Martes 13 Enero 2026

Enviado especial en Paraguay

Nos vamos acercando a la zona de Villa Igatimí; nos abraza un sofocante calor. Dentro del auto del redactor Jorge Figueredo estamos todos en silencio. Él va al volante, yo a su lado, y atrás están el fotógrafo Omar Cristaldo, Olga Bianconi la viuda de Pablo Medina y su hija Marianela. Jorge lleva al vehículo por una carretera asfaltada y ve un control policial. Nos detenemos. El uniformado se acerca y nos saluda amablemente. Ese instante es aprovechado por Figueredo para preguntar cómo llegar al lugar exacto donde hace 11 años, prácticamente a esa misma hora, fueron asesinados a tiros de escopeta y pistola automática Pablo Medina y Antonia Almada.

El policía da algunas indicaciones a Figueredo y él nuevamente toma el volante, y lleva el automóvil siguiendo al pié de la letra las recomendaciones del funcionario. La carretera está desierta, solo algunas motos circulan en sentido contrario. Después es todo soledad; alambrados, delimitando propiedades privadas, a ambos lados de la carreteras, y de tanto en tanto edificaciones de igual modelo con residentes que nos miran absortos a la distancia.

Trato de recordar la fisonomía de hace 11 años, del terreno de esa zona del departamento de Canindeyú, pero nada es como yo la había visto con otros redactores de Antimafia Dos Mil, en los días siguientes al doble crimen. Y eso me preocupó, porque en esta oportunidad nos poníamos en riesgo de dar vueltas y vueltas, y de no encontrar el sitio donde se cometió el doble atentado.

Ya no se trataba de un camino de tierra colorada literalmente rodeado de vegetación regional, y árboles. Estábamos circulando sobre una muy bien definida carretera, con el ensanchamiento vial adecuado y de un aspecto totalmente diferente al del año 2014 y los tres o cinco años sub siguientes.

Todos dentro del auto escrutábamos por las ventanillas buscando algún indicio que nos permitiera darnos la seguridad de que estábamos bien orientados. El aire caliente del exterior procedente de la carretera se filtraba implacable entre nosotros. Vivíamos un viaje de incertidumbre total. De pronto, a unos doscientos metros divisamos, en el borde de la flamante carretera, a un grupo de indígenas residentes de la zona: dos mujeres mayores y algunos menores, entre ellas dos adolescentes.

Paramos el auto, y Omar Cristaldo , desde su asiento posterior, toma la iniciativa de abrir el diálogo preguntando en lengua guaraní como haríamos para llegar a nuestro destino.

Media cabeza por fuera de la ventanilla posterior del auto Omar recibe respuestas precisas, que yo especialmente no entiendo, dado que soy el único a bordo que no sabe hablar ese idioma. Pero advierto en el rostro de quienes me acompañan que hemos sido ayudados convenientemente.

Nos alejamos de esas personas y seguimos por la carretera. Omar nos dice que estemos atentos porque en cualquier momento, en ese trayecto de calor y soledad, tendríamos que divisar a un costado de la ruta el monolito o placa -como se quiera llamar- que recuerda a Pablo y a Antonia.

Y en eso estábamos cuando es Omar quien lo ve, sobre el costado derecho de nuestra ubicación dentro del vehículo. Lo encontramos allí, sobre un promontorio o mejor dicho, sobre un terraplén de tierra colorada de altura cercana a los tres o cuatro metros de la ruta, en cuyo otro margen también se repite ese terraplén carretero, y hay un riguroso alambrado circundado por vegetación de la zona, sin edificaciones cercanas.

Olga y su hija Marianela, viuda e hija de Pablo, respectívamente descienden del auto. Tomo la iniciativa de ser el primero en ascender hasta donde está el monolito; lo hago pisando con suma precaución una suerte de escalones de tierra colorada que seguramente fue construída artesanalmente, vaya uno a saber por quien y cuándo.

Olga y su hija Marianela es la primera vez que se hacen presentes en la escena del doble hecho de sangre; en ese camino rural de tierra colorada que fue, y que hoy es una resplandeciente ruta muy bien asfaltada y bordeada por terrenos alambrados donde de tanto en tanto se ven casas desbordadas de niños y campesinos o indígenas que allí tienen sus hogares.

Una vez que Olga y Marianela, ayudadas por Jorge, Omar y yo, escalaron esa suerte de terraplen de una inconfundible e intensa tierra colorada, ya nadie habla. El silencio se apodera de una escena que ninguno de nosotros hubiéramos imaginado.

Madre e hija muy juntas, se ubicaron junto al alambrado que está frente mismo al monolito; una especie de lápida, en cuya parte superior hay dos cruces de metal y abajo los nombres completos de Pablo y Antonia, sobre la superficie desgastada e una placa de marmol en la que apenas se lee un texto recordatorio, difícil de comprenderlo, debido al paso del tiempo. Una sola palabra se resalta: “mártires”. Un alambrado nos separa de la lápida en cuya base hay un muy bien cuidado ramo de flores blancas, dentro de un florero con agua. Es la evidencia de que hay quienes, acuden allá, y hacen una limpieza del lugar ;de ese sitio de la memoria en el que se ha convertido, con el correr de los años, la placa recodatoria de un doble crimen infame. Una placa, que si no nos hace una trampa la memoria había sido colocada por iniciativa del diario ABC Color, medio periodístico en el que Pablo trabajaba desde hace años.lugarpablo

Algunos vehículos que pasan a velocidad moderada quiebran el silencio del lugar; los ojos de Olga y de Marianela están fijos en el monolito, como buscando respuestas a tantos años del momento mismo, en que en ese lugar, la frialdad de los sicarios acabaron con las vidas de Pablo y Antonia, desataron tsunamis de indignaciones fruto de los horrores causados por la criminalidad impérante desde años antes, en ese 2014 y después, hasta nuestros días.

Un camino rural de tierra colorada y de tupido paisaje fue el escenario de un golppe bajo que no solo nos laceró a nosotros, que conocíamos a Pablo, sino además a la sociedad paraguaya, hoy desafortunadamente, harto habituada a esas violencias de sello narco mafioso; ese sello criminal que es arropado desde las filas más tenebrosas y más subterráneas del poder político , financiero, y empresarial de turno, en todo el territorio paraguayo, pero en particular en la zona de Curuguaty, en la zona cercana a la triple frontera, y en la ya emblemática urbe de lo mafioso en toda su extensión, como es la ciudad Pedro Juan Caballero, en la frontera con el Brasil.autopablo

Hoy, ese apartado camino rural no lo és más; más bien, es una ruta transitada por camiones, y motos; y por lugareños que seguramente pasan por el borde de la ruta; los unos ignorando el sentido y el por qué de un vetusto monolito, colocado sobre un terraplén de difícil acceso, y los otros, quizás la mayoría, a sabiendas de allí se vivió una tragedia hace 11 años; tragedia ordenada por el alcalde del Partido Colorado, de Ypehjú, Vilmar “Neneco” Acosta, hoy condenado a 39 años de prisión.

Madre e hija están juntas en el mismo lugar de los hechos, algo que once años atrás no hicieron; y nunca hubieran imaginado hacerlo, once años después; ambas mujeres, de generaciones muy diferentes, con un vínculo más que significativo, están juntas allí; cada una portadora de vivencias varias y de sentimientos varios; con sus rostros teñidos por las lágrimas, no dejan de escrutar en silencio, en respetuoso silencio, hacia un horizonte de zona rural que fue (y sigue siendo) área de influencia del crimen organizado; ese crimen organizado siempre acechando, e implacable; ese crimen organizado alevoso, por aquellos días del 2014, tal como ocurría antes y como sigue ocurriendo ahora; una alevosía mafiosa instalada en esta y en otras tantas zonas de un Paraguay, hoy por hoy, devorado, fagocitado por la ideología narco mafiosa; ideología narco mafiosa ejecutada por el sicariato, cumpliedo órdenes el poder de turno; ese poder (de saco y corbata) sentado impúnemente en no pocos ámbitos.

Madre e hija, estoy más que seguro, fueron recordando, además, en ese silencio estremecedor -que solo lo interrumpe nuestro fotógrafo Cristaldo registrando imágenes- los terribles momentos que vivieron aquel día de la tragedia: la una como madre, recibiendo la noticia de la pérdida de su pareja y del padre de sus dos hijos; y la otra, como adolescente, que con admirable entereza, fue procesando ese dolor indescriptible, hasta que año tras año -junto a su hermano Virgilio- fue metamorfoseándolo en un compromiso con la vida, con el futuro, como mujer y como una profesional del Derecho, valiente, y decidida; y valentía y una convicción sostenida por la fortaleza misma que seguramente lleva en sus genes; y eso se advierte en la descedencia de Pablo, cuya viuda tuvo que ser madre y padre; y tuvo que mantenerse incólume, para crecer a sus dos hijos, sobrellevando todo y sin excepciones.georgesjorgeolgamedina

Olga y Marianela, en ese lugar, donde la violencia narco mafiosa, once años atrás, sembró muerte, sufrimiento, dolor, impotencia, desazón, rabia, dieron cabal demostración de entereza ciudadana, y de coraje, no solo para transformar ese mensaje letal, en un mensaje de vida y de esperanza, once años después.

Un mensaje,de lo que puede hacer el amor a la vida, sin dejarse abatir por la desesperanza, dado al mundo por ambas mujeres, in situ; un mensaje dado al mundo, de lo que significa superarse día a dia, mismo en esa soledad rural de un terreno modificado, pero que mantiene todavía la huella de la tragedia, en una placa semi destruída por el paso del tiempo; un mensaje de valentía dado al mundo, muy vivo y presente en esas dos mujeres, remarcando además, casi obsesivamente, que con el ejemplo cotidiano de una lucha íntima, y en torno a una madre muy agradecida, a todos quienes le demostraron solidaridad con las acciones -más allá de las meras palabras- les fue posible a todos los Medina, salir adelante; les fue posible, de esa manera, abofetear a los malditos que les arrebataron la vida de Pablo; bofetada al crimen que hago yo extensible, de parte de todos y cada uno de los periodistas caídos en el Paraguay por las balas de la narco mafia, local y transnacional.

Tres periodistas de Antimafia Dos Mil daremos eterno testimonio de una inédita visita a la escena de un doble crimen cometido once años atrás; y aunque pareciera ser extraño, será un testimonio, de hecho dramático, pero al mismo tiempo más que reconfortante; y si quiere, más que esperanzador, en medio de una tierra que ha sido (y sigue siendo) manchada por la sangre de los justos.

Esperanzador, lisa y llanamente, porque las vidas que se destruyeron en ese lugar y en todos los lugares del mundo, por manos mafiosas, no han sido en vano: sus frutos se traducen en la superación más admirable de quienes les sobrevivieron, aún aguijoneados por la rabia y el dolor más indescriptible. Como es el caso de estas dos mujeres , como es el caso de todas la familias de las víctimas de mafia del mundo entero.

Olga y Marianela, (y Virgilio, el hermano de Marianela) gracias por todo ese torrente de tesón, fuerza y amor por la vida. Gracias, porque hoy, a veces , entre las víctimas de mafia, esas fuerzas escasean o se debilitan. Y dejarse llevar por la desesperación es dejarse vencer por la criminalidad imperante.

En contrario, y por sobre todo, hay que darles tenaz lucha a los criminales, estén donde estén, y no importa quienes sean, y donde estén sentados. No importa en absoluto.

Pero en absoluto.

*Foto de Portada y restantes: Omar Cristaldo, de Antimafia Dos Mil

*Foto 3: Blogspot de Andrés Colman