La inseguridad y la impunidad se han empoderado en Chile Por Claudio Rojas desde Chile-10 de marzo de 2021

La Moneda sabe que la pandemia es su mejor aliado, mientras haya dinero para pagarle bien a los uniformados. Porque mientras se pasen por alto sus consabidos privilegios y asaltos al erario nacional, se puede conjurar cualquier amenaza contra el “orden constituido”.

De esta forma, derechos tan fundamentales como el de la educación y la diversidad informativa sucumben ante la posibilidad de que la prensa tenga “material” diario para sus informativos teñidos de sangre. La terrible noticia de un niño desaparecido en el sur desaparecido y luego encontrado muerto ha servido para incrementar el morbo de los telespectadores y extenderle sus contratos a los más frívolos rostros de la farándula informativa nacional que empezaban a ser exonerados a falta de hechos atroces y publicidad comercial, de paso sirvió para esconder cosas que el ejecutivo quería que no se publicitaran.

Fútbol virtual, crímenes y bulladas corrupciones de la política es lo que más importa mientras la vida se hace agua especialmente allí, donde viven los más pobres y discriminados, cuya cotidianeidad no existe para la mayor parte de los medios de comunicación. Porque solo alcanzan especial notoriedad los delitos que se prodigan en los barrios pudientes y, aunque el crimen se intensifica, se soslayan las estadísticas que nos señalan cuántos chilenos mueren a diario por el cáncer y las otras pestes que se han dejado de atender ante el Coronavirus. Tampoco importan los cesantes que se prodigan aún más durante las cuarentenas que, según muchos, contribuirían mucho más a los contagios del Covid 19, en las zonas más hacinadas del país, donde vive la enorme mayoría de nuestra población. Pueblos y ciudades que la Televisión solo consigna cuando se ve forzada a reportar las cacerías policiales en los barrios pobres y las poblaciones indígenas. Las que recién son reconocidas por la autoridad como “macrozonas”, a las que ahora busca imponerles el estado se sitio y el rigor militar, al igual que en tiempos de dictadura, y cuyos muertos todavía no se terminan de encontrar y contar.

Realmente, parece tarde ganarle ya a la delincuencia, cuando la corrupción, para colmo, está tan entronizada en los tribunales de justicia, las policías y las clases dirigentes. Cuando los fiscales y jueces compiten mediáticamente entre ellos y aun no se terminen de contar los desfalcos de todas las ramas de nuestra “Defensa” Nacional.Cuando los grandes empresarios ya hicieron un balance favorable entre sus asaltos a los consumidores como al Fisco y las módicas sumas que pagaron en multas solo en aquellos casos en que el escándalo se hizo indisimulable.

¡Vaya como han retornado rápido a la política los legisladores y jefes de partido sobornados! Preparémonos para que muchos malhechores se reelijan en los municipios, levanten sus candidaturas para el Parlamento y alcancen incluso un cupo en lo que muchos quieren ver como un nuevo coto de caza de la política competitiva y bien remunerada: la “Convención constituyente”. Todo esto explica que el país no se dé leyes más estrictas para combatir el crimen organizado. Si los atroces episodios de tortura, desapariciones forzadas y juicios sumarios siguen impunes o reciben una sanción nimia y hasta ridícula. Curiosamente, los mismos que exigen el “máximo rigor de la ley” para los delincuentes comunes son los que buscan el indulto para los más tenebrosos agentes del estado, los banqueros, los políticos corruptos y los llamados criminales de cuello y corbata.

Pese a las restricciones a la libertad de movimiento, a los confinamientos y estados de sitio, el pueblo sale cada vez más resuelto a las calles para clamar por justicia y exigir un NO a la Impunidad.

Los delincuentes comunes se han hecho igualmente repudiables que los carabineros, los políticos y los tribunales. La desconfianza se ha generalizado y la línea que separaba el bien y el mal está completamente desdibujada. Como completamente nublados, además, los referentes morales y liderazgos espirituales. Ya no hay quien pueda describir con alguna certeza lo que ocurre. Todos parecemos desconfiar de todo: La existencia se nos hace cada vez más frágil e incierta. “Donde la vida ya no vale nada”.

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*Foto de portada: www.redradio.com

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