Por Marta Capaccioni y Jamil El Sadi-13 de abril de 2021

Sociedad, ¿de verdad te crees "humana"?

¿Con qué locura incomprensible y desquiciada han llenado las mentes de nuestros jóvenes coetáneos?

Nos espanta lo que sucedió hace apenas unos meses en las afueras de Milán, cuando un centenar de jóvenes (la mayoría menores de edad) de distintas provincias se reunieron para desafiarse en una gran pelea en Gallarate. Animados por un inquietante sentimiento de odio y venganza, se presentaron en el lugar con botellas de vidrio, bates de béisbol y cadenas de hierro. La policía también confiscó dos bolsas dejadas en la calle que contenían garrotes, cadenas, piedras y un cuchillo; un chico de solo catorce años resultó herido y fue trasladado al hospital. Algunos transeúntes, por miedo, se atrincheraron dentro de las tiendas y dijeron que los jóvenes se perseguían, se insultaban, se golpeaban, se empujaban y pateaban.

Naciones, gobiernos, ¿qué han hecho con su gente y sus jóvenes?

Están divididos, ausentes, solos. Con sus esquemas y estructuras perversas solo nos han hecho conocer la inseguridad, el resentimiento y la violencia. No nos reconocemos en sus valores ni en la degeneración de sus principios.

Nos han quitado todo. La espontaneidad y la naturalidad de nuestra juventud, la posibilidad de sentir el verdadero olor de la primavera y de admirar el verdadero color del mar y del cielo. Nos han despojado de nuestras amistades, amores, afectos, robándonos y privándonos de vivir según nuestra verdadera naturaleza.

Nos han ofrecido la superficialidad de la materia al adoctrinarnos con un único modelo de éxito: el del dinero y la fama. Así, con el tiempo y con paciencia, han generado rivalidad y antagonismo entre nosotros, que solo pedíamos ser amigos.

Pero eso no les bastaba.

Han sustituido el agua por el alcohol, autorizándola y convenciéndonos de que era la única forma de estar juntos.

Han legalizado todo lo que es contrario a nuestro cuerpo y a nuestra salud, llenando nuestros puntos de encuentro y nuestras escuelas con cigarrillos y pastillas, para confundirnos, aislarnos y aniquilar nuestra capacidad de pensar. Han enterrado nuestra conciencia en el cemento y no hay mejor sujeto manejable que un individuo despojado de su aptitud para el razonamiento y la expresión.

Nos han dado "juguetes" con los que distraernos, plataformas sociales y pantallas en las que sentirnos menos solos y aceptados, para que perdamos nuestra sociabilidad y nuestra identidad; sobre todo el coraje para manifestarlo. Una única idea de belleza y éxito. Un juego perverso en el que hay quienes aspiran a convertirse en un modelo de vida a imitar y quienes se quedan atrás, atrapados en los engranajes de la máquina. Un pecado para los jóvenes que no encuentran su lugar y deciden quitarse la vida, tirándose desde su balcón o colgándose con los cordones de sus zapatos.

Acostumbrándonos a la violencia y el odio, han normalizado la ira y la prepotencia a través de dibujos animados, películas y programas de televisión. La guerra se vuelve justa, las bombas se transforman en flores y la paz siempre tiene un precio en vidas humanas prescindibles.

Sociedad humana, ¿te das cuenta de lo que has hecho?

Nos hicieron nacer en un mundo ensangrentado por las guerras, destruido por las bombas y corrupto por el poder y el dinero. Cenizas en el cielo y gritos en la tierra. En qué infierno hiciste crecer y madurar a tus hijos, que hoy organizan peleas, normalizando los actos de violencia y odio. Lo que ustedes llaman "camino de reeducación" o "camino de recuperación" para aquellos jóvenes que de hecho todavía son niños, es lo que toda la sociedad necesitaría, y mucho.

Pasando ahora a nuestros pares, no es cierto que no haya alternativas. Nos robaron todo, sí, pero no nuestra voz. Hoy, cada vez más jóvenes de varios países del mundo están retomando las viejas banderas de la resistencia. Son activistas, artistas, cantantes, periodistas de cualquier edad que, con su arte y su talento, exigen verdad y justicia. Hay quienes nacieron bajo los bombardeos israelíes en Palestina y se enfrentan a los militares todos los días. En las plazas y avenidas de las ciudades sudamericanas resuenan las voces de los miles de jóvenes mujeres que cada año se concentran para denunciar todas las formas de violencia y desigualdad. Cada vez son más los activistas que protestan en las plazas del mundo contra el cambio climático, la contaminación, la deforestación, la dominación y la explotación intensiva de todas las formas de vida, animal o vegetal. En todos los rincones de la Tierra, los movimientos antirracistas se agrupan en colectivos nacionales e internacionales, para decir que el color, el origen y la cultura nos caracterizan, pero no nos diferencian como seres humanos. Hay quienes denuncian el tráfico de drogas, armas y desechos tóxicos. Y hay quienes, en nuestro país, hace pocos días salieron a gritar en las calles "fuera la mafia del Estado".

Porque no es cierto que nos puedan reprimir a todos. Ha habido hombres y mujeres que, paso a paso, sacrificando su vida y su juventud, han dejado una huella, conscientes de que sus ideas de igualdad, paz y libertad, iban a sobrevivir al paso del tiempo, intactas y reales como pequeños milagros.

Todavía creemos en esta humanidad. Pero sobre todo todavía creemos en nuestros jóvenes compañeros, dondequiera que estén, en Italia o en el mundo; perdidos, enojados, decepcionados. Les pedimos que transformen ese resentimiento en fuerza, ese desánimo en coraje y ese odio en amor. Les pedimos que llenen el vacío exigiendo a los que gobiernan alternativas, soluciones y posibilidades distintas. Les pedimos que vuelvan a reír y que tengan esperanza.

Porque solo unidos seremos capaces de devolver a cada país ese fresco aroma de libertad y nueva energía capaz de fascinar y arrastrar a naciones enteras hacia el cambio.

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*Foto de portada: www.antimafiaduemila.com

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