Miércoles 17 Abril 2024

Por Saverio Lodato-5 de diciembre de 2022

Son pocos los que aún recuerdan su rostro frágil, la mirada desconsolada, los lentes empañados y esa frase conmovedora "todo se acabó", mientras el cadáver de Paolo Borsellino aún estaba caliente, destrozado por el TNT y los edificios destripados por la explosión aún humeaban, y, pocos días después, esos dos dedos de la mano derecha que significaban victoria, casi como para corregir ese primer movimiento de desánimo incontenible, pero muy humano. Esa frase y esos dos dedos en forma de V ponen entre paréntesis uno de los hechos más traumáticos de toda la historia republicana: la historia de una Palermo ensangrentada durante demasiado tiempo.

¿Quién fue Antonino Caponnetto? ¿Quién lo recuerda? ¿Qué representó en la eterna lucha de altibajos, hecha de aceleraciones y frenazos bruscos, saltos hacia adelante y retrocesos calculados, cuando no compromisos descarados y mezclas inconfesables entre el Estado y los poderes criminales? En una palabra: entre el Estado y las mafias.

En los tiempos que corren, no es fácil responder a esos interrogantes, aunque para quienes vivieron a fondo esa temporada -la temporada del "pool antimafia" de Palermo, de la que Caponnetto fue una figura carismática e insustituible- sería muy fácil hacerlo. Bastaría decir que fue el director de los actores Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, y no solo de ellos. Con eso sería suficiente.

Pero han pasado veinte años desde su muerte. Ese es el problema. Porque este es, de hecho, un país de memoria efímera. Y este es el país que devora a sus mejores hijos, los entierra rápidamente, a veces los beatifica, otras los santifica, aplaude abiertamente el día de los funerales, pero tan pronto como esos grandes hijos son enterrados, con una gran guarnición de retórica y controversia, los olvida para siempre, irremediablemente. Y en parte debido a esta terrible costumbre italiana, parecería que de Antonino Caponnetto no se debe hablar más. Por otro lado, ya se sabe: en Italia es posible encontrar legiones de personas olvidadizas y desmemoriadas.

Es inútil, entonces, hacerse ilusiones. Los jóvenes de hoy no conocen su nombre. Y a nadie le importa remediar esta inocente ignorancia.

Las ficciones televisivas, única fuente de memoria para las grandes masas de población de este desdichado país llamado Italia, educado con dosis masivas de grandes hermanos e islas de los famosos, no dejan huellas auténticas de lo que sucede. Suelen aparecer, sobre la marcha, palabrerías generales, relatos de capa y espada, ladrones y policías, o, en el caso concreto, gorras sicilianas y guardias corruptos.

Antonino Caponnetto a veinte anos de su partida 2

Así las cosas, parecía que un definitivo velo del olvido había caído sobre la figura de este magistrado toscano – aunque con un antiguo origen en Caltanissetta – prestado a Sicilia. Y no prestado a Sicilia en un momento cualquiera, sino en uno de esos momentos que marcaron dramáticamente la historia de la posguerra siciliana. Estamos hablando de la segunda mitad de los años ochenta, en la época en que una escalada mafiosa antes nunca vista puso de rodillas a Sicilia, culminando, en 1992, con las masacres de Capaci y via d'Amelio. Cuando, en un instante, toda Italia, y no solo Sicilia, se encontró de rodillas. 

Sin embargo, y quizás porque los aniversarios, a falta de otra cosa, sirven para algo, hoy volvemos a hablar de Antonino Caponnetto. Y queremos hacerlo con la mirada puesta en esos jóvenes de los que hablábamos antes, con la esperanza de que por fin se puedan retomar los antiguos hilos de la memoria.

Conocí a Antonino Caponnetto, al día siguiente de que asumiera al frente de la oficina de instrucción en los juzgados de Palermo. Nadie en el Palacio de Justicia sabía quién era. Ni la mayoría de sus compañeros, ni, menos aún, los periodistas que seguían los procesos judiciales en la ciudad con mayor índice de delincuencia, tanto simple como organizada, de toda Italia. En cuanto a los abogados penalistas, aquellos viejos zorros que durante décadas habían convertido a la clientela mafiosa en un lucrativo negocio bajo la bandera del sacrosanto derecho-deber de defensa, se rieron de la llegada de Caponnetto. Ese edificio ya había devorado – en todos los sentidos – a la flor y nata de los fiscales, magistrados, policías y carabineros. Un reguero interminable de funcionarios que primero fueron dejados solos y, acto seguido, asesinados por la mafia. Y no solo por la mafia. Es el caso de Cesare Terranova, Gaetano Costa y Rocco Chinnici. O, si retrocedemos en el tiempo, Pietro Scaglione, Boris Giuliano y Emanuele Basile. Mencionamos sólo a los más ilustres, a los más conocidos, sin olvidar los nombres de una lista que sería interminable y escalofriante. Es decir, los viejos zorros penalistas estaban convencidos de que, tarde o temprano, dentro o fuera del propio poder judicial, alguien, a pesar de Caponnetto, daría un buen mordisco. Eran cálculos equivocados.

El caso es que ese magistrado, de figura esbelta, a lo largo de los años, antes de venir a Palermo a ocupar el sillón que le había pertenecido a Rocco Chinnici, se había endurecido como el acero en el conocimiento de los códigos y la jurisprudencia.

Pocos se dieron cuenta al principio. Pero el primer resultado tangible de su toma de posesión consistió en dar un impulso inmediato a la circulación de información entre los magistrados -de ahí el nombre de "pool antimafia"- que había sido la obsesión de Rocco Chinnici. Increíblemente, la mayor parte ya se había hecho. Si hubiera prevalecido esa concepción generalizada que negaba la unidad del diseño mafioso, las grandes investigaciones habrían sido aplastadas de raíz y sus restos esparcidos por media Sicilia, es decir, eliminadas antes de empezar. Algo similar sucedió después, con el nombramiento de Antonino Meli, una vez retirado Caponnetto. Pero ya nada volvería a ser como antes.

Antes hablé de Caponnetto como director. Porque sólo un director, totalmente libre de las tentaciones del protagonismo, podría garantizar una excelente gestión del "caso Buscetta". Me refiero a que Tommaso Buscetta fue, durante todo un año, una bomba de tiempo destinada a explotar en el momento señalado, sin que nadie, salvo los magistrados del "pool" y unos cuantos policías de probada fidelidad, supieran nada. Así fue, en un caso no solo raro sino único en asuntos de esta naturaleza, que durante una rueda de prensa especial que el mundo entero conoció solo cuando ya se había desencadenado que se produjo "el terremoto Buscetta". Lo cual hoy, y lo decimos para que conste, no se podría hacer debido a las prohibiciones del régimen impuestas por la reciente "reforma" firmada por Marta Cartabia.

Estos fueron los hechos más significativos de la obra en Palermo del magistrado toscano prestado a Sicilia. Pero la contribución de Caponnetto a la causa antimafia, si queremos definirla así, fue inmensa, aunque menos conocida. Llevar con mano firme las riendas de un grupo de trabajo que contó con la participación de personalidades excepcionales significó, para Caponnetto, ganar una apuesta cuyo resultado no era nada obvio.

La segunda ocasión que traté con él fue en Florencia, la ciudad a la que había regresado después de jubilarse. Y esta vez mi relación fue directa, personal. No como reportero junto a otros colegas, como lo había sido anteriormente. La oportunidad surgió de su decisión de contarme – en el libro que de hecho habíamos titulado "Mis días en Palermo. Historias de mafia y justicia contadas a Saverio Lodato", y por voluntad de Gianandrea Piccioli, el gran editor de Garzanti en aquellos años, de esperanzas y de sangre. 

No hubo cambios, si acaso confirmaciones, en la idea que me había formado al verlo trabajar en aquellos años que ahora, en Florencia, estaba dejando atrás. Confirmación de su carácter férreo que le permitió, junto a sus compañeros, todos más jóvenes que él, enfrentarse a grupos mafiosos enfadados porque, esta vez, la lucha contra la mafia iba en serio.

Confirmación de su escrúpulo profesional, no separado del conocimiento de la lengua italiana, me atrevo a decir casi de impronta toscana, que lo llevó a discutir con razón sobre el tiempo de un verbo o la colocación de una coma. Confirmación de esa humanidad infinita que lo llevó primero a decir "todo ha terminado" y luego a levantar los dedos indicando victoria.

Pero ¿por qué quiso escribir este libro?

Porque las primeras distorsiones de la verdad, a raíz de las masacres de Capaci y Via d'Amelio, le repugnaron. Y no aceptaba que, habiendo salido milagrosamente con vida del infierno de Palermo, alguien pudiera esperar que ya se hubiera convertido en un jubilado de hecho. Encontrarse fuera de su rol habitual, con la toga colgada de una percha, le dio la determinación y la lucidez para hacer uso de la palabra por última vez para que los italianos no se olvidaran demasiado pronto.

El libro fue un extraordinario éxito de ventas. En muy pocos meses, una decena de ediciones fueron "quemadas", como se dice en la jerga. Y a partir de ese momento Caponnetto, con la fuerza de un joven atleta, comenzó durante meses y meses a recorrer Italia de un extremo a otro, con jornadas agotadoras, seguido por los fieles hombres de su custodia, para contarle, a los jóvenes de entonces que acudieron en masa, quiénes habían sido Giovanni Falcone y Paolo Borsellino.

Entonces, un día del ya lejano 2002, su voz se apagó para siempre.

Así fue como tuve la última oportunidad, la peor de todas, de ocuparme de él. En su funeral. Miles de florentinos fueron a despedirlo al Palacio Vecchio. Y yo fui el único enviado de un diario nacional que estuvo presente. De todo el resto, no se vio ni la sombra de un reportero o de una cámara de un programa de televisión. 

A Caponnetto no se le perdonaban demasiadas cosas. Quizás, tampoco se le perdonó no haberse conformado con su nueva condición de "jubilado". El gobierno de Berlusconi, en ese momento, esos eran los años, logró el milagro de no enviar ni a un subsecretario a su funeral. Por eso dije antes que parecía que el velo del olvido había descendido sobre él para siempre.

Porque Antonino Caponnetto fue un hombre incómodo, primero en vida y luego en la muerte.

Puede que me equivoque, pero creo que estaría feliz de volver a hablar a los jóvenes de hoy que ni siquiera habían nacido entonces. Y quién sabe si algún editor de larga memoria y espalda muy recta, quiera hacer el milagro de reeditar aquel maravilloso libro suyo.

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*Foto de portada: original © Shobha