Por Jean Georges Almendras-4 de mayo de 2021

Escribo y al mismo tiempo me llegan a mi celular toneladas de imágenes del terrorismo de Estado más excelso de los tiempos que corren en América Latina. Las imágenes que deberían avergonzarnos como especie humana, al punto que todos los grandes y pomposos jefes de estado del mundo, si tuviesen un poco de decoro, deberían expresarse en términos repulsivos. Las imágenes, a las que me refiero, son de las represiones que se están cometiendo en Colombia, contra el pueblo. Contra jóvenes y no tan jóvenes. Contra mujeres y niños. Contra gentes del pueblo, que se resisten a brazo partido. Y que mueren o son heridos (de gravedad) solo por estar allí, en las calles de su tierra natal, protestando contra el gobierno de un señor mal parido que se erige como gobernante, siendo un criminal desalmado, cuyo nombre es Iván Duque, presidente de Colombia.

Presidente de la criminalidad más descarada, que todavía hace gala y ostentación de su autoritarismo más repudiable de los últimos tiempos, porque se cree (se sabe) amparado en la impunidad que le dan sus patrones de turno, con residencia en los Estados Unidos. Porque es así, aunque la gran prensa del establishment, no lo diga con mis términos, porque es una prensa pacata, complaciente y servil, al imperio del país del norte.

El saldo de este terrorismo de Estado (que hoy es tapa y portada de diarios y noticieros de televisión del mundo, el que, por otra parte, aún agendándolos en las pantallas informativas, no dicen la verdad de los hechos, ni mucho menos la razón o los motivos de esos hechos) es el siguiente: al 28 de abril, que se hizo un paro nacional en Colombia, hasta el 1ero de mayo último, se registraron 940 casos de abuso policial, 672 detenciones arbitrarias, 30 casos de uso de armas de fuego por parte de la policía, 21 homicidios a manos de la fuerza pública y 4 víctimas de violencia sexual por parte de la policía, de acuerdo a la organización Temblores. Las cifras de las violencias de los días posteriores, se estarán por saber más adelante. Y seguramente serán estremecedoras, terribles.

La lucha popular en Colombia, desde el pasado 28 de abril, se desató con virulencia en contra del proyecto de reforma tributaria presentado por el presidente Iván Duque. Pero el planteo, confronta radicalmente, un modelo de país neoliberal que mantiene los privilegios para la oligarquía terrateniente y el capital financiero, a costa del hambre y sufrimiento de la clase obrera, el campesinado y los sectores más protegidos del país, lo que es decir, los sectores más vulnerables del país.

En flagrante violación de los derechos humanos, las fuerzas de la policía y del ejército de Colombia, reprimieron (y reprimen) al pueblo en las calles, con saña indescriptible. Y en consecuencia, en paralelo a esas represiones sin par, el gobierno de Duque hizo un paso atrás en la reforma tributaria, lo que fue considerado por los sectores populares como un triunfo. En contrario, desde filas gubernamentales, ese triunfo popular fue coronado con represiones, y más represiones, que han costado muertes. Muertes de seres humanos en manos de uniformados enceguecidos por la brutalidad y la falta más absoluta de humanidad. En Colombia, hoy, se han acumulado las víctimas del terrorismo de Estado, entre filas de los campesinos, de los activistas sociales, de los estudiantes, de los trabajadores. En definitiva, en filas de los ciudadanos, que, a conciencia, luchan diariamente -hoy como ayer- por una Colombia, donde impere la justicia social, la justicia, la defensa y el respeto por los derechos humanos, por la vida humana y por la verdad.

Este horrendo panorama nos obliga, a nosotros como periodistas, a no ocultar la verdad, para salvaguardar nuestras comodidades profesionales y nuestra calidad de vida. Nos obliga a denunciar las iniquidades de un sistema regional y mundial corrompido e insensible que no detiene su nefasta maquinaria de destrucción en perjuicio de los sectores populares avasallados, desde viejos tiempos, por los autoritarismos de turno, y como en este caso por el imperio, es decir por los Estados Unidos, o mejor dicho por sus gobernantes y sus personeros, diseminados, tanto por el mundo como por América Latina, y hoy por hoy, en tierras colombianas, donde se está matando al pueblo, así de literal.

Por eso mismo, desde esas tierras, ese pueblo, apela a la conciencia humanitaria y apela a la solidaridad regional y mundial, para que cesen muertes, violencias contra manifestantes en las calles y la práctica de desapariciones forzadas; para que cesen ametrallamientos de personas en plazas y zonas de protesta, como por ejemplo en la ciudad de Cali, donde los movilizados de filas populares eran emboscados por francotiradores, gatillando armas de fuego, segando vidas, segundo a segundo, y lo que es peor a la vista de todos, y a la vista de la comunidad internacional, que tuvo el infortunio (así lo pensarán ellos) de ver y conocer los hechos, gracias a no pocos valientes reporteros gráficos (periodistas) trabajando en el lugar de los desmanes más terribles de los últimos tiempos, en ese país sudamericano.

Como se leerá en nota aparte, elaborada por Victoria Camboni(*), en Montevideo, Uruguay, se acusó recibo de ese clamor por encontrar solidaridad (al menos de quienes en este país viven como si fuera propio el dolor y el sufrimiento del pueblo colombiano) en una concentración llevada delante de la embajada colombiana en el barrio Pocitos, de Montevideo. Fue una demostración de resistencia, una más, de tantas. Pero no son las suficientes. Se necesitan más. Muchas más.

Pero entre tanto, los ayes de dolor de los heridos en Colombia, se sienten sin cesar, porque los avasallamientos fueron de una magnitud tal que ni la gran prensa mundial se atrevió a ignorarlos, y con las hipocresías infaltables se fueron informando en los noticieros, donde generalmente ni se oyen ni se mencionan.

Pero entre tanto, nuestros pensamientos y nuestros trabajos de hombres y mujeres de la prensa libre, rompen moldes y difunden todo sobre lo que acontece en esa tierra hermana, y todo lo que está padeciendo ese pueblo hermano. Ese pueblo hermano, que, desde el siglo pasado, conoce las violencias de los autoritarismos, a los cuales se ha resistido, históricamente en diferentes circunstancias y épocas, y en diversas coyunturas de su historia como país. Ese pueblo hermano que conoce de luchas sociales, que conoce de hombres como Camilo Torres, que conoce de guerrilas, entre ellas el FLN, y las FARC. Ese pueblo hermano que conoce las violencias del narcotráfico (en los días de Pablo Escobar), las violencias paramilitares y parapoliciales. Ese pueblo hermano que conoce, desde antaño las violencias de las oligarquías, de los terratenientes y del capitalismo, arrasándolo todo y a todos. Ese pueblo hermano que conoce a hombres del sistema político corrupto y servil a sus amos yanquis. Ese pueblo que conoce a hombres como Alvaro Uribe, que conoce la presencia y la intervención de la CIA, que conoce en carne propia los efectos del desarme de las FARC y los efectos del resurgimiento de los líderes populares. Ese pueblo que tiene en su haber, casi un millar de activistas campesinos e indígenas, y sociales, asesinados. Ese pueblo colombiano, que siente en sus entrañas la fuerza y el espíritu de lucha de Simón Bolivar, que hoy se hace presente en las calles, para ser reprimida y ser pisoteada, como un deja vu de los tiempos en que los invasores españoles buscaban pisotear las resistencias con aires de independencia.

La independencia económica e ideológica todavía las seguimos buscando, porque todavía hay quienes se empeñan en levantar muros, sembrar de balas nuestra lucha y asesinar, para que no lo logremos.

“La revolución la hacen los pueblos”, dijera el emblemático e histórico Salvador Allende. Nosotros, lo parafraseamos y decimos, que hoy en Colombia, la revolución en sus calles la hace el pueblo, como no podía ser de otra manera, para que no se sigan abriendo (cada año) las venas de América Latina, en el decir del entrañable y recordado (y necesario) Eduardo Galeano.

El pueblo colombiano, que está dándonos el ejemplo, combativo y militante (como lo hizo el pueblo chileno). El pueblo colombiano al que no debemos defraudar, para ser sincero.

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*Foto de portada: www.diariodelasamericas.com

(*) Artículo relacionado: https://www.antimafiadosmil.com/index.php/luchas-sociales/6402-preparemonos-como-juventud-y-saquemos-al-fascismo-del-estado-colombiano

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