Los opinólogos que hoy ilustran el retrato del doceavo Presidente de la República Italiana cuando, yendo hacia atrás, se topan con los albores de la carrera política de aquel que en ese entonces era un joven dirigente demócrata cristiano intencionado a abrirse camino en la arena de los leones de la Democracia Cristiana de la línea de Andreotti, representado por los grandes personajes como Salvo Lima, Vito Ciancimino, Luigi Gioia, Nino Gullotti, los empresarios Nino e Ignazio Salvo, el conde Arturo Cassina, los caballeros del trabajo de Catania, los Graci, los Rendo, los Costanzo, los Finocchiaro, gente que tenía entre sus dientes el cuchillo de las preferencias y de las licitaciones, y esto es algo que parecería que los opinólogos, como decíamos antes, tengan instintivamente la actitud de pasar por alto. Se sabe que la cuestión siciliana es escabrosa por definición, a veces enigmática, a veces escurridiza, a veces inexplicable. Pero es precisamente de esa arena de leones en la que se movía un joven demócrata cristiano con el andar de un cordero aparentemente indefenso, desde donde hay que empezar si se quiere comprender cómo ha hecho ese cordero para abrirse camino al punto tal de convertirse hoy en el Jefe de Estado.
Escribo estas breves consideraciones con un poco de emoción, debida al hecho de haber conocido a Sergio Mattarella hace más de cuarenta años, de haber trabajado políticamente junto a él – y diré porqué – de haber sondeado  temple y carácter, durante años realmente lejanos que anunciaban, pero es algo que se vería más tarde, ese infierno mafioso siciliano marcado a fuego por los asesinatos de Cesare Terranova, que volvía a trabajar como Juez en Palermo después del paréntesis de la Comisión Antimafia, de Piersanti Mattarella, presidente de la Región Siciliana (hermano de Sergio); de Gaetano Costa, Fiscal en jefe de Palermo; de Pio La Torre, secretario del PCI siciliano, del general Carlo Alberto dallaChiesa, etc., etc., etc.
En 1976 tenía 25 años, todavía no trabajaba como cronista. Me había inscripto en el PCI, del cual era un joven dirigente después de una larga pausa en la federación juvenil, y fue Mario Barcellona, dirigente comunista mucho más mayor y experto que yo, Diputado en la Asamblea regional, quien dio mi nombre, para reemplazarlo, como asesor administrativo de la “Opera Universitaria de Palermo” – el organismo que se encargaba de la administración del derecho al estudio (becas, habitaciones, comedor, para las ayudas a los estudiantes que venían de afuera y que se alojaban en la pensión San Saverio) -, por parte del PCI. Entre otros recuerdo a un joven Leoluca Orlando, que a lo largo de los años ha mantenido una estrecha relación con Mattarella, que representaba al personal docente de la Universidad; a Francesco Tornatore, representante de los estudiantes universitarios; al profesor Antonello Laconi, radiólogo representante de los catedráticos; a un profesor de ingeniería del cual ya no recuerdo el nombre que representaba a los socialistas; al abogado Nino Todaro, representante de la DC... Y tendrían que ser todos, si la memoria no me falla.
El Presidente de la “Opera Universitaria”, era Sergio Mattarella.
¿Cómo eran las reuniones de ese Consejo de administración? Las recuerdo perfectamente porque eran extenuantes, hasta al agotamiento, precisamente a causa de la gestión de Mattarella. Era un hombre acérrimo y puntilloso, con innegables dotes de administrador, avaladas por sus férreos estudios jurídicos, muy atento a las ofertas de los vendedores de los servicios para la “Opera Universitaria”, a las cifras, y, algo que no era perjudicial, a la procedencia social y familiar de los proveedores mismos que, a veces, tenían olor a mafia, o que hasta incluso a veces ellos mismos eran mafiosos. Hay que decir que a lo largo de más de un año de actividades, gracias a la cautelosa administración de Mattarella, ni siquiera una de las cientos de ordenanzas que llegamos a aprobar terminaron con consecuencias judiciales. Sin embargo en un determinado momento los socialistas decidieron ‘asaltar’ la “Opera Universitaria”, reivindicando su dirección.
Así fue que una tarde recibí una llamada telefónica de Mattarella que me pedía que nos viéramos. Vino a mi casa a visitarme y con una gran tranquilidad me anunció que, poco tiempo después, se dimitiría, porque no quería terminar en la gran olla de polémicas que surgían de las ambiciones de poder de algunos. Vino a decírmelo porque – a pesar de que yo fuera comunista y él un demócrata cristiano – habíamos trabajado bien, manteniendo una relación de confianza recíproca.
Pasamos juntos más de una hora, intentando por mi parte convencerlo de que ignorara esa polvareda que se había levantado en su contra y de que desistiera de dimitirse. No hubo forma. Había venido a visitarme para comunicarme una decisión tomada, no para discutirla conmigo. Luego nos perdimos de vista.
El día de la epifanía de 1980, cuando llegué junto a Nicola Cattedra (director del periódico “L’Ora” en el que había comenzado mi trabajo como aprendiz periodístico) a la calle Libertà, el lugar en el que el hermano de Mattarella, Piersanti, había sido asesinado, él ya no estaba. Volví a verlo el 17 de Abril de 1982 durante una entrevista para “L’Unità” – el periódico en el que me encontraba trabajando en ese momento – en la que Mattarella se declaró claramente en contra de la instalación de la base misilística “Cruise” en Comiso. Fue una entrevista que tuvo una gran repercusión. Que no les gustó para nada a los políticos de la DC con superpoderes de esa época, que por su parte eran favorables a dicha base. La misma comenzaba con estas palabras: “Sería triste, muy triste, instalar ojivas nucleares y símbolos de guerra, en una zona en la que hasta el día de hoy la naturaleza, con el aporte de la inteligencia y de la pasión de los hombres, ha podido expresarse sin constricciones”. Y continuaba: “Los partidos todavía no han dado una plena respuesta a esta necesidad de paz”.
Pio La Torre, quien en ese momento era secretario de los comunistas sicilianos, comprendió inmediatamente la fuerte señal que llegaba de esa parte de la DC siciliana finalmente “limpia” y sin compromisos con el sistema de poder político mafioso. Apenas dos semanas antes había ocurrido la manifestación de los “cien mil” en la ciudad de Comiso, promovida precisamente por La Torre, mientras el cardenal de Palermo, Salvatore Pappalardo, recurría a pasajes de la Biblia para decir el “no” de la Iglesia siciliana a los misiles Cruise y el mismo Orlando, poco antes de Mattarella, me había concedido otra entrevista en la que reforzaba una vez más su tesis de ese vasto sistema de alianzas que a esa altura ya no dejaba afuera a ningún partido.
Luego, también La Torre, y quizás precisamente por su voluntad pacifista, fue asesinado por balas mafiosas en un atentado inspirado por ideólogos internacionales, pagando él también, así como Piersanti Mattarella, el precio de toda una existencia política.
Como conclusión. No es cierto que Sergio Mattarella haya atravesado “en silencio” esos años sicilianos de tragedia. Hizo lo que a su juicio era lo que había que hacer. Dijo pocas palabras, pero fuertes como piedras. Y no es casualidad que fue uno de los partidarios más determinados de esa primavera de Palermo que tuvo a Orlando como su alcalde símbolo.
El cordero que tenía corazón de león, ésta es la verdad. Son pocos los que lo comprendieron. Luego, hay que decir también, y como periodista considero esta elección suya como algo literalmente maravilloso, jamás especuló o se aprovechó de la inevitable ola emotiva que comenzó en aquel negro día de la epifanía de 1980. En fin: jamás se valió del título de “hermano” de Piersanti para buscar atajos políticos y nunca realizó entrevistas o declaraciones que fueran golpes bajos.
Habrá oportunidad de volver sobre las convergencias políticas que llevaron a su designación. Hoy solo queríamos explicar el aforismo que publicamos en AntimafiaDuemila el día de la víspera de su elección: “Es altamente improbable que los italianos tengan que avergonzarse algún día de un Jefe de Estado que se llame Sergio Mattarella”. Estamos convencidos de ello. El deseo es que los grandes personajes de partido que lo eligieron sepan realmente a quién han elegido. El resto está por verse.
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* Giulio Andreotti: Presidente del Consejo de Ministros de Italia siete veces y uno de los máximos exponentes del partido Democracia Cristiana. Una sentencia del 2004 lo declara culpable de colaboración activa con la mafia hasta el 1980, aunque el delito había prescripto. El General Dalla Chiesa escribió en su diario que la rama de la DC que respondía a Andreotti era la más contaminada de presencia mafiosa. Fue asesinado a tiros en octubre de 1982.

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