Vi a un niño.
Tenía cinco años.
Detrás de él había una cortina, si es que aún se puede usar esa palabra, un jirón de tela deshilachada y arrugada, como una bandera de rendición izada por la mismísima pobreza. No era un hogar. Era una apología del hogar. Temblaba tras él como avergonzado de seguir en pie.
El niño había perdido un ojo. No por enfermedad. No por destino. Sino por la guerra, esa invención de los adultos, perfeccionada por cobardes y pagada por niños.
Hablaba en voz baja. Dijo que jugar se había vuelto difícil. Que los otros niños le tenían miedo. Que ahora jugaba solo a menudo. No hablaba de dolor. No hablaba de sangre. Hablaba de soledad.
Y en ese momento comprendí que la mayor herida que le infligieron no fue la pérdida de un ojo, sino el exilio de la infancia misma. Porque la infancia no son solo años. Es comunión. Es el derecho a acercarse a otro sin miedo, a ofrecer un juguete, a compartir una risa sin explicaciones.
Entonces llegó la pregunta, ah, esa terrible pregunta, agudizada por la indiferencia del mundo: "Si quien te arrancó el ojo viniera a pedirte perdón, ¿qué harías?"
Me preparé para la ira. Esperaba el clamor de justicia. Esperaba el eco de los siglos, la protesta del violado.
Pero el niño respondió con una frase tan pequeña que me destrozó. "Pediría perdón".
No dijo perdonar. El perdón pertenece a los profetas, a los santos, a los jueces que se yerguen sobre el abismo. El perdón es una montaña.
Pero "pedir perdón" es una palabra que se dice a la altura de las rodillas. Una palabra que usan los niños cuando son heridos por quienes más aman. Una palabra susurrada no para absolver la culpa, sino para poner fin a la separación. Una palabra que significa: por favor, no me dejes solo.
Este niño no buscaba justicia. Buscaba compañía.
No pidió que le devolvieran el ojo. Pidió que el mundo dejara de asustarlo.
Y en ese instante, vi a Cristo, no crucificado en un madero, sino de pie ante nosotros, sin un ojo, envuelto en polvo y lino, ofreciendo la reconciliación a quienes ni siquiera la habían pedido. No poniendo la otra mejilla, sino ofreciendo lo que quedaba de su rostro.
Dime, tú que hablas con tanta facilidad de enemigos y terroristas: ¿qué arma lleva un niño así?
¿Qué amenaza representa un niño de cinco años que solo pide paz?
Si este niño es un enemigo, entonces la humanidad misma es culpable. Si este niño es un criminal, entonces la justicia se ha vuelto loca. Si este niño merece la ceguera, entonces el mundo merece la oscuridad.
Les pregunto, ¿cómo pudo la civilización perfeccionar sus herramientas con tanta precisión que puede arrancarle un ojo a un niño y aun así llamarse moral?
Me avergüenzo de este mundo. Me avergüenzo de sus banderas, sus discursos, sus excusas.
Este niño no debería vivir en una tienda de campaña.
Debería vivir en un jardín.
Y si después de esta guerra se permite una guerra más, entonces no me hablen de progreso, ni de ley, ni de Dios.
Porque la verdadera medida de un mundo no es cómo castiga al culpable, sino cómo protege al inocente.
Y este mundo le ha fallado.
*#GazaFerito
*De: x.com/ezzingaza