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EN PAVIA, MÁS ALLA DE LOS ESCÁNDALOS, LA EMPRESA DE UN CURA
DA SUS PEQUEÑOS PASOS 
 0180Nando Dalla Chiesa

Inicialmente fue un garaje. Un garaje de la calle Libertad Nº 23, en el centro residencial de Pavia. De día funcionaba como una iglesia con sus misas, sus rosarios y sus fieles. De noche se llenaba de colchones para dar refugio a los vagabundos y luego a cada vez más jóvenes y adolescentes toxicodependientes que se arrastraban por las calles de la ciudad. Eran los años setenta.

Así fue como la plácida y adinerada ciudad de Pavia fue sacudida por la herejía de Don Enzo Boschetti, del Evangelio áspero e irreverente de quien decidió dedicarse a los jóvenes y salvar su futuro. El barrio de los ricos debido a ese garage empezó a ser meta de chicos heroinómanes. Pero el carisma de Don Enzo era tal, que en lugar de promover las clásicas juntas de firmas en contra de su herejía, muchas familias adineradas miraron con benevolencia esa forma de intervenir en un drama que estaba afectando a toda clase social. La misa dominical era un hormiguero de fieles fascinados por el cura que había tirado la semilla de la profecía en una ciudad adormecida. Don Franco Tassone es el heredero de Don Enzo. Te mira con la mansedumbre de una roca, contento de haber apenas celebrado un matrimonio como los de “un tiempo”, entre un italiano y una rusa, “rico de espiritualidad y menos preocupado por el vestido de la novia o por los detalles organizativos”. En una Pavia que ha terminado en los escándalos de la 'ndrangheta y de la sanidad, en el feudo de Giancarlo Abelli de la Compañía de las Obras (Asociación sin ánimo de lucro) y donde incluso la procesión con antorchas contra la mafia ha casi naufragado, Don Franco representa otra historia. Quizás minoritaria, pero de hecho no pequeña. Era Franco sin el “Don”, tenía el cabello rubio y los ojos azules, estudiaba economía e incluso tenía novia cuando encontró a Don Enzo, mientras cumplía con el servicio militar. Apenas dos años fueron suficientes como para hacerlo dar un vuelco a su vida. Iglesia, celibato, abandono de los estudios de economía y la graduación en jurisprudencia, porque así le había pedido el maestro. ¿El motivo? La “Casa del joven”, la criatura que había dado refugio y ayuda a  heroinómanos, a mujeres maltratadas, a los últimos de la tierra, había crecido, se había convertido en algo complejo – para conducirla – era necesario buscar competencias legales. Don Franco recibió su investidura en la obra en 1992, un año antes de la muerte de su fundador. La comunidad asumió una estructura más articulada, llegó a dar vida a una veintena de sedes, distribuidas en las provincias de Pavia, Lodi, Lecco, Biella y Verbania. Cada una con un destino específico (incluidos toxicodependientes con problemas psíquicos). Doce de ellas estaban sólo en la ciudad de Pavia, buena parte de ellas en la calle Lo Monaco, detrás de la estación. Casi un símbolo de refugio para quien llega y no sabe a donde ir. Una de ellas incluso tiene un nombre programático: “in-out”, como para decir que es una puerta giratoria, si quieres. Allí, los muros que rodean las iglesias, los campos deportivos y las aulas de instrucción, están tapizados de grafitis de todos colores, una libre pizarra urbana para los jóvenes allí alojados. Un verdadero sistema de asistencia que ha crecido gracias a las donaciones de  familias ricas, así como también de la bondad de los artesanos que les han cedido a precios muy bajos sus talleres. Desde hace poco tiempo se ha reunido todo en una única fundación y que atrae al voluntariado calificado, que se ocupa de la formación de ex detenidos y de grupos de inmigrantes. Progresivamente, estando a la guía de esta ciudad de la asistencia, Don Franco se ha convertido en el símbolo de la Pavia solidaria y generosa. La misma burguesía le ha perdonado ciertas homilías enardecidas en contra de “aquellos cristianos que se dejan ver con los abrigos de piel sólo en Navidad” o las provocaciones en el estilo de Don Boschetti, típicas de alguien a quien le gusta buscar a los personajes incómodos, “aquellos que arañan tu consciencia”. La política lo tomó como un punto de referencia obligado, un respetado protagonista de la vida social. Incluso lo arrastró, sin saberlo, (aquí si) en embarazosas declaraciones de voto. Así luego de quince años él hizo una elección igualmente radical a la inicial. Antes de que terminara su mandato dimitió como presidente de la fundación. “Quería que los más jóvenes me sucedieran, los he hecho estudiar a todos”, explica. Allí donde otros habrían seguido cultivando como (buenos) protagonistas las relaciones con las instituciones políticas y administrativas, Don Franco volvió a ser el cura simple, uno de la “Fraternidad Casa del joven” como los demás. Y fue a oficiar de párroco a San Mauro, la iglesia de la cual formaba parte Enzo Boschetti. Un hermoso edificio románico de tres naves, un área urbanizada en la noche de los tiempos de los benedictinos. En la primera misa celebrada como párroco había una larga fila de cientos de metros; fieles y laicos juntos que no lograban entrar. Y en un año la parroquia ya se ha transformado. Piscina, vacaciones organizadas en el lugar para los niños que no pueden viajar, clima de gran participación. El cura que puso por encima de cualquier cosa la libertad de su ministerio, ahora dirige “Ticino”, un semanario diocesano “que llega a la noticia antes que los demás, incluso sobre la 'ndrangheta hemos llegado primero”.
“¿Cómo estoy? He hecho todo lo que tenía que hacer y ahora estoy en paz conmigo mismo”. La suya es la historia de un gran cura, del cual la prensa nacional jamás ha hablado. Con una sola excepción: hace tres años, cuando el semanario de centro derecha “Il Punto” y siguiendo la huella de las publicaciones “Panorama” y “Libero”, inventaron que él confesaba on-line. En realidad Don Franco dialogaba y asistía incluso vía internet. Fue señalado como un infiel. Se pidió al obispo que tomara medidas. Que en cambio le defendió. Esto también sucede en Pavia, reino de los Abelli y puerto franco para los clanes calabreses.

IL FATTO  25 DE JULIO DE 2010
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