Esta ley ha sido votada siguiendo la onda de un racismo y de una xenofobia creciente del que la Lega (partido italiano) es la mejor expresión. El corazón de la ley es que el clandestino ahora es un criminal. Quisiera recordar que los criminales no son los inmigrados clandestinos, sino esas estructuras económico financieras que obligan a las personas a emigrar. El Papa Juan XXIII, en la Pacem in Terris, nos recuerda que emigrar es un derecho.
Entre otras cosas la ley prevé el impuesto sobre el permiso de estancia (¿no están ya bastante presionados los inmigrados?), las rondas, el permiso de estancia a puntos, normas restrictivas respecto a las reuniones familiares y matrimonios mixtos, la cárcel hasta cuatro años para los irregulares que no respetan la orden de expulsión y para terminar la prohibición para una mujer clandestina que da a la luz en el hospital de reconocer a su propio hijo o de inscribirlo en el registro civil. Esta es una legislación de apartheid que viene de lejos: pasando por la ley Turco-Napolitano (políticos italianos) hasta la no constitucional Bossi-Fini (políticos italianos). Todo esto es el resultado de un mundo político de derecha y de izquierda que han puesto en la picota a lavacristales, ambulantes, gitanos y mendigos. Esta es una cultura racista que nos está llevando al abismo de la exclusión y de la marginación.
“Se arriesga de vaciar desde dentro las garantías constitucionales establecidas hace 60 años –así han escrito en su llamado los antropólogos italianso- contra el retorno del fascismo que se reveló a si mismo en las leyes raciales”. Quisiera hacer notar que nuestra Constitución fue escrita en buena parte por exiliados políticos, que regresaron a su patria después del exilio debido al fascismo. Bien dos veces la Constitución italiana habla de derecho de asilo, que el parlamento nunca ha transformado en ley. Y no solo me avergüenzo de ser italiano, sino que me avergüenzo también de ser cristiano: esta ley es la negación de verdades fundamentales de la Buena Noticia de Jesús de Nazareth. Pido a la Iglesia italiana el coraje de denunciar sin medios términos una ley que se da a puñetazos con los fundamentos de la fe cristiana.
Pienso que como cristianos tenemos que tener el valor de la desobediencia civil. Es la invitación que hizo el cardenal R. Mahoney de Los Angeles (California), cuando en el 2006 se debatía, en los Estados Unidos, una ley parecida que definía al clandestino como criminal. En la homilía del Miércoles de Cenizas en su catedral, el cardenal de Los Angeles dijo que si esa ley hubiese sido aprobada habría pedido a sus curas y a todo el personal diocesano la desobediencia civil. Pienso que los obispos italianos tendrían que hacer lo mismo hoy.
Ante esta ley me avergüenzo también como misionero: he sido un invitado de las poblaciones de Africa por más de 20 años, poblaciones que nosotros hoy rechazamos, indiferentes ante las situaciones de injusticia y de pobreza que viven.
Nosotros los italianos tendríamos que recordar esa Palabra que Dios dirigió a Israel: “No maltratarás ni oprimirás al extranjero, porque también vosotros fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto” (Exodo 22,20)”.

Alex Zanotelli
3 de julio 2009

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