En este discurso profundo e intransigente, Roberto Scarpinato, ex fiscal general de Palermo y hoy senador, recuerda el dramático punto de inflexión del 19 de julio de 1992, cuando la multitud en el funeral de Paolo Borsellino y su equipo de seguridad gritó "asesinos" a las más altas esferas del Estado, intuyendo ya entonces que la masacre de via d'Amelio no era solo obra de la mafia, sino una verdadera masacre de Estado. Esa brecha entre la ciudadanía y las instituciones nunca se cerró, alimentada por el silencio de instigadores enmascarados que, desde los pasillos del poder, orquestaron distracciones, hicieron desaparecer documentos y silenciaron a testigos clave como Gioè, Ilardo y Pace antes de que pudieran revelar los vínculos inconfesables entre la mafia, la masonería corrupta y los aparatos estatales corruptos.
Scarpinato denuncia enérgicamente el intento actual de romper la "convención tácita" que durante años ha mantenido alejada de este lugar sagrado a la retórica institucional vacía y los movimientos antimafia de fachada. Arremete contra las "tumbas blanqueadas" que conmemoran a Borsellino de palabra mientras, en la práctica, ejercen el poder gracias al apoyo de mafiosos condenados o aprueban leyes que fomentan la corrupción y la impunidad. El magistrado expone la hipocresía de quienes se proclaman herederos morales de Paolo y obstaculizan las investigaciones sobre instigadores externos, deslegitiman a los magistrados que buscan la verdad y se jactan de estrechos vínculos con círculos vinculados a la derecha subversiva o figuras condenadas por connivencia con la mafia. Su grito final es una advertencia absoluta: no hay dos movimientos antimafia, sino solo el de aquellos que, como Falcone y Borsellino, lucharon contra un sistema de complicidad. Por esta razón, hoy más que nunca, debemos gritar "¡Fuera las manos de Paolo Borsellino!", porque los únicos herederos indiscutibles de su memoria son aquellos que realmente exigen verdad y justicia.
*Foto de Portada: Antimafia Duemila