Por Saverio Lodato-22 de junio del 2021

Meditamos fríamente, después del aniversario, las palabras del jefe de Estado Sergio Mattarella, pronunciadas en la sala búnker de Palermo, con motivo del vigésimo noveno aniversario de la masacre de Capaci.

Como no es un aniversario "redondo" -o será el próximo, cuando se cumplan 30 años del asesinato de Giovanni Falcone, Francesca Morvillo, Rocco Dicillo, Antonio Montinaro y Vito Schifani-, el jefe de Estado podría haber hecho oír su voz en forma "remota", y nadie hubiera cuestionado esta elección, dadas las restricciones que estamos atravesando.

Mattarella, en cambio, quiso estar allí y no -en nuestra opinión- por un deber ritual o por la habitual inyección de retórica de la que las instituciones difícilmente han escapado en ocasiones como esta. Intentaremos explicar por qué.

Fueron dos los pasajes claves de su discurso, modulados en no más de una docena de minutos.

El primero está íntegramente contenido en esta frase: "La mafia aún existe, no ha sido definitivamente derrotada".

Parecerían palabras obvias, trilladas y tímidas, si este no fuera el país donde tantos trombones suenan la música de una mafia derrotada.

Y serían palabras obvias, si este no fuera el país en el que la mayor parte de la información calla, ignora o minimiza el fenómeno, con el pretexto, cínicamente construido en el laboratorio, de que los italianos se han cansado de este tema tratado hasta el infinito, bueno solo para veteranos nostálgicos, víctimas inconsolables, tan viejos y rancios que han perdido el atractivo de la actualidad, tótem apasionante, como ya se sabe, para los que pretenden informar.

Mattarella recordó minuciosamente los grandes éxitos logrados desde entonces, tanto en términos del compromiso represivo (y no solo) del Estado, como en términos de ampliar una conciencia generalizada que finalmente ya no esté sujeta a los valores mafiosos.

Y en este país nuestro que tiene prisa, sintió la necesidad de recordar a Antonino Caponnetto, el jefe del pool antimafia de Palermo, quien, mientras sus fuerzas lo acompañaron, primero hizo de escudo a la obra de Falcone y Borsellino, y luego se dedicó al recuerdo de su sacrificio.

Finalmente, está el segundo pasaje clave del discurso del jefe de Estado.

Escúchenlo bien.

Es este: "Sin zonas grises, sin silencios, sin connivencias tácitas. O se está contra la mafia o se es cómplice de la mafia, no hay alternativas".

Una lúcida cadena de palabras, tan íntimamente conectadas que parecen casi devastadoras por el mensaje que contienen.

Sin zonas grises: por zona gris nos referimos al gris del pantano, de las delgadas fronteras, de los calderos en los que hay de todo y lo contrario de todo, pero, por supuesto, en pacífica convivencia.

O, si se prefiere, "connivencia".

Si quisiéramos darle un color a la mafia, diríamos que la mafia representa una "zona negra" de nuestra sociedad. El resultado debería ser, por tanto, el color inmaculado de la "zona blanca", el representado por el Estado que se opone a la "zona negra". Pero el jefe de Estado habló de una "zona gris". Algo debe significar.

Sin silencios: lo cual quiere decir que no solo conspiran los mafiosos.

Cuando un mafioso rompe el vínculo del silencio se convierte en otra cosa, en un colaborador de justicia, en definitiva, un colaborador del Estado. Al respecto, no se puede decir, en honor a la verdad, que Cosa Nostra no haya proporcionado una avalancha de colaboradores de justicia más o menos fiables, aunque esta sea otra historia. Es gracias a ellos, incluso antes del trabajo de la policía y el poder judicial, que sabemos lo que sabemos sobre el interminable rastro de sangre que ha marcado a Italia durante décadas.

Los ejecutores y los asesinos son una cosa, los autores intelectuales otra. Para conocer los nombres de estos últimos, tendrían que caer muchos otros "silencios".

Ni tácitas convivencias: y todo el sentido de este pasaje está en la premisa anterior: porque no se necesitan las "zonas grises", porque no se necesita el "silencio".

En conclusión, y de forma casi lapidaria, Sergio Mattarella subraya el meollo del asunto.

O se está contra la mafia o se es cómplice de la mafia. No hay alternativas.

Frase que tiene casi la inmediatez de un eslogan, para que no haya dudas al estilo de Hamlet, tentaciones de una "zona gris", veleidades de tratativas con el enemigo, la Mafia, que el Estado debe, en cambio, combatir abiertamente, con los papeles en orden, en forma clara.

Desafortunadamente, esto no ha sucedido en décadas.

Y tal vez, si hemos entendido bien, el jefe de Estado quiso recordarlo, reiterarlo y censurarlo.

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*Foto de portada: original © Imagoeconomica

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