Por Alejandro Diaz-24 de octubre de 2021

“A todos quiero pedirles en nombre de Dios: a los grandes laboratorios que liberen las patentes. Quiero pedirles en nombre de Dios a los grupos financieros y a los organismos internacionales de crédito que permitan a los países pobres garantizar ‘las necesidades básicas de su gente’ y condonen la deuda, tantas veces contraída contra los intereses de estos mismos pueblos”.

Así comenzó el ruego del Papa al mundo, a raíz del IV Encuentro Mundial de Movimientos Populares donde se dieron cita Jorge Mario Bergoglio, autoproclamado Francisco I, y representantes de distintas organizaciones civiles y sociales de varios países del mundo, con un amplio abanico de intereses sociales que podrían resumirse en 'Tierra, Techo y Trabajo'. El mismo quedó resumido en un documental disponible en el canal de YouTube, 'Vatican News Español'.

En una primera parte del documental, se exhiben una serie de testimonios, de personas que desarrollan sus actividades en las primeras líneas de esta construcción universal de carácter solidario, con principios comunitarios, que surgen de aquellos sectores olvidados por un sistema de organización social tendiente a la concentración de capitales, a los modelos productivos mono explotadores , a la precarización laboral y de la vida en general. Un sistema que excluye a un porcentaje cada vez mayor de la población mundial, relegándolos a la subsistencia. Una crisis humanitaria que quedo en innegable evidencia a partir de la pandemia del Covid.

Lorraine Sibanda desde Zimbabue, en África, lo explica así: “La pandemia ha afectado de manera perjudicial mi vida diaria y mi trabajo. Con el inicio de la pandemia se esfumo la posibilidad de trabajar, para mí y para muchos trabajadores de la economía informal, porque las regulaciones para prevenir el Covid 19, han puesto límites realmente estrictos al trabajo en los espacios públicos”. No solo la dificultad de acceder a un trabajo, o a un ingreso regular necesario, sino también el acceso a la salud, en particular sobre aquellas situaciones sanitarias que sin tener relación directa con el Covid son igual de riesgosas o condicionantes para la salud humana. La educación y los espacios de formación retornaron a épocas de antaño, donde se desarrollaban de manera doméstica, pero en un mundo donde la crisis habitacional es endémica y estructural, conseguir los mínimos necesarios, se convirtió en un concepto utópico.

En este sentido Bergoglio expresa: “Es posible que las muertes por año, por causas vinculadas al hambre puedan superar a las del Covid. Pero eso no es noticia, eso no genera empatía”, y agrega, remarcando la importante labor de millones de voluntarios: “Donde había escasez, el milagro de la multiplicación se repitió en ustedes, que lucharon incansablemente para que a nadie le faltase el pan. Al igual que los médicos, enfermeros y el personal de salud en las trincheras sanitarias, ustedes pusieron su cuerpo en la trinchera de los barrios marginados. El Señor se los tendrá en cuenta”.

Pero la crisis social, económica y sanitaria del Covid es tan solo una etapa más de una crisis humanitaria, a esta altura, endémica. En este marco, real y cotidiano, cientos, sino miles, de formas de organización social han surgido a la par de los Estados, democráticamente constituidos o no, a lo largo de la historia. Desde hace unas dos décadas, coincidentes sobre todo con la crisis de fin de milenio, aquí en los países del sur americano se instaló con mucha fuerza y violencia, comenzó un nuevo proceso de organización popular, acompañado de un discurso actual donde revivieron los conceptos revolucionarios de siempre. En palabras del pontífice: “Soñemos juntos, porque fueron precisamente los sueños de libertad e igualdad, de justicia y dignidad, los sueños de fraternidad los que mejoraron el mundo”.

Es Jonathan Castillo, un cartonero argentino, el que describe el proceso, la trayectoria que entre compañeros y compañeras fue necesario realizar, para avanzar desde las cenizas de la individualidad, al que habían sido sometidos los estratos populares a fines de los 90, y cómo hoy día, la organización y el sentido comunitario aportaron soluciones contra la exclusión a la que estaban expuestos por el propio sistema.

Gloria Morales Palos, que en el documental se muestra junto al muro de segregación racial y social que separa los Estados Unidos de México, lo explica en lenguaje contemporáneo: “Los movimientos populares compartimos la visión de un futuro en donde todas las personas tengan acceso a la tierra, techo y trabajo. Pero las fuerzas del capitalismo, el consumo excesivo, el individualismo egoísta, el racismo y la exclusión son obstáculos en el camino de nuestra capacidad para crear este mundo”.

Paradójicamente, es a partir de la exclusión, de las crisis, y de la necesidad de subsistencia, a veces en situaciones realmente drásticas, propias de la literatura griega o del drama lirico, donde los más altos valores humanos resurgen. Quizás quien más se aproxima a este concepto dentro del documental sea el italiano Luis Casarino, miembro de 'Mediterranea Saving Humans', una organización abocada al rescate de los migrantes que escapan del genocidio africano a través del naufragio por el Mediterráneo. Dice: “No somos nosotros los que salvamos a nuestros hermanos y hermanas que están en el mar y a los que los Estados y las instituciones dejan ahogarse de manera criminal. Son ellos los que nos dan la oportunidad de salvarnos de este mundo de horror, donde la vida humana ya no vale para nada; solo tienen valor los bancos, el dinero, la competencia, pero un niño que se ahoga ya ni siquiera es noticia”.

Pero en estas palabras, valientes palabras, hay mucho más que la solidaridad; está enraizada la denuncia de un sistema corrompido, usurpado por voluntades egoístas, mercenarias y por sobre todas las adjetivaciones, criminales, como bien lo define Casarino.

Son a estas personas, que ocupan lugares esenciales en las estructuras de poder del entramado socio político del planeta, a quienes el máximo exponente de la Iglesia Católica se dirige en su ruego: “Quiero pedirles en nombre de Dios, a las grandes corporaciones extractivitas (mineras, petroleras, forestales, inmobiliarias y agro negocios que dejen de destruir los bosques, los humedales y montañas, dejen de contaminar los ríos y los mares, dejen de intoxicar los pueblos y los alimentos. Quiero pedirles en nombre de Dios, a las grandes corporaciones alimentarias que dejen de imponer estructuras monopólicas de producción y de distribución que inflan los precios y terminan quedándose con el pan del hambriento. Quiero pedirles en nombre de Dios, a los fabricantes y traficantes de armas que cesen totalmente su actividad, una actividad que fomenta la violencia y la guerra, y muchas veces en el marco de los juegos geopolíticos que cuestan millones de vidas y de desplazamientos. Quiero pedirles en nombre de Dios, a los gigantes de la tecnología, que dejen de explotar la fragilidad humana, las vulnerabilidades de las personas para obtener ganancias, sin considerar como aumentan los discursos de odio, el grooming, las fake news, las teorías conspirativas, la manipulación política. Quiero pedirles en nombre de Dios, a los gigantes de las telecomunicaciones, que liberen el acceso a los contenidos educativos y el intercambio con los maestros por internet para que los niños pobres también puedan educarse en contextos de cuarentena. Quiero pedirles en nombre de Dios, a los medios de comunicación que terminen con la lógica de la post verdad, la desinformación, la difamación, la calumnia y esa fascinación enfermiza por el escándalo y lo sucio, que busquen contribuir en la fraternidad humana y a la empatía con los más vulnerados. Quiero pedirles en nombre de Dios, a los países poderosos que cesen las agresiones, bloqueos, sanciones unilaterales contra cualquier país en cualquier lugar de la tierra. No al neocolonialismo. Los conflictos deben resolverse en instancias multilaterales como las Naciones Unidas. Ya hemos visto como terminan las intervenciones, invasiones y ocupaciones unilaterales; aunque se hagan bajo los más nobles motivos o ropajes”.

Las organizaciones del IV Encuentro Mundial de Movimientos Populares, en la presentación de su informe, exigen una serie de medidas en carácter de urgencia para equiparar las relaciones de fuerza entre los distintos actores sociales: “Sistemas sanitarios públicos y gratuitos, liberación de las patentes de las vacunas, obtención de un salario universal para todas las personas sin ingresos fijos, garantías de movilidad humana para migrantes y refugiados libre de violencia y restricciones a los Derechos Humanos elementales, una moratoria global de los desalojos hasta tanto se salga de la situación de pandemia y planificación de un sistema público y social de la vivienda, implementar una reforma agraria popular imponiendo un tamaño máximo de propiedad agrícola, priorizando la producción de alimentos saludables y adoptando la agroecología como método principal de producción que sustituya el patrón del agro negocio de base transgénica, cumplimiento estricto de los compromisos multilaterales sobre mitigación y adaptación al cambio climático, suspensión de todas las acciones extractivas para frenar el ecocicidio en la Amazonia y otros puntos críticos del planeta, levantamiento de todas las medidas unilaterales de las superpotencias que impiden el acceso a medicamentos y asistencia humanitaria, condonación de la deuda de los países en desarrollo”.

A estas exigencias también se suma el Papa: “En encuentros pasados hablamos de la integración urbana, la agricultura familiar, la economía popular. A estas, que todavía exigen seguir trabajando juntos para concretarlas, me gustaría sumarle dos más: el salario universal y la reducción de la jornada de trabajo. Creo que son medidas necesarias, pero desde luego no suficientes. No resuelven el problema de fondo, tampoco garantizan el acceso a la tierra, al techo y al trabajo en calidad y cantidad que los campesinos sin tierras, las familias sin techo y los trabajadores precarios merecen. Tampoco van a resolver los enormes desafíos ambientales que tenemos por delante. Pero quería mencionarlos porque son medidas posibles y marcarían un camino positivo de orientación”.

Las palabras de Bergoglio cobran particular importancia dada su investidura. No son palabras distintas a las de cualquier obrero que lee, como decía Brecht, pero la investidura papal les da a estas palabras un particular alcance.

“Gracias por invitarme a un dialogo que nace en las periferias y que llega Roma, y en el que todos podemos sentirnos invitados e interpelados”, dice el Papa durante su ponencia. Pero en este simple agradecimiento, hay también la consideración de 'Roma' como un punto focal donde la geopolítica se discute. Donde los principales actores socioeconómicos se encuentran en, esta, la 'meca' del mundo occidental, para bueno y para malo. Una invitación para que “el que tenga oídos para oír, que oiga”.

La crisis humanitaria de nuestros días nada tiene que ver con los pobres, son quizás los pobres los más afligidos, sobre todo materialmente, porque son inconmensurables las penurias sufridas por el grueso de la población mundial. Pero estos pobres, cientos de millones, siempre encuentran en la precariedad y en la marginalidad extrema, la posibilidad de construir comunidades. Cientos de intentos de organización social o popular, en comités de base o en asambleas, en grupos religiosos o agnósticos, entre otras muchas categorías. Cientos de construcciones que han sido una y otra vez golpeadas, vejadas, desarticuladas, violadas, denostadas, desestimadas, difamadas, perseguidas, secuestradas, torturadas, asesinadas y desaparecidas.

La crisis humanitaria de nuestros días, es una crisis que tiene su centro en una aristocracia que no sueña. Aquellas personas que ocupan, por suerte, por herencia, por mérito, por dharma o por karma, los lugares estratégicos de poder y solvencia material. Personas educadas y formadas sobre el conocimiento de cientos de generaciones que depositan los más altos avances de la humanidad en sus manos. Son estos “aristócratas”, que de aristócratas nada tienen, quienes fracasan en la materialización de una sociedad más desarrollada, más armoniosa, más justa.

Son estas personas que Bergoglio, quien no es un simple obrero que lee, identifica anónimamente. ¡Vaya a saber Dios por qué!

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*Foto de portada: aicaorg.com

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