Por Emilia Cardoso, desde Argentina-6 de agosto de 2021

La complejísima estructura de la vida que habilitó una atmósfera estable con una biodiversidad de especies inalcanzable, está al filo del aniquilamiento.

La vida en la Tierra se va a acabar, es un hecho, porque todo lo que comienza tiene un fin. Desear lo contrario sería como desear ser inmortales, pero sabemos que por más que lo deseemos, la muerte llega; lo mismo sucederá con el planeta.

La ciencia no nos miente al respecto. Las posibilidades de que caiga un meteorito y nos extingamos como los dinosaurios, no es una fantasía ni mucho menos. Por otro lado, el sol envejecerá hasta morir, la lista es larga y podría seguir. Eso sí, para todo aquello faltan millones de años.

Millones de años que la compleja estructura de la vida nos regalara y para evolucionar en ciencia y tecnología, en espíritu, ¿por qué no? Pero esperen, hay algo más, y es que la Tierra esta vez no está habitada por dinosaurios; quienes la habitamos, desarrollamos una tecnología capaz de destruirlo todo y a todos.

Porque el planeta está habitado por hombres civilizados, no por dinosaurios. Y estos hombres no son como los demás hombres, ni como las otras especies, ellos piensan, son inteligentes, tienen lenguaje, idiomas, acceden a sofisticados cálculos y artefactos. Pueden dominarlo todo con su ciencia y por eso son superiores, del mundo ven una pirámide y se ubican en la cima para tenerlo todo a sus pies.

Con su ciencia crearon Hiroshima y Nagasaki, Auswitch y la ESMA, Vietnam y la franja de Gaza, y las 13.400 armas nucleares repartidas en todo el planeta, que nos ponen todos los días de nuestras vidas al borde del aniquilamiento; sí, las creó el hombre civilizado, de traje y corbata, jactándose de su ciencia y de su tecnología. La misma que quemaba las flechas y los pechos de los nativos, allá por el 1.500, sintiéndose alejado de los salvajes, porque claro, los unos eran civilizados, y los otros no.

El ser humano civilizado separa mente de corazón, porque hay cosas para las cuales el corazón no se necesita.

Pero no hay nada que temer, porque los civilizados poseedores de las bombas saben lo que hacen, y lo que hacen, es por el bien del país y de la patria, y lo hacen por Dios y por sus hijos. Lo hacen porque son muy razonables, para nada pasionales. No los llama el poder, solo su deber de proteger y hacer progresar a su ciudadanía, porque a ella se deben. Y si fabrican armas nucleares, claro está, no es para usarlas, solo para generar presión, porque si ellos no generan presión, entonces, ¿quién lo hará? ¿Quién ocupará esos lugares? ¿La ciudadanía que corre detrás del sueño americano? ¿O personas, como los almirantes, que con sus deslumbrantes sonrisas cargaron las bombas al avión “Enola Gay” para la gran misión en Hiroshima y Nagasaki?

Corren los años 20 de este siglo XXI y si corriéramos la misma suerte del siglo pasado, nos estaríamos acercando en el tiempo, a una Guerra Mundial, que culminaría con el lanzamiento de dos bombas atómicas. Una de ellas, un día como hoy, 6 de agosto, en la ciudad de Hiroshima.

Sucede que ahora, la potencia de estas bombas, supera en mil veces, a las lanzadas sobre Japón en el 45. Y honestamente no se encuentran razones para creer que no corramos la misma suerte.

Porque siempre habrá retorcidos argumentos, para justificar lo injustificable. Porque no importan los seres humanos quemados por la radiación, ni todo el dolor y el cáncer, ni las miles y miles de denuncias de derechos humanos, ni los niños con malformaciones o las heridas a carne abierta, ni las tierras arrasadas, ni que haya quedado apenas la sombra.

Para los civilizados esto es maravilloso, y tanto es así, que no les bastó el lanzamiento de dos bombas de esta magnitud, que al poco tiempo propusieron incluso lanzar otra, lanzamiento que felizmente no prosperó.

Hoy cada vez son más las potencias que poseen estas tecnologías. ¿Vamos a realmente creer que las armas están para no usarse?

¿Vamos a seguir dándoles lugar a personas como Biden o Putin, como Isaac Herzog? ¿O vamos a tomar esos lugares? Como dice el dicho, no hay que temer la perversión de los malvados, sino la indiferencia de los buenos. Y hoy la indiferencia se ha convertido en la máxima perversión. Hoy las ojivas nucleares descansan sobre nuestras cabezas, casi las podemos tocar. Hoy vivimos una pandemia, y desde hacía años que se anunciaba. Hoy usamos un barbijo, hoy anunciamos que la guerra nuclear es inminente.

¿Necesitaremos verla para creer?

Será demasiado tarde, a menos que tomemos los lugares que nos pertenecen desde siempre, y desarrollemos, de una vez y por todas, la conciencia del desarme nuclear, como el único horizonte de paz posible.

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*Foto de portada: canalhistoria.com

*Fuente del video: @ourvoice.es en Instagram

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