Por Jean Georges Almendras-16 de junio de 2021

Aleida Guevara alguna vez contó al periodismo, que recuerda a su padre acariciándole el rostro con ternura indescriptible, cuando ella tenía cinco años, en un episodio familiar que pertenece a los escasos momentos que Ernesto “Che” Guevara podía estar junto a sus hijos y su compañera. Esas diminutas secuencias de vida de un hombre que, ya mucho antes de ser conocido como el “Che”, se había revelado en el seno de su casa paterna como un niño y un adolescente sumamente comprometido más con la humanidad que consigo mismo.

Sus padres lo recordaron siempre como un niño que cedía ropas, calzados y meriendas a otros más pequeños que él, sobrados en carencias materiales y afectivas. Eran las precoces demostraciones de ternura de un ser marcado por la sensibilidad y por la sed de justicia. Valores que lo acompañaron desde sus primeros pasos hasta los pasos de guerrillero que lo dieron de bruces con la muerte, en manos de los esbirros del poder yanqui, cuya idea de opacarlo o de denostarlo se hizo añicos, porque la personalidad y la ética militante, que lo definían y lo distinguían, prevalecieron en su tiempo, hasta nuestros días.

Hoy, Ernesto "Che" Guevara, tendría 93 años. Hoy, anciano, sería un ídolo viviente. Pero su muerte, en manos de los asesinos del país del norte en tierras bolivianas, lo hicieron un mito. Mejor dicho, más que un mito, porque de hecho, su martirio lo hizo más presente aún. A sus victimarios les salió el tiro por la culata. No calibraron lo que ocurriría en los días que siguieron al momento de darle muerte. Porque no calibraron la talla de ese hombre, de personalidad universal y de sentimientos de ternura, no solo para con su familia (que bastante poco lo disfrutó) sino para con la humanidad de su tiempo, y con la humanidad de este tiempo, en el que su aporte de revolucionario eterno dice presente, como si se tratara de su primer día de lucha en contra de las injusticias sociales atosigando al hombre libre. Y sometiéndolo, como ocurrió en aquellos días, y como ocurre hoy, a poco más de medio siglo de su desaparición física.

Ernesto “Che” Guevara ha sembrado desde el momento mismo de su nacimiento. Y aunque visibilizamos su siembra bastante después, él ya estaba dando pasos agigantados y dando bofetadas a quienes no solo lo siguieron en su gran obra de despertar conciencias, confrontando a un enemigo implacable -el capitalismo destructor y maquiavélico de aquellos tiempos- y a un mundo indiferente e insensible, como el de hoy, que asociaba la lucha por la libertad, como una asonada del mal. Pero la asonada no era otra que la de un imperialismo criminal y mafioso, como lo es hoy.

Ernesto Che Guevara 2

El hoy, en el que Guevara no se dice presente, pero que se lo vive muy presente. Tan presente, que a 54 años de habérsele segado la vida, en una escuela, en la soledad de la zona conocida como la Quebrada del Churo, en la localidad de La Higuerita, en Bolivia, (en ese maldito octubre del 67), esa blasfemia a la lucha por la libertad se transformó no solo en un hecho histórico, sino en una bandera.

La bandera de una lucha, con nombre y apellido, a la que se abrazaron hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, de su tiempo y de su época.

La bandera de una lucha con nombre y apellido, a la que hoy abrazan miles de jóvenes, que aún sin verlo sienten que es su bandera, porque ese hombre, traspasando los umbrales de la eternidad, sigue cosechando combatientes, más que antes, sencillamente porque los males de su tiempo en las sociedades de América Latina (y del mundo) se han multiplicado trágica y dramáticamente.

A la memoria viva de Ernesto “Che” Guevara, el revolucionario de los años sesenta (y también médico), debemos todos preservarla y cultivarla, pero no por el esnobismo ni por el iconismo, sino porque cada una de sus acciones, como hombre y como guerrillero, han sido escuela de vida, de lucha y de resistencia, de cara a un poderoso sistema criminal, expandido por tierras sudamericanas y el planeta entero. Un sistema criminal instalado, también hoy, en las sociedades libres y en los gobiernos no tan libres, causando represiones, injusticias sociales y autoritarismos enmascarados, de la mano de fulgurantes democracias envilecidas por los excesos de las hipocresías ya habituales, desde los años previos a la guerra fría, durante ella y después de ella, hasta el día de hoy que redactamos estas líneas.

Los jóvenes del Movimiento Our Voice, en las últimas horas, encontraron en Italia a Aleida Guevara, cuya sola disponibilidad para mirarlos a los ojos, a ellos les significó mucho más de lo que ella por sí misma imaginaría, porque su sola presencia los acercó al hombre cuya lucha y cuya sobriedad militante (sin tiempo y sin estructuras,y en libertad absoluta) se yergue incólume y combativa, para luchar por el “hombre nuevo”, ya no con las armas, pero sí con el arte, el teatro, la danza, la canción, el rap y la música. Y la fortaleza, la valentía y la tenacidad que a él lo caracterizaron en la primera línea de la trinchera en la que se encontraba.

A Ernesto “Che” Guevara, cuyos restos se hallaron en Valle Grande, Bolivia, veinte años después de haber sido asesinado por el despiadado capitalismo (de vigencia absoluta en nuestros días), para ser llevados finalmente a Cuba, no le son necesarios ni elogios, ni homenajes, ni aplausos, ni palabras.

Le hacen falta revolucionarios, para hoy y para mañana.

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*Foto de portada: www.sputnikmundo.com

*Foto 2: Our Voice / Aleida Guevara y jóvenes del Movimiento Our Voice

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