Miércoles 17 Abril 2024

Diez años de cárcel, es la condena que se le ha dado al represor uruguayo Jorge Guldenzoph, alias “El Charleta”, quien además fue un harto infiltrado en filas de la juventud comunista y un contumaz delator, en consecuencia. Estará una década privado de su libertad. Una década que a “golpe de ojo” a nosotros no nos representa nada si queremos medir un castigo, porque no seremos nosotros los que estaremos a la sombra. Una pena así, medida en días, semanas, meses, y años, así en bruto, parecería no decirnos nada, especialmente cuando se trata de represores que sortearon a los jueces, por años y años, pero desde la mirada ciudadana que ha sufrido la represión , en definitiva solo importa un acto. El acto de que se hace justicia. El acto de saber oficialmente, que una persona que ha cometido delitos contra la libertad y la vida, en dictadura, por orden judicial -con todas las de la Ley- será enviada entre rejas, dándose fin así a una impunidad oprobiosa. La pesada carga de los años que le han sido reservados para estar en prisión, seguro estoy, solo le importará al condenado, porque a las claras solo él deberá procesar el encierro (ajustado a derecho) en su microcosmos, en su intimidad. Los de afuera solo veremos ese desenlace, con el sabor amargo de la lejanía que significa esa justicia, al momento (al tiempo) en que el condenado, en ese caso “El Charleta”, se mimetizaba entre los jóvenes estudiantes de los años setenta que integraban la UJC en el Uruguay, en Montevideo, más precisamente, para después delatarlos a la represión, para que luego sean detenidos, torturados y si acaso asesinados, algo que en su caso no habría acontecido (me queda la duda, siendo que en el proceso eso no pudo ser constatado). La resolución judicial dice que a este personaje, cuyo perfil reservo para luego, se le probó haber sido “autor de reiterados delitos de privación de libertad,abuso de autoridad contra detenidos y reiterados delitos de lesiones graves” .

A “El Charleta” lo recuerdo vagamente con su camisa bordó (típica de los jóvenes bolches de aquellas épocas, porque en los años setenta así les decíamos a los integrantes de la UJC, Unión de Juventudes Comunistas) cuando yo estaba en el liceo. Antes del 72 y durante, iba yo, primero al Liceo Rodó Nro 1, edificio anexo de la calle Río Branco, y después al central, de la calle Colonia (ambos liceos fueron demolidos y hoy en ambos predios hay sendas playas de estacionamiento), en pleno centro de Montevideo. Y por aquellos años del Rodó -que militaba en el Fer 68 y me movilizaba en grupos políticos, como delegado de clase, con estudiantes más experimentados en esas luchas- o después -en el liceo Zorrilla 4b del Parque Rodó- a donde también estuve, tengo idea de haberme cruzado con él, pero nunca lo traté ni lo encare, ni viceversa. Pero su rostro, su andar y su figura, creo que para cualquier estudiante de la época no pasaban inadvertidos. Y de hecho algún lector de aquellos días, de buena memoria, me lo podría perfectamente ratificar, estoy más que seguro.

Bastantes años después, ya en una democracia en la que se comenzaron a señalizar a figuras de su laya, su nombre y su apellido, y su sucia tarea represora -como agente de la Dirección Nacional de Inteligencia de la calle Maldonado y Paraguay- se dio a conocer públicamente, en algunas sesiones parlamentarias, de la voz -por ejemplo- de Germán Araujo, y otros más, hasta que muy pronto se hizo ya recurrente el reclamo de que sea detenido para comparecer ante la Justicia. Su andar en los días previos al 27 de junio de 1973 y posteriores, no era para nada grato, todo en contrario, acumulaba una andanada de atropellos y de suciedades. La más detestable, por lejos, la de ser un infiltrado. Que no era poca cosa, por cierto. ¿Cuántos de sus compañeros de la UJC de aquellos momentos lo recordarán con desagrado? No pocos. “El Charleta”, entonces, una vez desenmascarado, fue un mojón despreciable si titubeos.

Hoy por hoy, ya conocida su condena y ya divulgada en los medios, se supo por ejemplo que operaba bajo las órdenes del director de la DNII Víctor Castiglioni, que participaba en la detención de personas -jóvenes en su mayoría- , y en interrogatorios donde bajo tortura a los detenidos se obtenían confesiones, en resumidas cuentas datos para proseguir con la represión desatada en los tormentosos años de la pre dictadura y de ahí en más, hasta su final.

“El Charleta”, ante la justicia (luego de habérsele iniciado el proceso en el 2020) niega haber torturado, dijo que siendo militante de la UJC y administrativo de Secundaria fue detenido y hasta sumariado, y que en esa situación coyuntural Castiglioni -desconocemos los motivos y la formas- neutralizó su destitución y le ofreció un pase a comisión como agente de Inteligencia, obviamente, para operar encubierto, marcando el destino de muchos de su generación que abrazados a sus ideas no hacían otra cosa que oponerse al régimen. La tarea de Guldenzoph fue para su momento y sus jefes, redituable, pero para la resistencia estudiantil, un muy dañino personaje. De aquellos días y de futuros.

Y aclaro, que eso de personaje, no viene sin fundamento, porque pasado todo ese tsunami de autoritarismo y dictadura, en días democráticos, en los que muchos represores como él se fueron mimetizando en la sociedad uruguaya, “El Charleta” se construyó una figura tal, que en concreto lo catapultó a vivir por un buen tiempo -aún escuchándose por ahí su apodo y su nombre vinculado a la represión- como un hombre de negocios, participando de círculos empresariales y periodísticos, como si ta cosa. Muy campante. Muy orondo. Apañado por el sistema político de los partidos tradicionales y de la casta militar, o represora, de turno

Un buen día, a finales de los años 90, cuando yo estaba en mi última etapa laboral en el vespertino Ultimas Noticias lo tuve que asumir como adjunto a la dirección de la publicación. O mejor dicho, de la Secta Moon.

Su rostro fue visible en los pasillos del edificio del vespertino de la calle Paysandú. Muchos colegas, yo entre ellos, teníamos ya mentas de su pasado, pero su presente era ese. Y la justicia estaba aún no había entrado a tallar, y nosotros nos lo teníamos, que fumar, así de literal.

Con un impecable traje y con su rostro inconfundible, muy bien acicalado, cruzaba la redacción hacia las entrañas de la dirección del vespertino y allí mantenía los vínculos con los mandos editoriales , cuya ideología, obviamente, era de su misma agua. No olvidar que ese vespertino fue oportunamente un medio funcional al proceso, tras el fin de la dictadura, por más que su director Julián Safi poseía un don de gente que debo reconocer personalmente y públicamente; un periodista que como director del diario no sobresalía por obstaculizar o perseguir a periodistas de su staff -yo entre ellos, que no comulgábamos con el pensamiento editorial de la publicación (identificada de plano con el gobierno de facto o con el proceso, como se diría oportunamente)- pero que obviamente respondía a una línea ideológica, opuesta totalmente a algunos de nosotros, en la redacción. Safi, si bien era de tiendas coloradas y de ideas de derecha, mantuvo la labor periodística hasta donde pudo, y como pudo, pero de hecho hacía parte de una ideología conservadora y que fue funcional a una corriente que ni por asomo armonizaba con las izquierdas del momento.

Ya no veía a “El Charleta” de la camisa bordo, de la UJC. Veía a un hombre ya mayor, de rostro enjuto y mirada frívola, pavoneándose - y pavoneando su impunidad- como un redactor adscrito a la cúpula ideológica de la Secta Moon de un diario que ya estaba prácticamente en su última fase de vida, y ya con un Julián Safi como director, ausente. Yo me fui de Ultimas Noticias poco antes de finalizar el 99, y de ahí en más, a “El Charleta” lo vi nuevamente en fotos de sociedad, en los medios, inclusive -sorprendentemente- con el presidente de la República Tabaré Vazquez, y con Luis Alberto Lacalle y Julio María Sanguinetti.

Su rostro, con nombre y apellido, fue recurrente en eventos de la alta sociedad empresarial y algún tiempo después, ese personaje comenzó a sonar bien fuerte como parte de las nóminas de represores prófugos y portadores de un pasado nefasto por donde se lo mire. Se mantuvo libre e impune, pero no mucho más. Con la llgada del 2020 se le hubo terminado el tiempo de “bonanza”, que dio paso al tiempo de justicia.

En los últimos días “El Charleta “ fue finalmente condenado a prisión pero hay un detalle no menor, y que no podemos ignorar. Fue procesado por la justicia el 15 de julio de 2020, oportunidad en que fue detenido, y privado de su libertad mientras se continuaba con la investigación. Ahora, que sobreviene la condena, seguramente se le descontarán esos años de la sentencia. Ergo, calculo a ojo, que recuperara su libertad en unos siete u ocho años, y quizás muchos antes, recursos de sus abogados de por medio.

“El Charleta” entonces, hoy un condenado, hizo parte de uno de los momentos más cruentos y sucios de la vida nacional. Y seguramente, ya libre, seguirá con su vida.

Ya no lucirá la camisa de la UJC, a la que por otra parte traicionó groseramente; ni tampoco se pavoneara otra vez por una redacción y por la ciudad, como un estandarte viviente de una impunidad que disfrutó descaradamente. ¿Qué hará? Solo él lo sabe.

Y lo que haga, salvo que repita la historia, ya no es nuestro problema. Será el suyo.

Foto: El Muerto