Hombres armados. Cuatro pistoleros con el  alma negra vomitaron plomo sobre el hogar de la flamante alcaldesa, y le segaron la vida.
Y aunque la policía reaccionó de inmediato, matando a dos de los atacantes y capturando a algunos de ellos, el mal fue hecho. Y nos duele a todos.
 Pero, seamos sinceros. ¿Ese nuestro dolor  es comparable con ese dolor en el que se ven sumergidos  los integrantes de la familia de Gisela? ¿Ese nuestro dolor es comparable con ese en el que se ven sumidos sus  amigos más cercanos?. ¿O sus colaboradores más directos?.¿ O como el pueblo mexicano?.

 A la distancia, donde no nos toca vivir esa escalada de violencia, este hecho  nos duele de manera diferente. Ese dolor ajeno, que lo hacemos nuestro, tiene –y debería tener- el rostro del compromiso con la causa que abrazó Gisela en vida.  Un compromiso que nos debería hacer sentir ese mismo  dolor. ¿Por qué? Porque cuando se mutila la vida de un luchador de la talla de Gisela, y de otros de la historia de la humanidad que no nos alcanzarían las páginas para enumerarlos,  se mutilan las vidas de todos los que procuramos acercarnos a su mismo nivel combativo.
Y es ahí cuando ese dolor se expande y uno lo llega  a sentir  como en carne propia. Y es ahí cuando aquellas palabras que nos identifican con las causas de las tantas víctimas de la delincuencia organizada, del poder financiero criminal y del terrorismo de Estado, nos acercan a ese sentimiento de indignación y de rabia, por lo que va ocurriendo en el mundo, más allá de nuestros respectivos microcosmos.
¿Y entonces,  podemos hacer algo?¿Podemos contribuir en algo para neutralizar todos estos ya cotidianos ataques contra los nuestros?
Me reformulo la pregunta y  busco convencerme  -y convencerlo a usted- de que capaz, sí podemos hacer algo, aún sin habernos manchado con la sangre de todos los caídos.
Porque si no pudimos detener tantas balas asesinas, que  acabaron con muchas personas, en esa tierra querida, que desde hace años no hace otra cosa que conocer de violencias y de arbitrariedades y  de corrupciones, capaz podemos crear conciencia fuera de sus fronteras, de que esos ataques no se circunscriben al lugar de los hechos , sino que trascienden. Se incrustan en el alma de otras gentes y de  otros luchadores como Gisela. Porque además, esos males también se ven en otras latitudes, en otros pueblos del planeta.  
 ¿Entonces, qué podemos hacer ahora, por  esa mujer justa cuya  gestión anticriminal desde su silla de poder le costó la vida?. Pues mínimamente honrarla. Liberarla de las ataduras de la compasión para darle su justo y  merecido lugar en la nómina mundial de los mártires. Nosotros, en tanto, seguiremos movilizándonos para hacer que todos esos mártires no caigan en el saco roto del olvido, y sean memoria viva.
No debemos  ser indiferentes a todas estas muertes, porque esas detestables indiferencias podrían llegar a dibujar  nuestra complicidad con la cultura de la impunidad. Esa impunidad sin fronteras. Esa impunidad lacerante, tal cual una  alimaña agazapada sobre las sociedades humanas, y siempre  lista para apañar a los poderosos –asesinos-  de saco y corbata y de brazos tatuados y de fieros rostros
Mataron a Gisela.
No a la impunidad, estamos gritando (reclamando) otra vez.
Porque otra vez ese luto nuestro de cada día, nos hace sombra, pero al mismo tiempo nos da fuerzas para mantener la lucha. Claro está,  si así lo queremos y si tenemos conciencia. De lo contrario, haremos buenos escritos,  diremos lindas palabras, pero en definitiva  seremos indiferentes. Y si nos descuidamos un poco, por ejercer estas indiferencias, seremos hasta cómplices de los ríos de sangre de tantos justos asesinados.

 

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*Foto de portada: Gisela Mota www.sinembargo.mx
*Foto inferior: funeral de Gisela Mota www.sdpnoticias.com

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