Lunes 22 Julio 2024

Mal que nos pese, el cincuentenario del golpe de Estado cívico-militar en el Uruguay se cumple en ocasión de un gobierno -cuyo titular es el abogado Luis Lacalle Pou- que no resulta ser coherente, íntegro, honesto y por sobre todo noble con la ciudadanía, por más que en los solemnes actos programados desde tiendas oficiales -y que se contrastan notoriamente con los que fueron organizados por los colectivos militantes y por los ciudadanos que han sufrido en carne propia los embates de la violencia del terrorismo de Estado antes, durante y después de los años de dictadura- se ha dicho lo contrario , con una hipocresía admirable. Una señal, por otra parte, inequívoca, de que estamos transitando dentro de un marco democrático, que más sobresale por su intransparencia o por estar intoxicado por las anomalías propias de un régimen, sostenido por las solemnes dialécticas de un sistema absorbido por el capital financiero, las intrigas, las mentiras, las desesperanzas, los desatinos -cuando no corrupciones- y las pasarelas de marketing político, que no hacen más que reafirmar una democracia de excelsa práctica de convencionalismos y formalidades, y acciones, que poco de compromiso tiene, nada más ni nada menos, que con el pueblo, o al menos con quienes, por doce años sufrieron los embates de la dictadura. Es decir, la insensibilidad gubernamental, una vez más, en el tema de derechos humanos, se ha visibilizado descarnadamente, o me atrevería a decirlo mejor, con un cinismo tal y una crueldad tal, que ya no hay calificativos, ni para el asombro, ni para la crítica. Y que conste, que no hace ni treinta días que en el Uruguay se hallaron los restos de un detenido desaparecido en predios militares -Batallón 14- de la ciudad de Toledo, en Canelones, lo que parece no haber sito tomado en cuenta por el Estado, porque prácticamente en ninguna de las intervenciones oficialistas del titular del Ejecutivo, en particular, no se hizo referencia a este punto, altamente sensible.

Hay muchos ejemplos al respecto, pero el más destacado, si se quiere porque fue materializado en la sede de la Presidencia, en la Torre Ejecutiva, en la Plaza Independencia, en una conferencia de prensa (a propósito del aniversario) convocada y encabezada por el presidente de la República, Luis Lacalle Pou, siendo los invitados especiales para la parte oratoria, los expresidentes Sanguinetti, Lacalle (padre) y Mujica.

El expresidente Julio María Sanguinetti, pidió “un compromiso cívico para que este nunca más que seguimos pronunciando todos tenga un profundo contenido”, incluyendo en sus dichos, por si fuera poco “el nunca más a la violencia, el nunca más a los mesianismos autoritarios, el nunca más a las utopías revolucionarias, el nunca más a la intolerancia, el nunca más a la descalificación del adversario, el nunca más al desprecio a las instituciones liberales”. Y ahí me detengo, porque debo aclararle al señor Sanguinetti: que le faltó agregar el nunca más a la cultura de la impunidad, el nunca más a las desapariciones forzadas, y el nunca más al terrorismo de Estado. Pero esas expresiones estuvieron ausentes en su libreto, porque él siempre fue un personaje -una suerte de monje gris, diríase popularmente- funcional a distorsionar la verdad de nuestra historia nacional, embanderándose como defensor acérrimo de las instituciones democráticas, aferrado a la teoría de los dos demonios, sin admitir, que esa defensa -de la que tanto se enorgullece- lo hace si se quiere hasta cómplice del baño de sangre que tuvo este país en ese período nefasto de la dictadura, y de la vigencia más descarada de dar encubrimiento a los represores y de ocultar muchas verdades, por ejemplo, en torno al muy sensible tema de los detenidos desaparecidos (y se lo aclaro a usted lector, y a él mismo, que sobran las evidencias de sus cínicas manipulaciones en su rol de jefe de Estado, y como parte del sistema político, particularmente en el caso de María Claudia García de Gelman, cuya hija -Macarena- fue informada de su verdadera identidad, recién en el año 2000). Pero ese ya sería otro tema, bastante extenso, por cierto, y muy jugoso en maquiavelismos, de su autoría, puño y letra.

Por su parte, en esa misma conferencia de prensa, el expresidente Luis Alberto Lacalle, no fue nada recatado tampoco en sus expresiones. Subrayó el hecho de que “tres octogenarios, tres veteranos de guerra” se hayan reunido con el presidente para dar un mensaje, con el fin de que haya más democracia, reconociendo que “lo más complicado es decir cómo se llega a ello” considerando también “que cada uno de nosotros debe asumir en su fuero íntimo y su conducta nunca más descalificar al otro porque piensa distinto ni pensar que es una mala persona porque vota a otro partido o candidato”.

Y ahí me detengo, como en el caso anterior, para recordarle al señor Luis Alberto Lacalle que cuando hace referencia “a nunca más descalificar al otro” se me hace muy difícil asimilar que después de tantos desaparecidos -porque son 197- en su oratoria no hizo otra cosa que reducir el sufrimiento de sus familias, y de los miles de uruguayos que vivieron tortura y prisión en los doce años de dictadura, a un muy preciso contexto de descalificación, y no de terrorismo de Estado. Otra vez, esa noche, en la Torre Ejecutiva se obvió, voluntariamente, ese calificativo. Parece muy claro, por sus dichos, que para el señor Lacalle, el terrorismo de Estado no existió, y lo que es peor, parece que le vino amnesia o no se atrevió a poner sobre la mesa, el Plan Cóndor y el terrorismo institucional reinante en el Uruguay y en la vecina orilla, en la que con mano de obra uruguaya -porque hubo militares uruguayos involucrados- se secuestró y se asesinó, nada más ni nada menos que a un correligionario suyo, de su “entrañable” Partido Nacional, y me estoy refiriendo al Presidente de la Cámara de Diputados de aquellos tenebrosos días, Héctor Gutiérrez Ruiz, cuyo cuerpo torturado y acribillado a balazos, apareció en un auto en la ciudad de Buenos Aires, en el mes de mayo de 1976, junto a los cuerpos de otro muy reconocido legislador uruguayo -de tiendas frenteamplistas- Zelmar Michelini, y una pareja de tupamaros.

Pero hay más, sobre esta particular velada en la Torre Ejecutiva de Montevideo, porque cuando le tocó el turno al extupamaro, y expresidente de la República José “Pepe” Mujica, sus palabras, lejos de ser coherentes con su trayectoria de revolucionario que integró filas de la guerrilla uruguaya, fue coherente con una retórica, más cercana a la demagogia complaciente y a la institucionalidad , con una carga de asepsia, que verdaderamente hubiera decepcionado, si viviera aún, a la cabeza misma del MLN, Raúl Sendic.

Mujica puntualizó: “Una manera de afirmar la democracia es que la responsabilidad política dé respuesta a los problemas más dramáticos” agregando que “defender la democracia es asumir la responsabilidad social que tenemos y entonces las grandes contradicciones hay que sublimarlas en causas nacionales. Necesitamos una causa nacional que nos unifique por encima de nuestros antagonismos”.

Entonces, a propósito de estas palabras, me veo obligado a puntualizarle a Mujica, que cuando se trata de afirmar la democracia -aludiendo a que la responsabilidad política dé respuesta a los problemas más dramáticos- bien podría haberse hecho responsable -públicamente- y políticamente, y como exjefe de Estado, de haberse transformado en su momento de gobernante en el administrador del capitalismo, en el presidente frenteamplista en cuya administración se separó del área penal a la jueza Mariana Mota generando un muy significativo retraso en unas cincuenta causas judiciales contra represores , y en un comandante en jefe de las FFAA -por ser presidente- que bastante poco hizo para que la casta militar diera información sobre los enterraderos de los desaparecidos, siguiendo los mismos pasos de sus colegas presidentes antecesores: Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle, Jorge Batlle, y Tabaré Vázquez, todos ellos, en definitiva, funcionales -en mayor o menor medida- a la cultura de la impunidad. Y sumo, además, que cuando dijo que “defender la democracia es asumir la responsabilidad social que tenemos y entonces las grandes contradicciones hay que sublimarlas en causas nacionales”, no tuvo el valor de acusar recibo de que toda su gestión -siendo referente de un movimiento de participación popular (MPP) militante y revolucionario- no fue ni más ni menos que una contradicción mayúscula suya. Y lo muy lamentable de hoy, habiendo abandonado ya ese puesto de mando presidencial, es que de su boca no salen más que justificaciones de sus acciones y de su gestión, en torno a los represores y a los derechos humanos, con cruel desparpajo -que sorprenden aún más que los dichos de los expresidentes colorados y blancos- y con un cinismo que me excede. Y tanto me excede, que veo inconcebible de su parte, que no haya aprovechado como militante de izquierda, y como exguerrillero, echarles en cara a todos, en esa conferencia de prensa, que a los 50 años del golpe, es hora de que se diga -a los cuatro vientos y a todos los micrófonos- de que hubo terrorismo de Estado, de que hay que ordenar a los mandos militares a dar información exacta sobre dónde están los cuerpos de los desaparecidos, de que debería avergonzarse como expresidentes que las Madres y Familiares sigan marchando en silencio desde hace 28 años, de que deberían avergonzarse como exmandatarios que en la dictadura el terrorismo de Estado se aplicó a miles de ciudadanos que no eran guerrilleros, sino hombres, mujeres y adolescentes que se resistían con sus ideas a luchar por las libertades, y de que deberían avergonzarse mucho más aún, porque entre esas resistencias se hallaban menores de edad, como los que fueron torturados y tomados prisioneros en el cuartel de la ciudad de Treinta y Tres en abril de 1975, y como las tres jovencitas que fueron masacradas a balazos en una casa del barrio Brazo Oriental, más conocidas como las Muchachas de Abril.

Como anfitrión y como hacedor del encuentro, Luis Lacalle Pou, presidente en ejercicio, se explayó con una muy prolija dialéctica institucional, muy formal, por cierto; casi al final señaló, que en Uruguay “democracia es construcción permanente de síntesis, porque si hay algo que al uruguayo lo caracteriza es que los polos nunca están lo suficientemente lejos para no interactuar”, recalcando además, que: “la democracia se construye en un boliche, en un lugar de trabajo, en un almacén, y por supuesto con el ejemplo de los dirigentes políticos, y como casi todo en la vida, construir es muy difícil, destruir es un instante”.

Lo que me lleva a recordarle, respetuosamente, y tomando sus dichos, que la democracia se construye también dando señales al pueblo uruguayo, como jefe de Estado, y contemplando con sensibilidad, la sensibilidad de quienes sufrieron en carne propia la dictadura. Quiero decirle en concreto, al señor presidente Lacalle Pou, que la democracia también se construye asistiendo a los actos en los cuales un Estado, por ejemplo, debe reconocer, lamentablemente no por iniciativa propia, sino por solicitud formal de un organismo internacional de derechos humanos, que en este país hubo terrorismo de Estado y que no se investigaron crímenes de lesa humanidad -como ser torturas- y desapariciones forzadas, como corresponde. Y usted, si mal no recuerdo yo, como la población de su país, y en particular como las Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos, aquel reciente día día jueves 15 de junio en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, cuando oficialmente se reconoció que se les negó la verdad de los hechos a las familias de las jóvenes Daiana Maidanik, Silvia Reyes, y Laura Raggio y a las familias de Eduardo González y Oscar Tassino, ambos desaparecidos, estuvo ausente. Muy ausente, por más que lo representara la vice presidenta Beatriz Argimón, cuya formalidad extrema, verdaderamente, no resultó ser nada agradable. Ergo, siguiendo sus dichos “con el ejemplo de los dirigentes políticos, y como casi todo en la vida, construir es muy difícil, destruir es un instante” me lleva a decirle, muy respetuosamente, insisto, que usted aquel día de junio, al no estar en el salón de los Pasos Pérdiso, primero: perdió la oportunidad más sublime de encarar cara a cara el tema de derechos humanos, con los familias uruguayas que llevan ese dolor a cuestas, desde hace 50 años; y segundo: no dio un buen ejemplo, en realidad, ni como dirigente político, ni como presidente de todos los uruguayos, y si se quiere, también, siendo sincero, hasta logró, en un instante destruir, en esta oportunidad, las esperanzas de muchas personas, de escuchar de su boca el mea culpa, sobre una temática por demás espinosa.

Mal que les pese, a ellos, a los expresidentes, al actual presidente, y a los civiles del sistema político que siguen sus mismas líneas -sin distinción de partidos- y a los integrantes o afines de la casta militar nucleados en el partido Cabildo Abierto liderado por el senador y exComandante del Ejército Guido Manini Ríos, que integra la coalición del gobierno actual, extra muros del Palacio Legíslativo y de la Torre Ejecutiva, el pueblo recordó los 50 años de la dictadura, como solo puede hacerlo el pueblo: movilizaciones en barrios, vigilias con velas encendidas alrededor de un Parlamento (en cuyo interior se montó un espectáculo audio visual, sobrado en hipocresías, y apropiado para la gallery), inauguración de un memorial dedicado a las presas políticas en uno de los predios circundantes al Palacio Legislativo, y una marcha de jóvenes y no tan jóvenes en el barrio La Blanqueada que culminó a las puertas de un edificio que fuera centro de la represión en dictadura.

Y mal que les pese, a ellos, el harto despliegue de actos oficiales donde estuvo ausente la sensibilidad que se hubiera requerido, ante un tema harto doloroso como lo es el de la dictadura -cuyo saldo mayor al perderse todas las libertades, son las violencias del terrorismo de Estado (prisioneros políticos, torturas, muertes, desapariciones de personas, y robo de bebes) y la destrucción de una vida en democracia- no hizo otra cosa que visibilizar a la vista de todo el mundo, que en nuestro país, Uruguay, todavía desde el gobierno hay muy poca conciencia y muy poco compromiso con quienes perdieron sus vidas, y para con sus respectivas familias, solo por el hecho de haber estado en resistencia -sin armas- frente al autoritarismo de turno, llámese dictadura, llámese terrorismo de Estado. Porque, gústeles o no, a ellos, lo hubo, antes y durante la dictadura, y después, en democracia. Porque en democracia, la cultura de la impunidad que campea a borbotones, es una forma del terrorismo de Estado.

Palabras van, palabras vienen. Fueron discursos floridos, pero las dialécticas solemnes no alcanzaron, ni alcanzan.

Foto: Antimafia Dos Mil