Una de sus más certeras apreciaciones, de una vigencia absoluta
La memoria viva de un sentipensante inigualable
La ronda de “amigos” se diluyó en mi ser en el segundo mismo que escuché las sentencias, los ex abruptos, las difamaciones; todos juramentos lanzados a un hombre que no estaba allí para defenderse; juicios de valor, y desprecios intelectuales e ideológicos hacia su persona y a su obra.
“Sus libros, sus ideas, sus pensamientos, toda una mierda de palabras contaminando a los jóvenes desde hace déçadas; una figura nefasta y de verguenza para este país es este Eduardo Galeano que todavía vive acá en el Uruguay, caminando entre nosotros”
No toleré un segundo más tanta saña, altivez, tanto odio, y desdén; entonces, fuí tajante: me levante de la silla en la que me había instalado apenas unos minutos y sin articular palabra, porque hacerlo me habría significado encararlos a golpes e insultos, no sé si a todos, pero sí a la mayoría, atiné a desmantelar mi presencia pretextando una banalidad y me alejé del lugar en el que me encontraba. Nunca más volví a reencontrarme con esos “amigos”; ese mismo instante los aparté de mi radar, hasta hoy.
Fín de la historia; una historia de desprecio que me tocó ver hace más de una década, en una zona cercana al Parque Rodó; el desprecio a un amigo, bueno, al menos a quien yo lo sentía como tal, cada vez que nos poníamos a charlar en los pasillos de Canal 4 cuando ambos teníamos un hueco en nuestros respectivos universos.
Años 90 y principios de los 2000; años en los cuales Eduardo y yo teníamos una relación de seres sentipensantes “intercambiándonos figuritas” como él mismo le decía -en sus años de exilio en España- a un muy querido viejo amigo suyo, José Díaz (histórico socialista, abogado de presos políticos, y tupamaros, dirigente del Frente Amplio, y ex legislador y Ministro, hoy fallecido, y a quien tuve la felicidad de reencontrar el año pasado -ya habíamos tenido un muy grato encuentro profesional en el 2005- un par de meses antes de su partida, oportunidad en que disfrutamos juntos un desayuno en su domicilio del barrio Pocitos, coloquiando de múltiples temas) cada vez que se encontraban, alejados ambos de su tierra natal, obligados por la persecusión política de la casta militar.
“Intercambiar figuritas” para Eduardo Galeano, significaba intercambiar comentarios, ideas, opiniones, palabras; pero palabras con sentimiento. Y dentro de esos parámetros fue mi amistad con él; amistad que fuimos cultivando a muy bajo perfil en las entrañas de Canal 4: Eduardo aguardando entrar a estudios, invitado , casi semanalmente, por Omar Gutierrez; y yo, en algunos momentos de paréntesis en mi trabajo de cronista policial de Telenoche, antes de salir a las calles a cubrir los hechos de ese o de otros rubros.
Vivíamos con Eduardo, entonces, esa amistad a salto de mata; fugaz, por cierto, porque deseché (no me lo he perdonando nunca) una invitación suya a visitarlo en su casa; invitación que no materialicé, porque me ganó la arrogancia de sentirme una nada visitando al gran Galeano (y ese mi extremo acto de humildad no era más que una estúpida arrogancia, que me dejó sus efectos, obvio) y nada menos que en su hogar. Perdí el momento; perdí la oportunidad de conocerlo en su universo íntimo, por más que ya lo conocía a través de sus libros e intervenciones, desde hace añares; perdí la oportunidad de conocer a su esposa Helena, que hacía parte vital de su vida; y perdí la bellisima oportunidad de seguir cerca suyo, aprendiendo de él, y nutriéndome de su muy amigable y particular manera de relacionarse con el ser humano; no encontré, ni encontraré otro ser igual.
Yo fuí su admirador más incondicional desde el momento mismo, que en los años de la dictadura militar en el Uruguay, -que yo era muy joven- leí su libro emblema “Las venas abiertas de América Latina”: obra maestra suya (y más que vigente hoy por hoy, tanto que la recomiendo leer, si al menos si uno tiene la intención de comprender lo que nos está pasando como humanidad en nuestro continente y allende el Atlántico, ahora mismo) que obviamente los militares prohibieron; prohibición, que en definitiva Galeano, una que otra vez lo confesó en entrevistas, le permitieron catapultarlo a la fama; la fama que fue regada y alimentada rigurosamete por sus enemigos, irónicamente; porque más se denostada a Galeano, más se leía a Galeano; los enemigos que lo obligaron, primero, a dejar el Uruguay para no terminar preso por tiempo indeterminado, porque llegó a estar, pero por poco; segundo, a recalar en la Argentina, donde fundó y trabajó en la revista Crisis; y tercero -para salvar su vida de las garras de la Triple A- poner proa a España, con suma urgencia, ya con Helena Villagra; la vida afectiva de ella, que era abogada, había sido trágicamente truncada por una patota de la Triple A, al darle muerte a su esposo (un reconocido diputado y militante abogado argentino, Rodolfo Ortega Peña ) en las calles de Buenos Aires y frente a Helena misma, quien nunca se imaginó que ese momento trágico sería la llave para que lapso después reconstruyera vida con Galeano; dejando atrás Buenos Aires, Helena y Eduardo dieron el paso definitivo de un prolongado exilio, al cabo del cual, los regresaría finalmente al barrio Buceo, de Montevideo, donde instalaron su hogar en la calle Dalmiro Costa, hogar, al que como ya expliqué al comienzo, no tuve la dicha de ingresar.
Católico en su infancia (pero después ya no), autodicacta, y ya todo un personaje carismático desde su adolescencia, Eduardo creció e hizo crecer su talento y su sabiduría sentipensante (que la recabó de la vida misma, y no del aula universitario o académico, porque su universidad para él fueron los encuentros en los cafés de Montevideo y del mundo) y su obra literaria y periodística (y pictórica, como dibujante) que no solo se redujo a los numerosos libros publicados -cerca de cuarenta- a lo largo de su vida, sino que comprendió toda su más que humana y sentipensante labor de periodista-escritor, que desarrolló intensamente, hasta que su vida se apagó el 13 de abril de 2015, es decir, hace ya 11 años.
Previo a su partida, por setiembre de 2014, osadamente (porque no nos veíamos desde los años de Canal 4) lo contacté a su domicilio desde la redacción de Antimafia Dos Mil de Montevideo, a través de un correo mail, apelando a la ya impuesta computadora (la que él nunca pudo cederle espacio en su microcosmos de trabajo cotidiano) para invitarlo a hacer parte de una movilización organizada por nuestra revista -redacciones italiana y uruguaya- para mediados de noviembre en Paraguay, luego de que la narco política de ese país nos asesinara a nuestro redactor colaborador Pablo Medina y a su joven asistente Antonia Almada, el 17 de octubre, más precisamente; Eduardo, tutelado técnicamente por Helena, su compañera de vida más entrañable -y a la que no pude llegar a conocer, desafortunamente, pero no pierdo la esperanza aún- nos explicó vía mail, que su salud ya no era en absoluto la más óptima, y que no podría acompañarnos pero que sí podría darnos por escrito, su más sentida adhesión para compartirla al público en la plaza de la Democracia, de Asunción, el día del evento, el 18 de noviembre de 2014.
Y así mismo ocurrió; ante la muchedumbre congregada leí orgulloso y emocionado su contundente adhesión: “Quiero sumar ni mombre a las declaraciones de repudio, a las ejecuciones de campesinos y periodistas, que están sembrando de horrores mi entrañable tierra paraguaya. Quienes conocemos y amamos ese país, sabemos por experiencia, que es el terrorismo practicado por el poder, el que se enmascara para asesinar impunemente a los que defienden sus acosadas tierras y su libertad de expresión”.
Más que contudentes siempre han sido las reflexiones de Eduardo; certeros dardos dirigidos al poder; dardos disfrazados de reflexiones sentipensantes; sobre todo aludiendo al contexto social, político y económico que lo rodeó a él mismo, a los pueblos, y a los que no tienen voz; y a muchos de sus pares y de su conocimiento y amistad, tanto uruguayos como argentinos, como Frugoni, Sendic, Chiflet, Benedetti, Onetti, Walsh, y Gelman, entre otros, porque la nómina sería interminable.
La voz de Eduardo, inconfundible, como sus textos -siempre sin fecha de vencimiento- siguen retumbando entre los uruguayos y fuera de nuestras fronteras; y allá por Europa, tanto o más.
Y su adhesión, a nuestra movilización, de aquellos días de noviembre de 2014, en la Plaza de la Democracia de Asunción, sigue siendo un tesoro que guardamos en el corazón de todos y cada uno de los periodistas de las redacciones de Uruguay y Palermo (Italia), de nuestro director Giorgio Bongiovanni, y de amigos de Italia, Argentina, Uruguay, y Chile que nos acompañaron en la oportunidad; un evento conmovedor y de pura denuncia de la narco-política, a tan solo poco más de 30 días de que a Pablo Medina y a su asistente, dos sicarios les dieran muerte a balazos dentro de un vehículo, en un apartado camino rural de Villa Igatimi, en Curuguaty; camino que ya hoy, no es ni apartado ni solitario; camino en donde un monolito fue colocado por la alcaldía de la zona, como recordatorio del doble atentando; camino a donde yo personalmente, y mis muy queridos y colaboradores Jorge Figueredo y Omar Cristaldo, vamos con alguna frecuencia (el último año lo hicimos junto a la viuda de Pablo y una hija suya, Olga y Marianela), para rendirle homenaje a nuestro colega, sin olvidarnos de la adhesión de Galeano; esa adhesión que lo resumió todo y a la vista de todos; una adhesión, sorprendentemente muy vigente hoy mismo.
Eduardo Galeano, tal como estuvo presente en aquella oportunidad, con una adhesión concluyente, sigue estando presente en estos mismos instantes, en el mundo de hoy; con sus imperecederos escritos; justo, cuando la tercera guerra mundial nuclear se cierne sobre nosotros como un caballo desbocado, disimulando, el saqueo descarado de recursos naturales, y el sabor del negocio bélico, con discursos, dialécticas y pretextos geopolíticos, propios de un orden mundial inmoral y criminal, y servil a los grupos de poder de la banca, del capital financiero y de una narco mafia terrorista atravesada por el mundo impunemente; justo, cuando los autoritarismos sombríos se esparcen como reguero de pólvova por los cuatro puntos cardinales del planeta, infestando y devorando esperanzas , y vidas; justo, cuando el pueblo palestino -el que Galeano defendió tenazmente- vive los embates del genocidio con el sello sionista, nazi y yanke, con la complicidad de no pocos Estados de la Comunidad Europea; justo cuando los migrantes son, por enésima vez, la carne de cañón de los poderosos, en aguas profundas del mediterráneo y mismo en los Estados Unidos; justo, cuando sobre el planeta, los extractivismos son pan de cada día, así como los racismos, las discriminaciones, los femicidios, los patriacardos rancios, y los más repulsivos negacionismos de las dictaduras de los 70’; justo, cuando los negacionismos con sabor a reivindicación golpista, al mejor estilo Javier Milei, por ejemplo, son rutina institucional en la Argentina, donde además los pueblos originarios son perseguidos, criminalizados, y donde las represiones a las manifestaciones populares en torno al Congreso son actos de violencia estatal, semana tras semana; justo, cuando parecería ser que las Venas de América Latina se estarían abriendo cada vez más, más y más, y día a día; en un continente superado por crímenes: crímenes de mafia, crímenes de campesinos y de activistas sociales, crímenes políticos, crímenes de mujeres como Berta Cáceres y Marielle Franco, crimenes de periodistas, y crímenes contra la salud, la vida y la madre tierra.
Eduardo, once años después de tu partida, no hay más palabras para recordarte; porque por más que sobren páginas y páginas, videos y videos, y múltiples recordatorios sobre tu persona y tu obra, nunca serán las suficientes, como para reconocerte, valorarte, extrañarte y homenajearte.
Nunca serán suficientes para preservar tu memoria, y sobre todo ahora más que nunca; más que nunca, porque nos hacen mucha falta tus dardos revestidos de reflexiones, tus profundas palabras, tus filosos sentipensamientos. ¿Por qué? Pues porque hiciste y sigues haciendo parte del mundo, y porque desafortunadamente hay quienes, que desde las sombras, parecerían estar empeñados en ignorar,ningunear, y hasta pisotear, tu ayer y tu hoy, pero no lo lograrán, ni lo permitiremos.
De un plumazo y de un muy buen portazo, muchos cerraremos filas, para que esos vientos canallas, no te destraten, no te ignoren, ni tampoco te desprecien: porque tú Eduardo, estás vivo; más vivo que nunca.
*Foto de Portada: Gentileza de José Díaz y Naguy/ Eduardo Galeano y Juan Carlos Onetti