No existen fuentes de energía que, usadas masivamente no sean contaminantes, de una forma u otra. Hace algunos años en una región de llanura entre Holanda y Bélgica, dónde azota el viento, se implantaron trescientas enormes torres eólicas. Los habitantes casi enloquecieron. Por el ruido de las aspas y porque estaban acostumbrados a tener frente a sus ojos una ilimitada llanura que ahora la encontraban entrecortada por las torres. Una hoja de papel en una casa es una inocente hoja de papel, cien mil hojas nos sofocan.
No hay nada que hacer. Nadie se atrevió a proponer la solución más obvia: reducir la producción. Éste es el tabú de los tabúes. Porque nuestro modelo de desarrollo está basado en el crecimiento. A cualquier costo. El lector habrá oído decir miles de veces, y no sólo en estos tiempos de crisis, por parte de políticos de derecha y de izquierda, de economistas, de sindicalistas: “Hay que estimular los consumos para aumentar la producción”. Si prestáis atención, bien a fondo, esta frase es absurda. Porque quiere decir que ya no producimos para consumir, sino que consumimos para producir. Que el mecanismo económico no está a nuestro servicio sino nosotros al suyo. El crecimiento no es un bien en sí mismo. Incluso el tumor es un crecimiento: de células enfermas. El tumor de la hiper productividad terminará por destruir el cuerpo en el cual ha crecido. No porque faltarán las fuentes de energía ni las materias primas como en 1972 se calculaba que ocurriría antes del 2000 en el libro-documento del Club de Roma llamado 'los límites del desarrollo' (si le hubieran atinado nos habríamos visto obligados a autoreducirnos a tiempo): probablemente la tecnología sea capaz de resolver este problema. Pero por una razón contraria. Un modelo que se basa en crecimientos exponenciales, que existen en la matemática pero no en la naturaleza, cuando ya no pueda seguir creciendo, porque no encontrará mercados en los cuales colocar sus productos, implosionará sobre sí mismo. Será un tsunami económico planetario. Éste es el futuro previsible. Pero nos basta el presente. La despiadada competencia económica entre Estados – ésta es, en síntesis, la globalización – pasa a través de la matanza de las poblaciones del Tercer Mundo y ahora también del Primer Mundo. En términos de más trabajo, más esfuerzo, de estrés, de angustia, de un perenne péndulo entre neurosis y depresión en una falta de equilibrio y de armonía que ha terminado por involucrarnos a todos. Y los mismos autores de 'los límites del desarrollo', que no eran talibanes, sino científicos en su mayoría americanos, del mítico MIT, por lo tanto eran positivistas, no desarrollaban el tema sólo en términos técnicos, sino humanísticos y para concluir su documento escribieron: “Es necesario que el hombre analice dentro suyo los objetivos de la propia actividad y de los valores que la inspiran, más allá del mundo que se se predispone a modificar, incesantemente, ya que el problema no es sólo el de establecer si la especie humana podrá sobrevivir, sino también, y sobre todo, si podrá hacerlo sin caer en una existencia indigna de ser vivida”. Pero no fueron escuchados. Corre, corre la 'sociedad del bienestar', con su sol enfrente y sus inatacables certezas, y como un toro enfurecido, ni siquiera se da cuenta, mientras ya se desangra, de que en todo caso, al final no tan lejano del camino de los crecimientos exponenciales le espera la espada del matador.
Por Massimo Fini
IL FATTO QUOTIDIANO 9 ABRIL 2011

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