Qué extraña es la vida: un ajetreo vertiginoso, como si nunca hubiera tiempo suficiente. Y todas esas veces en que no se sabe que es la última vez. La vez que se despide a alguien sin saber que es la última vez que se lo va a ver. Era el 14 de marzo de este año, y el libro de Saverio Lodato, 50 años de la mafia, se presentaba en Palermo. Tú estabas allí, Salvo. Siempre a tu lado, tu maravillosa compañera Dina, y tu compañero de mil batallas, Faro Di Maggio, con su esposa. Debido a los habituales retrasos desorbitados en los vuelos regulares, llegué justo antes de que terminara el debate, justo el tiempo suficiente para decir unas palabras. Y luego te abracé desde el escenario sin poder bajar al público. Un abrazo tibio, pero lleno como siempre de todo el amor que sentí por ti: un mentor de vida, un hombre justo, capaz de sobrevivir a la pérdida de su amigo, su hermano, Peppino. Transformaste ese dolor y esa rabia en un testimonio vibrante. Seguiste hablando a niños y niñas sobre la belleza de luchar por defender sus ideas y los valores que dan sentido a la vida. Jóvenes, que se quedaron atónitos con tus palabras, porque encontraron la coherencia y la autenticidad que anhelaban en un mundo de hipócritas y oportunistas.
Recuerdo la felicidad de Tommaso, ese chico de trece años apasionado por la historia de Peppino, cuando te entrevistó conmigo en la radio: un chico fuera de todo esquema, a quien habías inspirado, enamorado de la música de los '70, pero también de las emisiones de Onda Pazza.
Aquel 14 de marzo en Palermo, no sabía que sería la última vez que te vería. Intercambiamos algunas llamadas y mensajes de WhatsApp, la última hace diez días, y luego silencio. Miles de imágenes y pensamientos me invaden la mente. Como en una película, quisiera volver a esa escena y abrazarte fuerte, estrecharte fuerte y no soltarte jamás. Porque ahora el mundo es más pobre. Porque las escenas del genocidio de Gaza me recuerdan tus palabras de la Navidad de hace dos años sobre aquella masacre que había comenzado un par de meses antes. "¿Qué? ¿Que acabamos de ver, escombros en la tele? -dijiste- ¿Que sabemos lo que significa perder tu hogar, a tus hijos, a tu pareja, a tus padres? ¿Que sabemos lo que significa estar sin comida, sin agua, sin electricidad, sin ropa, sin cama, sin letrina? ¿Morir de frío, de heridas gangrenosas? No sabemos absolutamente nada. Nunca jamás tendremos la menor idea de este infierno inhumano donde ya no hay piedad, ni siquiera para los niños, los ancianos, los enfermos. Los asesinos de Israel no son menos feroces que los de Hamás. Y el mundo observa y guarda silencio, envuelto en su Navidad de paz". Hoy, ese genocidio ha llegado a un punto sin retorno, y ante el exterminio definitivo anunciado por el criminal asesino Netanyahu, nuestro gobierno sigue siendo su cómplice. Pero la historia no los absolverá, y tú ya lo sabías. Cada palabra tuya resuena ahora con fuerza en cada uno de nosotros. Y el recuerdo de tu mirada astuta nos hará sonreír en los momentos aún más oscuros que viviremos. Ahora ve, toma conciencia de tu eternidad. Vuela alto, como esas nubes blancas que inspiraron la conmovedora melodía de Ludovico Einaudi. Ahora tú también eres una nube que se mueve entre Sicilia y Oriente Medio, entre Ucrania y Rusia, en cada rincón de este mundo donde existen pueblos oprimidos. Eres esa chispa que ilumina las conciencias, recordándonos que nunca debemos rendirnos ante lo peor. Tus poemas inmortales serán el eco de tu voz, para recordarnos que la belleza de una brizna de hierba que brota rebelde del asfalto sobrevivirá al horror que presenciamos.
Chau, Salvo, te amé como se puede amar a un padre, a un hermano o a un compañero en una batalla por la libertad, la justicia y la paz. Una batalla que aún no se ha ganado.
*Sitio web de Salvo Vitale: Il compagno
*Foto de Portada: © Paolo Bassani