apartheid1Sin desmerecer aquellos increíbles logros y los incuestionables avances que ha experimentado Sudáfrica, la realidad señala que el milagro quedó a medias para millones de sudafricanos. Pese a la reducción de la pobreza del 51 al 41% y la construcción de casi tres millones de viviendas sociales, más de un millón de familias viven aún en chabolas, el paro supera el 25% y 10 millones de personas viven con menos de un dólar al día.
chabola1Subiendo la empinada calle John F. Kennedy, en el sur de Durban, la tercera ciudad de Sudáfrica, se llega al barrio de chabolas que, paradójicamente, lleva el nombre del presidente de EEUU que prometió acabar con la pobreza en el mundo. Aquí está la sede de Abalhali baseMjondolo, movimiento de chabolistas con miles de seguidores que se enorgullece de estar tras algunas de las protestas que recientemente han sacudido el país. Desde la parte alta del barrio se ve el enorme basurero colindante y más allá los inmensos rascacielos y la magnífica bahía de chabola2Durban. S’bu Zikode, el presidente, recuerda que hace más de 20 años que ocupan estas tierras: «Cuando empezamos a luchar estaba el apartheid. Hoy está el CNA [el gobernante Congreso Nacional Africano], pero nosotros seguimos igual», explica con una mezcla de rabia y cansancio.
¿Qué significa exactamente «igual»? «Vivir en una chabola –sigue– implica sufrir la lluvia y el frío, correr el riesgo de morir en un incendio o de cualquier enfermedad porque las cloacas son al aire libre, y compartir un baño químico y un grifo con miles de personas». «Que nos den la tierra» Zikode se enfurece cuando cuenta que el Gobierno, en vez de cumplir su promesa de construir casas para todos, les quiere echar. «Al menos que nos den la tierra y ya haremos nosotros las casas», concluye.

Excepto un coche calcinado y restos de neumáticos de las barricadas, nada indica que hubo una violenta revuelta en Diepsloot (norte de Johannesburgo) días atrás. Aquí viven cerca de medio millón de almas, una cuarta parte de ellas en chabolas de lata y cartón. «Los cortes de luz son habituales, nadie tiene trabajo y los concejales se venden las viviendas sociales», dice Bushy, que llegó hace años procedente de Soweto. Allí participó, con apenas nueve años, en revueltas contra el apartheid. Hoy, aunque no lo admite abiertamente, apoya los motines contra el Gobierno al tiempo que afirma haber votado por el presidente Jacob Zuma, una contradicción que, en Sudáfrica, nadie parece tener en cuenta.
La chispa que prendió esta vez la mecha fue el intento municipal de echar a 300 familias de sus chabolas para construir unos pisos que no podrán comprar. «Llegué aquí en el 2001 porque me prometieron una vivienda en tres meses», cuenta Angie, madre de cinco hijos.
Las condiciones de los habitantes de John F. Kennedy y de Diepsloot son una triste realidad para millones de sus compatriotas. Gente que luchó contra el apartheid con la esperanza de mejorar sus vidas. Hoy, la diferencia entre ricos y pobres es mayor que hace 15 años.
El estilo de vida de los jefes del CNA está «tan alejado del sudafricano corriente como podía estarlo el de los dirigentes del apartheid», dice el periodista Max Du Preez. Pero la diferencia es que el CNA «prometió acabar con la pobreza y no cumple. Son los propios votantes del CNA los que se sublevan».

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