Fueron prelados defensores de los pobres y aliados de la Teología de la Liberación

Por Jean Georges Almendras, desde Palermo, Sicilia-6 de julio de 2022

Me concierne hasta lo más mínimo, escribir, referirme, mencionar y homenajear a “Dom Cláudio”, tal como se lo conoce a Claudio Hummes, cardenal brasileño de Sao Paulo, tras recibir en mi mesa de trabajo de redacción, la noticia de su fallecimiento, a la edad de 87 años. Y me concierne porque los sacerdotes de la Teología de la Liberación, son para mi entender, lo más rescatable de una institución católica, cuya imagen ha estado y sigue estando más en la mira del escándalo, y de las contradicciones que de la coherencia (aún estando sentado en el vértice de la cúpula el Papa Francisco). Como reguero de pólvora se ha divulgado por el mundo el deceso de Hummes y los titulares de diarios y de noticieros de televisión (no de todos, seamos también honestos) han girado en torno a la cualidad de este prelado de la Iglesia Católica, como vocero de los pueblos indígenas, en su tierra, como uno de los grandes impulsores -oportunamente y precisamente- en la elección del argentino Jorge Bergoglio como Papa “Francisco”, como un religioso de fe acorde con el mensaje cristiano, comprometido íntegramente con la opción por los pobres y con la Teología de la Liberación, y como un portador y hacedor, sin límites ni condicionamientos, de una vocación de muy firme convicción latinoamericanista.

Sobre esos caminos anduvo “Dom Cláudio” quien mucho me recuerda a Hélder Cámara, arzobispo de los estados de Olinda y Recife, de Brasil, cuyo fallecimiento se sitúa en el mes de agosto de 1989, exactamente un año antes de que Hummes fuera ordenado arzobispo de Sao Paulo.

Fueron figuras contemporáneas, aunque no simultáneas, pero mantuvieron muy fuertes lazos en común, que hoy precisamente debo aludir, porque la reciente desaparición física de uno me lleva de la mano, con certeza inamovible, al otro. Ambos hicieron parte hasta sus últimos días de vida -en estricta obra y acción- de la historia de los pueblos brasileños y de América Latina, con el ímpetu de la fe y del convencimiento de que las tareas a su cargo debían sostener en su cotidianeidad, y desde su investidura, una sola consigna: ¡no olvidarse de los pobres!

Los pobres, los perseguidos y los marginados de su país y del mundo fueron su principal preocupación y fueron el centro de su accionar pastoral, en los hechos, marcando diferencias que los catapultaron desenfrenadamente por los senderos de la solidaridad y del amor al prójimo, transformándose más en mensajeros de Cristo, que en burócratas de la estructura eclesiástica de nuestros días.

Un diario argentino, Página/12, destacó la figura Dom Cláudio, bajo el título adjunto “Vocero de los pueblos indígenas, fue gran impulsor de la elección de Bergoglio como Papa”. El colega autor del escrito periodístico es Washington Uranga, y sus apreciaciones, sobre el arzobispo emérito de San Pablo y ex Prefecto de la Congregación vaticana para el Clero, no puedo hacerlas a un costado, especialmente cuando relata que “Dom Cláudio” fue uno de los principales propulsores de la candidatura de Bergoglio al papado durante el cónclave celebrado en el 2013.

Cuenta Uranga que quien fuera arzobispo argentino, en un encuentro con periodistas -el 16 de marzo de 2013- hubo admitido que Hummes fue quien le inspiró para la elección del nombre Francisco, para ejercer su pontificado.

“Tenía a mi lado al arzobispo emérito de San Pablo y también prefecto emérito de la Congregación para el Clero, el cardenal Claudio Hummes: ¡un gran amigo, un gran amigo! Cuando la cosa se ponía un poco peligrosa, él me consolaba. Y cuando los votos llegaron a los dos tercios, se produjeron los habituales aplausos, porque el Papa había sido elegido. Y me abrazó, me besó y me dijo, '¡no te olvides de los pobres!'. Y esa palabra entró aquí: los pobres, los pobres. Entonces inmediatamente, en relación con los pobres, pensé en Francisco de Asís”, recordó Bergoglio.

Por micrófonos de Radio Vaticano, posteriormente, el cardenal Hummes pronunció palabras muy venturosas para su amigo Papa Francisco: “Le deseo un pontificado prolongado porque la Iglesia necesita este pontificado, la Iglesia necesita este proyecto que él manifiesta y que ha puesto en marcha”.

Los deseos del cardenal se cumplieron, el pontificado de su amigo Francisco, todavía está incólume y el proyecto que “la Iglesia necesita” se mantiene. Y hubo más: en su tránsito por entre los pueblos americanos, y particularmente indígenas, de su tierra, “Dom Cláudio”, no pasó inadvertido.

Solo por señalar algo, en el 2019, en el sínodo de la Región Panamazónica, habiendo sido nombrado relator general, se transformó literalmente en el vocero de los pueblos indígenas en el seno de la Iglesia Católica de la región,

Dom Cláudio, de joven, se codeaba con multiplicidad de dirigentes sindicales -siendo uno de ellos, Lula Da Silva- para conocer de cerca, y profundamente las problemáticas obreras de su tiempo y de su entorno, caminando en medio del pueblo de su país natal con tal naturalidad, que en más de alguna oportunidad su figura y su presencia, causaban impacto, trayendo a la memoria inequívocamente a la figura y a la presencia de otro singular prelado brasileño, defensor de los pobres, opositor acérrimo de la dictadura militar y artífice de la Teología de la Liberación: Dom Helder Cámara, arzobispo de Olida y Recife.

Una y otra vez, Hummes, tuvo esa mirada, que solo poseen quienes abrazan la fe cristiana con la inconfundible sensibilidad de la lucha social por sobre todas las cosas, y mucho más allá de las obligaciones de una investidura jerárquica dentro de una institución controversial, que no en pocas oportunidades miró con ojo severo a quienes desde adentro de sus filas se comprometían con los movimientos sociales, en su acción de denuncia y de confrontación al poder.

Brasil el adios a cardenal Claudio Hummes 2

No han transcurrido muchas horas de la desaparición física, de Dom Cláudio y solo se sienten los ecos y los elogios por su valerosa denuncia de los atropellos cometidos contra los pueblos amazónicos, la deforestación, los proyectos depredadores y las enfermedades de la tierra, en términos duros y directos: “Hay que devolver a los pueblos indígenas el derecho a ser protagonistas de su historia, sujetos y no objetos del espíritu y la acción del colonialismos de nadie”, afirmó una vez -recientemente- a la tribuna eclesiástica.

En cada una de sus intervenciones públicas o con interlocutores muchas veces intempestivos, ofensivos con los sectores populares, soberbios, autoritarios y serviles a los sistemas económicos predadores de vidas y de esperanzas, Dom Claudio, no solo les arrojaba a sus rostros -con inteligencia y el sólido conocimiento teológico en su haber y la sabiduría de la vida, en estrecho contacto con los perseguidos y los necesitados, y los marginados- las verdades más reveladoras de la condición humana, respaldando además a los sacerdotes y laicos que llevaban adelante, cada uno de los parámetros de la Teología de la Liberación, situándose con absoluta autoridad moral, desde su puesto de prelado cardenalicio. Y si en alguna oportunidad fue confrontado por lo que hacía su amigo el Papa Francisco, encaraba la circunstancia afirmando que “la Iglesia defiende su unidad como unidad de la pluralidad. Las divisiones son un mal”.

Su predecesor en la lucha social en el Brasil, Don Hélder Cámara, cada vez que podía, afirmaba con sobrada ironía, para dar una fuerte bofetada a la burda hipocresía del sistema: “Cuando doy de comer a los pobres me dicen Santo, y cuando pregunto por qué no tienen comida, me llaman comunista”.

La hipocresía clerical, laica, instalada en el sistema político y en el mundo de la frivolidad, a su muerte, le rindieron toda suerte de homenajes, lloviendo loas y reconocimientos; pero en vida, los ojos no le alcanzaron para ver enemigos, de su persona y de sus ideas. Pero Helder Cámara, como todos los clérigos tercermundistas -muchos de ellos (religiosas igualmente) asesinados en las dictaduras militares latinoamericanas- no se amilanaron, ni renegaron de sus luchas, ni de sus acciones. Solo miraron adelante, y siguieron adelante.

Miraron siempre adelante, como también lo han hecho Dom Claudio, de Brasil; los argentinos Carlos Mugica, Enrique Angelelli; Eduardo Romero, de San Salvador; Pai Oliva (del Paraguay), Camilo Torres de Colombia, y los cinco sacerdotes de la Iglesia de San Patricio de Buenos Aires, entre otros en el mundo; y lo siguen haciendo Don Cioti, en Italia; Mateo Méndez, en Uruguay, entre otros más, esparcidos por los cuatro puntos cardinales de una tierra que es desangrada y de una humanidad que diariamente, es violentada, por el racismo, el individualismo y el capital financiero-ligado a la criminalidad organizada transnacional.

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*Foto de portada: vaticannews.va

*Foto 2: Hélder Cámara / folhape.com.br

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