Miércoles 17 Abril 2024

El 15 de agosto del 2018 nos dejaba Rita Borsellino. Rita vivió los últimos veintiséis años de su vida para obtener verdad y justicia (jamás venganza) sobre la muerte de su hermano Paolo. Al mismo tiempo queremos recordar su compromiso político y asociativo para ayudar a construir un mundo mejor, más justo, más consciente y más responsable.

Hoy queremos recordarla públicamente destacando sus palabras sobre el tema del "perdón" pronunciadas en Roma, en marzo de 2001, en la parroquia de Santa Melania y a la vez enviar un abrazo a sus hijos y nietos.

"Entonces, cuando hablo de perdón, hablo de una manera diferente a como hablé el día después de la muerte de Paolo. Recuerdo que en medio de los escombros de via D'Amelio, un periodista se me acercó con el micrófono en la mano, me lo puso debajo de la nariz y me preguntó: "¿Perdona usted a los asesinos de su hermano?". Y yo, para quitármelo de en medio, para no contestarle en forma violenta -porque no soy capaz de hacerlo y porque ante una pregunta de este tipo se me caen los brazos, de verdad- instintivamente respondí que sí. Tal vez mi educación, el hecho de ser católica, me hizo responder así, casi como si fuera obligatorio perdonar a los que te lastiman. Luego me dije: le tengo que agradecer, porque me hizo pensar, porque esa idea ni siquiera se me había ocurrido, no había tenido el tiempo, ni la posibilidad de hacerlo. Pero después de que me lo preguntaron, comencé a pensarlo y seguí un camino, un razonamiento que luego me llevó a responder esta pregunta conscientemente, a responderme a mí misma en primer lugar, porque esto era lo que yo quería entender, ahora me doy cuenta. El perdón es un camino, un razonamiento difícil, complicado, lleno de trampas, lleno de síes y noes que nos llevan de un lado a otro. Me di cuenta de que, para responder a esta pregunta, hay que unir la cabeza con el corazón. No se puede responder solo con la cabeza, no se puedes solo escuchar al corazón, porque de esta forma lo que se diga quedará incompleto, mutilado. Es un camino que creo que nunca termina, un camino difícil y complicado, pero que nos vuelve conscientes. Lo pensé y me di cuenta que, como dije antes, es cierto que he recibido el don de no odiar, el don de no buscar venganza, es un don que recibí de Dios y un don que debo compartir con las demás personas. No puedo mantenerlo cerca de mí y si hay alguien con quien tengo que compartirlo es con aquellos que me han hecho mal. Porque de lo contrario todo lo dicho no es cierto, no es sincero. Es fácil quedarse de un lado, aislándose completamente del otro. Lo difícil es ponerse realmente frente a quien nos hizo daño y mantener este razonamiento, hay que verificarlo de alguna manera, ponerlo a prueba. Y una vez más encontré una gran ayuda en este complicado y turbulento viaje. Estaba frente al televisor donde se proyectaban las imágenes de la captura de Totò Riina, un pequeño hombre fotografiado casi con burla bajo las fotografías de Paolo y Giovanni, en el local de la Jefatura de Policía de Palermo -no sé cuántos recordarán este hecho- un hombrecillo humilde, pequeño, mal vestido, casi torpe, que no sabía dónde poner las manos, pero que tenía una mirada que brillaba bajo los párpados y que realmente daba escalofríos. Y yo me preguntaba de una manera muy dolorosa y casi con miedo, qué sentía yo hacia esa persona, porque, verán, una cosa es decir que no se odia, que no se siente rencor hacia alguien a quien no se conoce y otra cosa es verlo a la cara, materializado. Es algo muy diferente. Lo miraba con miedo, como si fuera a aparecer algo que me asustara. Entonces escuché a mi madre acercándose lentamente detrás de mí. Mi madre tenía 86 años, había visto morir a su hijo, porque Paolo vino a mi casa ese día a visitar a mi madre que no se sentía bien. Había una relación muy fuerte entre ellos, él había telefoneado diciendo: "Ya voy" y luego solo había tenido tiempo de tocar el timbre de la puerta principal. Mi madre oyó el sonido, sabía que era Paolo, y en ese momento se desató el infierno. Muros derrumbándose, techos cayendo, astillas por todas partes, paredes abriéndose, sirenas enloquecidas, llamas por todas partes. Mi madre sabía que en medio de todo esto Paolo se moría. Mi madre se acercó con pequeños pasos, yo no la había escuchado, solo escuché su voz detrás de mí que decía: "¡Cuánta pena me da ese hombre!". Fue, para mí, un mensaje extraordinario. Mi madre había visto al hombre. Yo todavía me preguntaba, no lo había decidido. Mamá, con la misma mirada de Paolo, había visto al hombre dentro de Totò Riina y había visto a un hombre que le daba pena. Pero ¿por qué sentía ella pena por él? Porque se preguntaba cómo ese hombre había podido llegar a ser así, cómo ese hombre se había apagado, se había arriesgado a extinguir la chispa humana que tenía dentro, esa chispa divina que tenía dentro. ¿Cómo lo había hecho? Estas eran las mismas preguntas que Paolo se hacía a sí mismo cuando preguntaba: '¿Quién eres, ¿cómo jugabas, ¿qué hacían tus padres, por qué dejaste de ir a la escuela?'. Mi madre lo redujo a una palabra, y yo lo absorbí, dejé que me llegara y comprendí lo que instintivamente me transmitió en ese momento".

Rita Borsellino, Parroquia de Santa Melania, Roma, 14 de marzo del 2001

*Tomado de: centrostudiborsellino.it

Foto: Imagoeconomica