¿Sabemos verdaderamente -con la mano en el corazón- lo que se siente en el cuerpo cuando se pasa hambre? Creo que la gran mayoría no lo sabemos, salvo quienes realmente viven, en carne propia, esa terrible circunstancia, biológica y social; salvo, quienes en el día a día ven, con ojos desorbitados, que los dineros en su poder no alcanzan como mínimo para dar a su familia un alimento modesto; y salvo, quienes viven en situación de calle, cuyo destino cotidiano, consistirá inevitablemente, en juntar alimentos de los contenedores de basura o en su defecto, esperar, ansiedad mediante, de la buena voluntad del vecindario o de grupos de activistas -laicos o religiosos- que les acercarán alimentos, para sobrevivir la jornada; al día siguiente se verá qué hacer. Tal el demoledor estado de situación -hoy por hoy- de los sectores más vulnerables (y no tan vulnerables) de la sociedad argentina, dentro de sus límites territoriales. Una Argentina que se viene desmoronando a paso veloz; ese paso veloz que es fiel testimonio de que el gobernante de turno -Javier Milei, y su equipo de gobierno- no solo poco les importa esa multiplicidad de realidadea, sino que además, cada día que pasa, las agudizan dramáticamente, imponiendo medidas económicas de un neoliberalismo desangrante y perverso; de cuño yanki, obviamente.
Un contexto de estallido social, donde el hambre y las necesidades humanas se dan la mano dando forma a un micromundo de la desesperación; esa desesperación que se extiende por un país donde su población vive meciéndose en en el péndulo de la mayor de las catástrofes sociales que Argentina registra en su historia, al menos en los úiltimos 25 años, porque hubo otra crisis en su antesala: la crisis de comienzos del 2000 con el gobierno de De La Rúa, represiones policiales de por medio, tal como ocurre en la administración actual, en la que la violencia estatal, parecería ser una de sus más predilectas opciones.
Pero las resistencias, casi proporcionalmente a todos estos abusos, autoritarismos e insensibilidades, felizmente no están ausentes; entre los argentinos, hay quienes, además de soportar estóicamente estos exhabruptos -cuasi criminales- del capital financiero internacional, rector del quehacer gubernamental, han optado por la lucha, felizmente en diferentes ámbitos: el gremial, el estudiantil, dentro del amplio espectro de los sacerdotes en opción por los pobres, y entre los activistas y organizaciones de Derechos Humanos más mediáticos, que obviamente viven su compromiso con un nivel de conciencia admirables.
Uno de estos ejemplos, que no podemos ignorar es el que protagonizó recientemente el argentino premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, de 94 años de edad, quien llevó adelante un ayuno -por espacio de una semana- contra el hambre del pueblo, tal como fue oportunamente anunciado en la histórica y emblemática Plaza de Mayo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, CABA, donde en más de una oportunidad ha sido el escenario de movilizaciones populares de gran significancia política, y de lucha social de primera línea, como por ejemplo la que llevaron adelante (en los primeros meses de la dictadura militar, empresarial y eclesiástica) las valerosas madres de los muchos desaparecidos, que merecidamente fueron conocidas mundialmente como las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
Cincuenta años después de esa resistencia, y a poco de cumplirse los tres meses del pasado 24 de marzo, día en que el pueblo argentino expresó, sin silencios ortodoxos y complacientes, su airado repudio al negacionismo estatal sobre los desaparecidos a quienes también honró y recordó merecidamente, el pueblo argentino, que vive otra nueva estocada del poder, vive otra vez máa una férrea resistencia; valerosa y tenáz, fiel a su aservo genético como pueblo combativo que ha sido siempre, en todos los momentos de su historia.
Adolfo Pérez Esquivel, quien en los años 70 sufrió prisión, tortura y estuvo a punto de ser uno de los tantos luchadores que fueron tirados desde aviones a las aguas del Río de la Plata, en ocasión de su huelga de hambre, arengó a sus conciudanos, con expresiones contundentes: “Estos días son para despertar la conciencia; esto va a cambiar cuando el pueblo se ponga de pie y diga basta”; “El pueblo está en un estado de indefensión total, la única forma de revertir esto es unirnos, no desde las violencia, sino desde la rebelión de conciencias para que comencemos a pensar y actuar”. Y por si fuera poco, en uno de los tramos finales de su intervención calificó al presidente libertario Milei “como un sirviente del imperio norteamericano que no puede hablar en nombre del pueblo argentino, ni de los pueblos de América Latina”.
Si el Premio Nobel de la Paz , micrófono en mano, en Plaza de Mayo, fue sobradamente elocuente, estando acompañado por integrantes de la Mesa Ecuménica, un movimiento que busca la democracia, la vida y el bien común, los curas en opción por los pobres redoblaron esa resistencia al punto que uno de sus referentes, “Paco” Olveira declaró sin reservas: “Estamos naturalizando un genocidio por goteo”, en oportunidad del ayuno que también llevó adelante la Mesa Ecuménica, también en Plaza de Mayo.
La urgencia social, la violencia estatal, y la perversidad -ya recurrente y habitual desde que a la Casa Rosada llegó Javier Milei- de los recortes presupuestales que se han hecho -por orden del Ejecutivo- en áreas como la salud, la educación y la asistencia social, hacen que la convivencia entre los argentinos tenga su tinte dramático -y obsceno- cuando una voluminosa clase media empobrecida debe coderarse en calles y plazas con quienes poseen economías fuertes, y un muy buen pasar ciudadano, que además sugiere ostentación y en ocasiones destila discriminación, rascismo y una burda secuencia de destrato, por quienes están en situación de calle “sobreviviendo” en el día a día..
Pero el estallido social, al que hacía referencia al comienzo, vive su tenso dramatismo y las resistencias se multiplican, y las apreciaciones de los curas de la Mesa Ecuménica se suman y no se resienten, sino en contrario, se tornan más incisivas; por ejemplo, el sacerdote Rodolfo Viano, quien al igual que su colega, el religioso Olveira, fue gaseado y reprimido por la Policía de la Ciudad, afirmó: “Milei le tiene miedo al pueblo”
En otro escenario porteño, vale decir la Universidad de Moron, otra voz se sumó a la resistencia, pero abogando el derecho de defender a los más vulnerables; se trata del camarista federal Alejandro Slokar cuyas palabras retumbaron en una de las aulas del edificio universitario, en ocasión de recibir el galardón de doctorado honoris causa.
El periodismo argentino tomó sus palabras en el curso de una conferencia de prensa: “Sin justicia social, cualquier proyecto de país es inviable” afirmó Slokar, quien es además integrante de la Cámara Federal de Casación, uno de los máximos tribunales penales de Argentina, y docente titular de la Universidad de Buenos Aires.
“La Justicia social constituye la dimensión más excelsa de la justicia, y es una condición irrenunciable para la conformación democrática de una Argentina moderna, integrada, minimamente viable”
Y agregó: “La civilización no eligió el ´salvese quien pueda’ de la barbarie” señalando por ejemplo que “cuando los recursos para la supervivencia son escasos, el amparo prioritario debe ser para los más vulnerables”; “ Y si la economía regula la escaséz, el derecho gestiona la dignidad. La justicia social constituye el presupuesto de legitimidad del sistema político-institucional que se garantiza fundamentalmente cuando el Poder Judicial activa enérgicamente su imperativo decisorio”.
Un titular periodístico, que alude a la inseguridad alimentaria, dice “En Provincia de Buenos Aires, 4 de cada 10 familias deben comer menos para pagar sus deudas”; se consigna además que en el 86% de los hogares se vive el strés económico mensual debido a la brutal caída de los ingresos, reflejando la severa crisis laboral; y esto hace, así al menos se ha venido denunciando en los últimos meses, que la falta -o la reducción- de los ingresos hace que la carga social sea mayor cada día.
Las y los jefes de hogar viven horas, días y semanas de un dramatismo que aquí desde nuestra redacción nos resulta difícil describir; porque sus situaciones son extremas, y tanto que requieren urgentes soluciones.
La radiografía social de los organismos especializados en calibrar los problemas sociales, para medir y orientar eventuales diálogos sociales con el gobierno, los que de hecho parecen no existir, no se cansan en señalar a los medios de prensa que tener empleo registrado ya no es garantía y que la realidad social en los barrios de la provincia, que está gobernada por Axel Kicillof, alcanzó un umbral crítico, siendo muy alta la recesión y brutal la caída del poder adquisitvo; en consecuencia, en un estudio hogar por hogar, se ha observado, que la mayoría de las familiar bonaerenses viven un estado de vulnerabilidad galopante.
Hay informes que tienen los medios de prensa en los cuales se consigna que para que una familia pueda llegar a fin de mes, literalmente debe endeudarse, recortando gastos que no son esenciales. Y es ahí que surge una cifra estremecedora, que evidencia la vulnerabilidad predominante: prácticamente solo un 2% vive con comodidad, y lo que es más, con la posibiidad de tener una respetable capacidad ahorrativa.
En la plaza comercial, se ha naturalizado , por cierto, el crédito bancario, pero también al “fiado”, es decir, a llevar los alimentos preferentemente con la promesa de abonarlos días después, o más específicamente a fín de mes, siempre y cuando se tenga un trabajo formal, como mínimo.
Abudan las tarjetas y quienes no las tienen, o están con efectivo muy escaso, no tienen otra opción que asistir a los comedores comunitarios, merenderos, pidiendo ayuda a familiares. Solo para lograr alimentos; es decir solo para no pasar hambre.
El hambre que atenaza y hace temblar el estómago; temblor que se extiende al cuerpo y que lacera las emociones, y desata tempestades en la razón, erosionando los vínculos sociales, con el debilitamiento a flor de piel y las ansiedades aguijoneándoles la calidad de vida.
Hay quienes saltan las comidas diarias; que en vez de cuatro serán tres o incluso solo dos; y si hay niños, ellos serán la prioridad, obviamente. No obstante, en esos mismos barrios o en el centro porteño, restaurantes, parrilladas , pizzerías y confiterías, atienden a un numeroso público -turismo de ocasión, preferentemente- como si no pasara nada; pero igual los propietarios y mozos, saben que la realidad de las mayorías es otra, en particular inclusive, del propio personal que está en ese rubro; un rubro que es testigo diario de la coexistencia entre los que pueden y los que no pueden.
El termómetro social, en la Argentina de hoy, marca, en rojo, un solo parámetro: hay una aguda inseguridad alimentaria, porque todo allí en ese país, es inseguro; todo.
De lo que ocurre hoy en la Argentina, solo ríos de tinta y horas y horas interminables de televisión y radio podrían dar un resumen cabal de la situación, sin perjuicio, claro está, de que los medios -que por circunstancia conyuntural empresarial, tomada de la mano del oficialismo- hagan igualmente sus recortes necesarios para que los hechos -los dramáticos hechos sociales- no se visibilizen debidamente a la Argentina misma o al mundo entero.
Si bien el gobierno mileista hace ajustes a troche y moche, orientando su economía para afrontar el pago de deudas, sin apartarse de los lineamientos de procedencia estadounidense, que les son impuestos, triturando educación, salud, jubilacions y políticas sociales, desde el sillón de la gobernación de Buenos Aires, su titular, Axel Kicillof, sigue dejando vía libre para que a nivel laboral, se sigan consumando , casi a diario, los temibles despidos, las suspensiones, los cierres de empresas y además el ajuste a los docentes, retirando ayudas sociales a las escuelas públicas.
A la miseria, al hambre, la desocupación, pero además, la inestabiidad social, se suma otro episodio que incide mucho en la tarea de conocer realidades y situaciones: el amedrentamiento y el ataque al periodismo, con el solo cometido de evitar que se informe públicamente sobre los despojos que se vienen realizando desde el mileísmo.
En torno este punto, la colega Inés Hayes, que escribe para Página 12, y otros medios, es muy precisa; hace foco en lo medular:“No quieren que informemos
del despojo que están haciendo del país”.
Hayes no dejó en el tintero que los trabajadores de la prensa, son igualmente víctimas de un mileísmo asfixiante: represiones y ajustes salariales, llegando a la lamentable conclusión que el periodismo , la “libertad de expresión” también está bajo fuego estatal; lo que significa, que el arte´, la literatura y el periodismo militante, deberán redoblar filas y estar más unidos.
Pero unidos de verdad; no es una metáfora, dado que Milei y su plan de acción no lo son; más bien, hacen un hecho concreto: desmantelar perversamente a todo un pueblo de un immenso país, que está perdiéndose segundo a segundo, con el costo del sufrimiento ciudadano; perdiéndose o más bien, extinguiéndose.
La huella de Milei, será profunda y de su legado, mejor ni hablar. Será una carga harto difícil de llevar y destronar ¿O capáz pueda ser posible destronarlo?.
Lo primero, será, tomar conciencia, estar unidos y vivir una rebelión de conciencias, como bien lo decía Adolfo Perez Esquivel
*Foto de Portada: Imagoeconómica /Antimafia Duemila