Por Jean Georges Almendras y Giorgio Bongiovanni-28 de enero de 2021

Llegado el momento, en que públicamente (hace pocos días) el expresidente de la República Oriental del Uruguay, y Senador de la República, José “Pepe” Mujica Cordano materializó su retirada parlamentaria y de la vida política, con una oratoria plena de la solemnidad y de la impronta dialéctica que lo caracterizó siempre, en tiempos democráticos (hoy como figura emblemática del MPP, ergo del Frente Amplio, ergo del Encuentro Progresista), nosotros no podemos quedar indiferentes a tan significativa decisión suya.

Hablando trasparentemente, hemos sido críticos con su gestión como jefe de Estado y el hecho de que ahora haya optado por la retirada, no nos conlleva a una apreciación (o reflexión) complaciente, ni mucho menos hipócrita o especulativa, sobre el particular acontecimiento, que estamos seguros, en los diferentes niveles de su colectividad, debe haber causado impacto, sorpresa y por cierto, toda una valoración militante. Está él en su derecho de promoverla y están sus “compañeros” del camino frenteamplista y del ámbito del Movimiento de Liberación Tupamaros (MLN) también, en su derecho de expresarse o manifestarse. Y cada uno a su forma y a su estilo. Todo es lícito, válido. Y democrático. Y republicano.

A nosotros nos lleva a mirar los acontecimientos, y a expresar: que es cierto que el exguerrillero transitó desde los años sesenta por senderos escabrosos y de lucha, por las ideas que nosotros también compartimos (como tantos más de nuestra generación); que también es cierto que José Mujica padeció la represión pachequista, la combatió en su momento, haciendo honor a su camino de combatiente revolucionario, con el plus del sufrimiento físico y emocional que implica la tortura, el encierro y el maltrato de sus carceleros, que no eran más que el brazo armado de un capitalismo devorador e insensibile, que era el mascarón de proa del aparato represivo de aquellos momentos en el Uruguay.

Pero también es cierto que en el extremo de un camino sembrado de piedras, y a la llegada de la democracia, en las mieles del ejercicio de la vida política, como militante de una época que fue referente, sus pasos –desafortunadamente- no fueron los mismos. Entonces, de hecho, sus buenas intenciones de los años duros más bien empedraron el infierno, y muy poco el cielo.

Desde nuestras páginas no desvalorizamos (ni minimizamos) sus días de militancia ciudadana, pero sí subrayamos las desilusiones que nos sobrevinieron con posterioridad, y quizás por aquello de que todos en algún momento “sembramos odios y amores” (como dijese alguna vez Eduardo Galeano) el péndulo de la cosecha se vio notoriamente alineado a un José Mujica que no pudo mantener la misma línea, y la coherencia de hace 50 años, transformándose, en palabras de Jorge Zabalza “El Tambero” (uno de sus compañeros de filas del MLN), en un muy carismático administrador del capitalismo, que se adjuntó a los saborizados placeres de la vida política involucrándose, en pocos aciertos, y más en desaciertos, formando parte (como un protagonista estelar) de una fuerza polìíica de izquierda, la que por otra parte se mantuvo en el poder por espacio de tres períodos consecutivos, quince años en total. Desaciertos que circundaron cultos a la impunidad de los violadores, los torturadores y los responsables de delitos de lesa humanidad y de desaparición de personas, ergo compatriotas suyos, cuyos restos siguen enterrados en cuarteles militares del territorio nacional, apadrinados por la omertá militar. La omertá de la bota militar (con la complicidad civil, obviamente) que no permite que las excavaciones fluyan, y que las madres y los familiares de dos centenares de desaparecidos uruguayos encuentren los restos de sus seres queridos. Restos humanos que siguen transitando su paso de tortuga debido a la ausencia de la voluntad política de los gobernantes en democracia. Gobernantes de las derechas uruguayas y gobernantes de las izquierdas uruguayas, entre ellos José “Pepe” Mujica en persona, de cuya administración bastante se recuerda (como emblema de la cultura de la impunidad en favor de la casta militar) el momento en que fue apartada -de casi medio centenar de causas de DDHH- la jueza penal de aquel entonces Mariana Motta, con el tácito beneplácito de otro personaje que se alineó con la impunidad imperante de aquellos días (que en nada se distancia con la de estos dìas), como fue el caso del entonces Ministro de Defensa (y también exguerrillero del MLN) Eleuterio Fernández Huidobro, hoy fallecido.

Hubo aciertos en la gestión Mujica, seguramente, y de ellos no se olvidarán los uruguayos. Como por ejemplo sus austeridades y las debidas exhortaciones a seguirle los pasos, dirigidos a sus pares del sistema político. Pero en la balanza predominaron las contradicciones y las desilusiones, más allá de las bondades de un José Mujica poético, ríspido y popular, y a veces frontal, y desafortunadamente y empecinadamente, con frecuencia ambiguo, de acuerdo a las circunstancias y coyunturas propias del juego político, que le hicieron dejar atrás, las coherencias de la vida revolucionaria, de la que fue un protagonista hacedor de libros varios y fama mediática a nivel internacional, que lo catapultó incluso hasta al séptimo arte.

José Mujica Cordano, paso a paso, fue dejando correr entre los dedos de ambas manos, oportunidades éticas y fidelidades (lealtades) para con quienes perdieron sus vidas y sus esperanzas, bajo balas castrenses y policiales, o bajo tormentos inenarrables, en los años del terrorismo de Estado, mientras él permaneció entre las cuatro paredes de múltiples pozos infrahumanos de cuarteles uruguayos, junto a otros luchadores (entre ellos Raúl Sendic padre, Jorge Zabalza y Huidobro), y por casi trece años, como rehenes de la dictadura.

“Pepe” Mujica, paso a paso, fue dando las espaldas a las esperanzas (y a los reclamos) de muchos uruguayos (de su fuerza política), podríamos decir con la inconciencia sutil, casi de un militante “improvisado”, para gradualmente buscar satisfacer ideas y pensamientos, literalmente de otras aguas. Allá él.

Bastante, pero muy bastante atrás quedaron esos días de revoluciones para cambiar el mundo y para hallar al hombre nuevo, y tanto atrás, que las amnesias de algunos de los atormentados se hicieron sentir y salieron a la luz, más tarde o más temprano. Y José Mujica fue uno de los principales amnésicos. Pero bueno, así es la vida democrática: una buena oportunidad para obrar como el revolucionario que uno fue, o para filosofar como figura política (o de gobierno) de la mano del olvido, apartándose de las promesas y de las ideas de los años mozos, para seguir en este planeta, como si uno estuviese con los ojos vendados, para hacerse trampa al solitario. Y José Mujica se hizo trampa al solitario.

José Mujica Cordano hizo gala y sobrada ostentación de una opción.

La opción que no lo dejó visualizar (discernir), que los carceleros militares que se fueron de su vida hace bastante (de su prisión de paredes mal olientes y de soledades indescriptibles) y se transformaron en hombres de poder, de un sistema capitalista por excelencia, carentes de armas, pero portadores de todos los mecanismos y las metodologías necesarias del mundo democrático (y tecnológico) de nuestros días, aptas y óptimas para neutralizar revoluciones, revolucionarios e ideas que podrían ser incongruentes con el nuevo orden mundial.

Una vez, años atrás, José “Pepe” Mujica, dió un discurso impactante y movilizador en la sede de la ONU, pero al instante (desde el mismo punto del planeta) trató de “terroristas ecologistas” a sus compatriotas (su gran mayoría frenteamplistas) que en Uruguay se oponían (pacíficamente) a ceder soberanías a multinacionales, con la venia del gobierno. El gobierno de José Mujica.

Ahora, que es tiempo de su retirada, ha dicho en su despedida en el Parlamento: “Yo tengo mi buena cantidad de defectos, soy pasional, pero en mi jardín hace décadas no cultivo el odio porque aprendí una dura lección que me enseñó la vida…que el odio termina estupidizando porque nos hace perder objetividad frente a las cosas. El odio es ciego como el amor, pero el amor es creador y el odio destruye. Y una cosa es la pasión y otra cosa es el cultivo del odio”.

“He pasado de todo. Pero no le tengo odio a nadie. Y les quiero transmitir a los jóvenes que hay que darle gracias a la vida, porque triunfar en la vida no es ganar sino que es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae. Muchas gracias”.

En los finales de este mes de enero, en medio de una pandemia (que también ha acorralado a Mujica, según sus dichos el día de su despedida), nos quedamos con el beneficio de la duda, porque capaz en su jardín (de su chacra en la que junto a su esposa Lucía Topolanski, que otrora fuera también una guerrillera) pueda reencontrarse con los valores y las luchas de su pasado, para tomar conciencia de una y mil cosas. Y más aún, pueda volver a levantarse para transmitir a los jóvenes aquello de que hay que darle “gracias a la vida”, quizás parafraseando a Violeta Parra, la cantaautora chilena.

No tenemos odio a José Mujica, que pudo haber hecho mucho más, por lo que fue su vida misma. Solo tenemos crítica, y en esa critica el respeto hace parte porque también somos pasionales.

¡¡Adiós José Mujica!!

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*Foto de portada: Parlamento del Uruguay, Cámara de Senadores.

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