Miércoles 17 Abril 2024

Digámoslo de inmediato y con enorme claridad: lo ocurrido en Pisa es grave, de una gravedad que parece paradójico tener que afirmar y reiterar. Es serio y basta. Y no es un punto de vista, no puede serlo. Es grave desde un punto de vista "técnico", por así decirlo, es decir, del comportamiento torpe -para utilizar un eufemismo- de la policía, y es grave desde un punto de vista simbólico, es decir, por lo que representa y por lo que comunica, por el mensaje que lleva consigo. Entre esos jóvenes, en su mayoría menores, desarmados e inofensivos, podría haber estado nuestra hija o nuestro hijo, y reducir el hecho como "marcha no autorizada" no hace más que ofender la inteligencia y la humanidad de quienes dicen esto, y que por desgracia son comentaristas más o menos improvisados en estas horas de gran debate.

Quede claro, sin embargo, que respaldar lo dicho no ofende ni pretende ofender en modo alguno la honorabilidad y el gran trabajo de las fuerzas policiales que, como en todos los sectores de la sociedad y del Estado, cometen errores, están mal guiados y hasta tienen alguna manzana podrida: como en las mejores familias.

Seguramente existen responsabilidades, de orden jerárquico, de quienes dirigen la seguridad y el orden público, y en interés de todos, sólo nos queda esperar que sean prontamente exploradas y difundidas.

Sin embargo, el dato amargo, del que Pisa representa una pieza más, es que el gobierno italiano tiene una línea muy precisa, y creo que ya está clara: hacer valer su fuerza ante los estratos más débiles de la sociedad, ya sean inmigrantes, estudiantes, "diferentes", incluso los pobres. Cualquiera sea nuestra posición política y nuestra simpatía por las acciones de este gobierno, hay que decir que esta forma de concebir el orden y el derecho no le hace ningún honor.

La democracia, a escala global, está en una gran crisis: no es un cuestionamiento del equilibrio mundial según una nueva estructura, es la idea de que afirmar la propia presencia y el poder por la fuerza vale la pena en términos de consenso. Ahora bien, si realmente se concibe de esta manera, es el principio del fin, y debemos oponernos a ello. No hay derecha ni izquierda en el mundo, Oriente y Occidente, cuando de la defensa de los principios de igualdad y libertad se trata: si perdemos de vista estos dos pilares, incluso en países con una tradición e historia libertarias, entonces el peligro está a la vuelta de la esquina, el final, mejor dicho.

Alguien dijo en estas horas: "Hay un momento preciso en el que las democracias se convierten en regímenes y no es cuando afirman con fuerza su poder, recurriendo incluso a porras, silenciando violentamente la disidencia, sino el momento siguiente, en el cual la gente acepta en silencio lo que está sucediendo".

Es evidente, pues, que debemos indignarnos y denunciar. Defendemos y amamos la democracia.

Inquietantes maniobras para aligerar la democracia en ItaliaFoto: Antimafia Duemila