjame pedirte perdón por toda la protección que como sociedad debiéramos haberte garantizado. Tienes la misma edad de mis nietos y sobrinos. No me puedo imaginar cómo a tus siete años hayas tenido que vivir tanto dolor.

Hermosa Flor del Ñielol, déjame enviarte un arrullo para de alguna forma poder secar una de tus lágrimas.

Déjame abrazarte, como he acurrucado a mis hijos cuando niños y aún hoy que son grandes. Déjame curar las heridas de tu cuerpo y esas que te quedaràn en tu alma.Déjame que te diga que soy parte de miles, que sentimos vergüenza por esos que te lastimaron, olvidando que fueron niños como tú, que tienen hijos como tú y que además olvidaron que tarde o temprano sufrirán el mismo dolor que a ti te causaron.

Déjame decirte mi pequeña Guacolda, que Jesús fue muy claro cuando advirtió: "Ay de aquel que le haga algo malo a un niño porque a mí me lo hacen", además de declarar que de los niños es el reino de los cielos.

Déjame limpiar tu rostro altivo,el mismo de aquella guerrera del cual tomaron tu nombre. Déjame decirte que no te culpo por esa rebeldía que has ido incubando desde tu infancia.

Has crecido en medio del terror,el asesinato y la cobardía de un Estado que debe protegerte al igual que a mis hijos y mis nietos y no lo ha hecho. Al contrario,te arrebató a tu Padre, golpea con saña a tu madre y persigue a tu abuelo y extermina a tu raza.

Déjame decirte Princesa Mapuche, que a pesar de todo, tienes derecho a soñar, aunque te hayan quitado tu derecho a jugar. Déjame decirte que aunque pisoteen tu frágil cuerpo de niña, jamás podrán pisotear tu indomable alma luchadora. Déjame decirte pequeña Guacolda, que cada vez que abrace a mis nietos,lo haré pensando en tí y en cuántos abrazos te debemos.

Hoy siento la misma rabia e impotencia que sentiría tu Padre si estuviera contigo. A los míos NADIE me los toca,y soy capaz de matar por ellos.

Te pido perdón niña Guacolda, porque somos culpables de haber elegido a unas bestias como autoridades.

¡Me averguenzan!! ¡No me representan! Te abrazo, Guacolda.

Te abrazo... Déjame abrazarte...”.

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(*)Folklorista chileno

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*Foto de portada: Camilo Tapia

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