Por Saverio Lodato-22 de enero de 2021

Convertir en santo, o simplemente en beato, a un muerto por la mafia, es una elección que depende exclusivamente de las decisiones de la Iglesia y del Santo Padre. Y el Papa Francisco hizo bien, en el caso del juez Rosario Livatino, el "juez niño" -según la despectiva definición de aquel payaso presidente de la república, Francesco Cossiga- para captar, en su sacrificio, el olor de la santidad.

Fue en Canicattì, localidad de Agrigento, donde con tan solo 38 años, el 21 de septiembre de 1990, el juez fue asesinado a tiros en un acantilado, como se matan los animales tras ser perseguidos.

En las últimas décadas, la Iglesia, la siciliana en particular, tiene mucho de que hacerse perdonar, sobre todo en la falta de claridad ante la mafia y los mafiosos.

Y fue Juan Pablo II, quien por primera vez y finalmente pronunció unas palabras inequívocas sobre el tema ante una inmensa multitud en el Valle de los Templos, hasta el punto de invitar a toda la población mafiosa a convertirse. Corría el año 1993. Luego, en la denuncia del fenómeno, hubo altos y bajos, pasando a ser un tema escabroso, divisorio, y que, si en política no trae votos, tampoco se puede decir que multiplique milagrosamente el número de fieles.

Por eso, lejos de nosotros está el subestimar la importancia de la elección de beatificar que concierne a Rosario Livatino, y que ahora debería ser cuestión de pocos meses.

A menudo hemos escrito que las víctimas de la mafia no son propiedad de nadie. Ni siquiera de los miembros de su propia familia, que son los primeros llamados a conservar su memoria. Y lo escribimos aquí, incluso sobre Giovanni Falcone. Menos que nunca, se pueden utilizar como estandartes para tal o cual "campaña" publicitaria. Por esta razón, y es solo un ejemplo, la elección de ciertos recolectores de votos de reproducir la imagen de Paolo Borsellino en su barbijo en el momento del virus resulta ser de muy bajo nivel.

El hecho es que ahora, justo después del inminente proceso de beatificación de Livatino, la Iglesia pide que el cuerpo del juez sea trasladado desde Canicattì  -donde aún descansa en la capilla familiar, junto con los de su padre Vicenzo y de su madre Rosalía- a Agrigento, donde se encuentra la diócesis. Con motivos, si se nos permite la expresión, que son de marketing publicitario: "El traslado a la catedral de Agrigento –observó el arzobispo de esa ciudad- garantizaría a su memoria una mayor visibilidad no sólo logística, sino también simbólica".

Por otro lado, la administración municipal de Canicattì aprobó por unanimidad una moción que declara "inaceptable" la hipótesis de mover el cuerpo y "granítica" a la voluntad de oponerse a la misma. Veremos cómo termina.

Porque la "visibilidad" de la memoria, en casos como estos, no depende de la ubicación más o menos sugerente que alberga un cuerpo.

Rosario Livatino era de Canicattì. Todos los Livatino descansan en Canicattì.

Y es en Canicattì, a nuestro modesto juicio, donde la Iglesia debe nombrar a sus "beatos".

Dejemos que las víctimas de la mafia descansen en los lugares donde cayeron. Es lo más justo.

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*Foto de portada: www.antimafiduemila.com

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