Miércoles 20 Mayo 2026
Por Inés Lépori, desde Argentina-2 de marzo de 2022

Berta Cáceres fue asesinada en Honduras a eso de las 23:45, cuando el 2 de marzo del 2016 llegaba a su fin.

Según se dijo, los asesinos esperaron a que se durmiera para forzar la entrada de su casa de La Esperanza, su ciudad natal, y matarla al amparo de las sombras.

Desde ese día tanto las noticias del hecho como las crónicas posteriores repiten con mínimas diferencias los datos de su vida: pertenecía al pueblo indígena lenca y luchaba por la recuperación de sus tierras en Río Blanco, Intibucá, frente a la construcción de la represa hidroeléctrica Agua Zarca de la empresa Desarrollos Energéticos S.A. (DESA), en tierras lencas.

Se suele decir también que dicho pueblo ha librado una lucha constante para defender sus territorios y para proteger al Río Blanco. A causa de esta lucha, los lencas fueron perseguidos, obligados a abandonar sus territorios y asesinados. Agresiones que permanecen en una total impunidad.

Las crónicas de su muerte señalan que poco antes había denunciado la expropiación de los territorios originarios y las carencias existentes en los sistemas de salud y agrícola. A ello hay que agregar su decidido rechazo a la creación de bases militares estadounidenses en territorio lenca, la denuncia permanente de las intimidaciones sufridas por los activistas de su comunidad y el reclamo por todos los dirigentes sociales asesinados.

Fue cofundadora y coordinadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH) y pocos meses antes de su muerte, y como reconocimiento a su inmensa labor en favor de los derechos humanos recibió el premio Goldman para América Latina 2015.

De otros aspectos de la vida y de la muerte de Berta Cáceres ya se habla un poco menos, como el hecho de que era una líder indígena, feminista y anticapitalista, contra la cual se usaron tácticas de contrainsurgencia para amenazarla y asesinarla. Tácticas llevadas a cabo por grupos de ex militares entrenados en Estados Unidos, sostenidos por los fondos de oscuro origen de las élites económicas hondureñas y protegidos por el más alto nivel político y por la estructura policial y judicial del Estado.

Muy pocas veces se recuerda que detrás y por encima de todas esas tácticas estuvo siempre la sombra de la poderosa familia Atala, dueña no solo de la empresa hidroeléctrica que intentaba instalarse en Río Blanco, sino también del banco de mayor crecimiento y que obtuvo la mayor proporción de fideicomisos del Gobierno desde el Golpe de Estado del año 2009 en Honduras.

Pero todo lo dicho y escrito sobre Berta Cáceres a lo largo de los años, apenas deja entrever lo que verdaderamente era: una mujer. Una mujer excepcional, valiente, aguerrida, llena de amor y capaz de dar su vida para proteger otra que consideraba más importante, la del planeta, la casa de todos, nuestra casa.

Su conocimiento ancestral de la naturaleza le daba la certeza de una vida única y eterna, una cosmovisión en la cual todo es vida y donde toda vida debe ser protegida. Su lucha por los derechos humanos fue una consecuencia inevitable de esta forma de sentir.

Sabía que su camino iba a ser difícil, y lo sabía porque se lo dijo el río, según relató en una entrevista periodística.

Pero también sabía que su camino tenía un destino fatal, el triunfo. El triunfo de los verdaderos valores que marcan el camino de los seres humanos hacia su despertar definitivo.

Su amor y su sangre derramados sobre la tierra ardiente de Honduras, retoñarán en todo tiempo y despertarán las conciencias dormidas de esta humanidad.

Descansa en paz, Berta. Tu siembra se volverá fruto y semilla. Y guiará a las nuevas generaciones que alzarán tus banderas para crear un mundo mejor.

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*Foto de portada: Desinformémonos