Por Victoria Camboni y Alejandro Díaz-11 de setiembre de 2021

Hay días que fracturan la historia y el 11 de setiembre de 2001 fue uno de esos días. A las 9:02 de la mañana el mundo vio en vivo la colisión del vuelo 175 de United contra la torre sur del World Trade Center en Nueva York. Mientras el desconcierto se apoderó de la audiencia ante la humareda que envolvió a la torre norte, los titulares de los noticieros presumieron un accidente, un incendio, hasta quizás una explosión de gas. Fue en ese momento que el segundo avión entró en escena,y el atentado fue innegable y las pensadas consecuencias, inevitables.

Aquel día cuatro aviones comerciales fueron secuestrados para ser estrellados contra una serie de objetivos claves en la estructura social y cultural de los Estados Unidos: las Torres Gemelas, el Pentágono y el Capitolio, aunque este último no llegó a concretarse debido a que el vuelo se precipitó antes. Aquel día el orgullo norteamericano quedó mancillado. Las imágenes saturadas con gestos de desconcierto, rostros cubiertos de polvo, sudor y sangre, hacían de la escena una zona de guerra.

Más de 2.600 personas perdieron la vida cuando las Torres Gemelas colapsaron, más 14 mil heridos y millones de traumatizados en todo el mundo redondearon las estadísticas. Decir que fue el peor atentado terrorista, o el más numeroso, sería, lamentablemente, anteponer una vida sobre otra, y para eso sería necesario acotar el significado del terrorismo a la agenda política de occidente. Pero más allá de contemplar la verdadera naturaleza de los autores del atentado, hayan sido o no miembros de una célula islámica radicalizada, más allá de contemplar los fenómenos físicos del impacto de los aviones -hayan sido o no los causantes del derrumbe de las Torres Gemelas-, lo que sí es cierto, fuera de toda duda, es que el terror fue sembrado en el corazón de las personas y, lamentablemente, no solo en el de los estadounidenses.

El 20 de setiembre de 2001, el entonces presidente George W. Bush, quizás uno de los genocidas más grandes que conozca la historia moderna, en conferencia de prensa anunció la “guerra total contra el terrorismo”. En aquel discurso sentenció la vida de millones para los próximos años. Al comienzo del discurso dejó en claro que no habría medios, solo fines: “Llevaremos a nuestros enemigos a la justicia, o llevaremos la justicia a nuestros enemigos, pero la justicia será”. Luego dejó en claro que aquel acto “terrorista” era un acto de guerra, con la particularidad de que no había un enemigo en forma de nación; el enemigo era “una serie de organizaciones terroristas afiliadas a una red conocida como Al Qaeda”.

A partir de ese momento, Al Qaeda y Osama Bin Laden se convertirían en el mantra de los medios de comunicación hegemónicos de occidente, aquella estructura que ‘fue capaz de organizar y cometer’ el ‘peor acto terrorista de la historia’ sin salir de las cuevas en las que desarrollaba su cultura. Bush definiría en aquel discurso a esta red de manera simple, entendible para un público de masas: “Al Qaeda es al terror, lo que la mafia es al crimen”. Si hubiera invertido los mismos esfuerzos en “invadir” Italia para destruir a la mafia, que es una organización criminal que implementó una modalidad terrorista durante años, el presente de Italia sería otro, aunque en cierto aspecto, en la avanzada de violencia Italia también sería invadida.

Aquel día, los Estados Unidos con Bush a la cabeza le declararon la guerra al mundo, a cualquier mundo que no fuera el de ellos; una guerra sin tiempo, sin límites, ni geográficos ni morales. “Cada nación de cada región deberá tomar ahora una decisión: o están con nosotros o están con los terroristas”, fueron sus palabras.

El 11 de setiembre de 2001 precipitó, siempre y cuando no se confirme (oficialmente) que fue un autoatentado, una serie de mecanismos, legales o amparados por la legalidad del secretismo al menos, abocadas lisa y llanamente al control social, a la manipulación de masas; en definitiva, a incrementar la injerencia y el poder de condicionamiento de una sociedad históricamente imperialista. Porque quizás, el atentado a los Torres Gemelas haya sido único en su especie, en su dramatismo, en su simbología y a prima facie justificaría cualquier tipo de reacción, hasta incluso la “presión” sobre otros territorios. Pero la historia nos demuestra, la historia de los Estados Unidos nos demuestra, que cualquier tipo de reacción no es para ellos una anomalía, sino una normalidad. Antes que la emergencia y el terror del terrorismo, existió la emergencia y el terror de las drogas, y antes que esta existió la emergencia y el terror del comunismo, y así sucesivamente hasta llegar a los tiempos donde la justificación era simplemente la supremacía de razas. Desde siempre los patrones fundadores de los Estados Unidos invadieron, saquearon, devastaron, violaron, asesinaron y destruyeron territorios, culturas, historias y millones de vidas. Antes que el terrorismo islámico estuvo Colombia, Nicaragua, Panamá, Vietnam, Cuba, Japón, Venezuela. La lista es muy larga, la secuencia lógica es siempre la misma, y el resultado un riesgo de colapso civilizatorio permanente.

A partir del 2001 se disparó un proceso de control social, militarizado, a nivel mundial. Los aeropuertos y zonas de tránsito permanente se convirtieron en puntos de control en el mejor de los casos y en puntos de segregación racial en el peor de ellos. La comunidad árabe y árabe descendiente padeció, y padece, la carga estigmatizante de los inocentes que en algún momento cargó el pueblo judío durante el holocausto, o el pueblo armenio, o los tutsis, o los mexicanos, por nombrar solo algunos de los pueblos oprimidos por el imperialismo.

Programas de recolección masivas de datos, y espionaje mundial serían desde entonces defendidos a capa y espada por una población ignorante y temerosa que permanentemente entrega sus hijos al Ejército estadounidense, para ir a asesinar a jóvenes al otro lado del mundo que ninguna ofensa le han cometido.

Esta guerra sin fronteras es una amenaza mundial, no solo para los terroristas, culpables o no, sino para los propios pueblos que accedieron a adoptar y reglamentar las políticas y leyes antiterroristas que justifican, o que buscan justificar, las detenciones arbitrarias y los juicios sumarios. Solo un ejemplo: a raíz de estos convenios en legislación antiterrorista es que el gobierno argentino, durante la gestión de Mauricio Macri, identificó a la RAM (Resistencia Ancestral Mapuche) como una organización terrorista, que sirve en los discursos como patrón que justifica el avasallamiento que sufre el pueblo mapuche a uno y a otro lado de la cordillera. Los protocolos de seguridad en materia antiterrorista implican no solo el secuestro de una persona, sino también su traslado a “zonas seguras”. Desde entonces proliferan sin cesar los ‘black sites’ de la CIA, como Guantánamo, donde cientos de jóvenes (no hay una cifra exacta) en su mayoría, son torturados, asesinados y desaparecidos. Tampoco, ninguna novedad en la historia estadounidense.

La invasión a Afganistán primero, e Irak, después, instantáneamente fueron algunas de las consecuencias más dramáticas extra territorio norteamericano, del 11S. La ocupación militar, pese a los gobiernos “democráticos” instaurados de facto, se sostiene gracias a la militarización, cada vez más profesional de aquellas redes de terroristas, que, a pesar de desarrollar estructuras más complejas y técnicas, no vuelven a consolidar actos terroristas de la envergadura del de las Torres Gemelas. Una serie de atentados, de menor escala y más simples en cuanto a logística, pero no por eso menos graves o condenables, se replican en las ciudades europeas fomentando no solo el discurso racista y fascista, sino la participación directa de los ejércitos de la OTAN en la militarización de medio oriente. Es así como, sin haber recibido ningún atentado de origen islámico, Italia se suma a la cruzada patronal y ofrece su territorio como portaaviones, como tantas otras veces lo ha realizado, como durante la invasión a Libia o durante la Segunda Guerra Mundial en el desembarco aliado.

Hubo que esperar hasta el 2010 para que la audiencia de masas pudiera ver la verdad que millones padecían como consecuencia directa de la guerra contra el terrorismo. En aquel año, el portal WikiLeaks publicó una serie de documentos y cables oficiales clasificados de los Estados Unidos, donde quedaron evidenciadas no solo la persecución y hostigamiento contra el mundo árabe, sino contra todo el mundo. Todos somos espiados, todos somos potenciales víctimas del terrorismo de Estado impuesto por la secuencia de gobiernos genocidas elegidos por la democracia estadounidense. El video “Collateral murder” (“Asesinato colateral”) se hace público desde el portal del periodista Julian Assange, donde desde un helicóptero militar estadounidense se filma el atentado y ejecución a sangre fría de un grupo de civiles entre los que se encontraban dos periodistas de la agencia Reuters y dos niñas, motivo por el cual Assange corre el riesgo de padecer una condena a 175 años de prisión, condena que pesa sobre él y que lo mantiene encarcelado aún sin sentencia.

Este video, entre otros numerosos materiales que se darían a conocer luego, muestran claramente y sin posibilidad de otro tipo de comprensión, que el Ejército de los Estados Unidos dispone sistemáticamente de la más alta tecnología y equipamiento militar para desplegar operaciones de ejecución sumaria, focalizadas o mediante bombardeos, en cualquier lugar del mundo de manera profesional y efectiva. Los Estados Unidos pueden asesinar a quien sea, donde sea.

Lamentablemente las cifras de víctimas inocentes son incalculables y estimativas. Diferentes organizaciones humanitarias y universidades calculan más de 350 mil víctimas como consecuencia de la invasión de la OTAN en el mundo árabe. Aproximadamente 45 mil personas, entre las que se encuentran miles de niños, fueron asesinadas por los bombardeos estadounidenses, muchos de los cuales han sido ocasionados por aviones no tripulados -drones-, que despliegan la diferencia de clases y de razas sobre los territorios y las poblaciones más pobres del planeta. La destrucción estructural de ciudades enteras llevadas a cenizas hace ver la demolición de las Torres Gemelas como un evento menor. Lamentablemente, nos vemos obligados a minimizar la muerte de miles de inocentes ante el silencio que estos genocidios contemporáneos expresan a su alrededor. Este último 11 de setiembre, fecha en la que también fue atacada y asesinada la sociedad chilena de Allende, no podemos darnos el lujo de llorar por el justificativo de una máquina de guerra y muerte. La violencia es una espiral que se retroalimenta de la ignorancia y la venganza. Aquellos que priman los discursos de libertad, y que en las últimas horas difunden sistemáticamente la censura del opresor talibán, son los mismos que construyen muros de silencio alrededor de periodistas como Assange, o activistas sociales como Berta Cáceres, o funcionarios judiciales como Paolo Borsellino, o de militares al servicio del pueblo como Carlos Prats, entre otros.

Semanas atrás, el anciano decrépito Joe Biden, actual presidente de los Estados Unidos, oficializó la retirada de las tropas norteamericanas de Afganistán. 20 años de ocupación, 20 años de destrucción estructural, 20 años de destrucción cultural, 20 años de genocidios sobre una población que no vivía en los tiempos de las supuestas ofensas, 20 años de supervisión policial que no derrotó al terrorismo, 20 años de controles regionales y fronterizos que no detuvieron el narcotráfico, 20 años de una mentira que fue y es sostenida por cada uno de los países que no se enfrentaron al terrorismo capitalista, 20 años de gobernantes que robaron a millones de jóvenes su juventud y sus vidas, en virtud de un discurso libertario que nada debe envidiar a las fábulas yihadistas.

“Después de consultar de cerca con nuestros aliados y socios, con nuestros líderes militares y profesionales de inteligencia, con nuestros diplomáticos y expertos en desarrollo, y con el Congreso y con la vicepresidenta, he llegado a la conclusión de que es hora de poner fin a la guerra más larga de Estados Unidos. Es hora de que las tropas estadounidenses regresen a casa (…). No será una salida apresurada, lo haremos responsablemente y de forma segura. Y lo haremos en plena coordinación con nuestros aliados y socios, que tiene ahora más fuerzas en Afganistán que nosotros (…). Fuimos a Afganistán por un terrible atentado que ocurrió hace 20 años. Eso no puede explicar por qué deberíamos permanecer allí en 2021”. Estas fueron las palabras de Biden al anunciar el cierre de operaciones y la retirada de tropas de Afganistán.

Otra vez, como ya es normal en la historia estadounidense, sus tropas se retiran militarmente derrotadas, al menos en contemplación de los objetivos que se habían establecido, dejando detrás una sociedad aturdida y avasallada, dependiente de su asistencialismo económico y de sus estructuras sociales. Cientos de organizaciones civiles y sociales se retirarán bajo el desamparo policial que la retirada de las tropas implica. Los inocentes dejados en situación de abandono frente a un enemigo que se alimentó, consciente o inconscientemente, de la carrera armamentista que la principal potencia militar del mundo le impone, a los demás jugadores geopolíticos en la región. Otra vez, como ya es normal en la historia norteamericana, se difunden imágenes de una aeronave escapando de la zona de conflicto, con cientos de civiles que corren a última hora huyendo del mal que se avecina. Otra vez faltan las disculpas, que evidentemente no serían suficientes. Lamentablemente la maquinaria bélica no se desarma, simplemente se retira a descansar en el mejor de los casos, a reagruparse para volver a atacar, en el peor de los casos.

Asumiendo inocentemente que el atentado a las Torres Gemelas fue un acto de venganza, ya no habría más que recordarlo como un lamentable hecho, y no más. Asumiendo inocentemente que la retirada fue un acto de arrepentimiento, no queda más que esperar que no vuelva a repetirse. Este constante gesto de fracaso del imperio.

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*Foto de portada:

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