Por Agustín Saiz, desde Argentina-10 de noviembre de 2022

La clase media argentina necesitaba un héroe y el fiscal Julio Strassera, con sus muchos (o demasiados) matices grises, le permite reflejarse en él. La ignorancia del pasado reciente siempre fue usada como excusa para justificar la falta de compromiso del presente. Pero a partir de ahora, esa ignorancia tiene además un correlato histórico que le permitirá descansar a los fantasmas de nuestra conciencia, respecto a la responsabilidad de la sociedad civil en los años 70 y en las posteriores décadas de lucha.

La película aclara al comienzo que está inspirada en hechos reales, de este modo nadie podría acusarla de intentar falsear la historia. Es una versión libre, a lo asumo irresponsable que no tiene como objetivo documentar los hechos. Pero esta falacia es la que justamente permite introducir en el mainstream de comunicaciones un discurso ideológico. La emoción de la trama tiene una intención política encubierta detrás y opera para abrirnos y dejarnos expuestos a una versión dirigida de la verdad, casi sin que nos demos cuenta.

De este modo el juicio a la Junta según esta película fue la épica de un pequeño grupo de fiscales que le abrió en soledad el paso a la verdad al pueblo. Y no al revés. La clase media no politizada está por encima del enorme recorrido de los sobrevivientes, familiares y organismos de DDHH, que la película tiene intención de desplazar.

Una película es básicamente la ilusión generada al proyectar miles de fotogramas ordenados en un todo. La película 1985 es todo lo contrario, una foto estática del pasado que pretende encerrar el comienzo y el final de una historia, en un mismo instante. No hay continuidad ni consecuencias que se puedan relacionar con el presente de hambre y dependencia que vivimos. Su misión secreta, como diría Alberto Fernández, es la de “dar vuelta la página”.

Algunas secuencias de la película que no guardan relación estricta con la verdad histórica, pueden ser consideradas como artificios válidos, para articular un guión. Otros no son tan inocentes, menciono como mínimo cinco puntos que me llamaron la atención:

1 – La historia de Adriana Calvo es central, porque además de ser el primer testimonio que abre el proceso, representa la brutalidad despiadada de las mentes de la dictadura y una síntesis de su metodología represiva. Por lo tanto, es inevitable incluirla si la película va tratar justamente del juicio a las juntas. Pero llama la atención que en el guión le hacen decir que se “tuvo que ir del país” por las presiones y amenazas constantemente recibidas. Parece que en esta versión de la historia Adriana Calvo le estaría agradeciendo a Strassera y Moreno Ocampo lo que han realizado. Todos sabemos que no fue así. Fue justamente ella una que decidió quedarse para abrir espacios de justicia hasta sus últimos días, a través de la organización de ex detenidos y desaparecidos. Incluso su testimonio luego fue perversamente instrumentado para intentar implementar políticas de indultos.

2 – El destrato que hace la película a Victor Basterra es una ofensa hiriente en el corazón de los organismos de derechos humanos. Con los documentos audazmente extraídos en cautiverio por Basterra desde la Esma, se pudo juzgar en la argentina a una cantidad enorme de genocidas. Gracias a él y el coraje de un reducido grupo de hombres se continuaron luego llevando adelante casi en soledad, juicios en los que el Estado estuvo siempre ausente. Mostrar a Basterra como un personaje débil, que debe ser “asesorado” por los fiscales porque el caudal de documentación no resulta de utilidad a la causa 13 y al que además hay moderarle su discurso durante el testimonio, porque no es funcional a lo que los jueces y la sociedad no quieren escuchar, tienen como objetivo explícito desvalorizar sus aportes fundamentales.

3 – La única, o una de las pocas escenas que muestran a las madres de plaza de mayo, lo hacen bajo un sutil gesto de sumisión al pedido de Strassera que educadamente le pide que sean ellas quienes decidan sacarse o no, los pañuelos para poder continuar con el juicio. El símbolo de los pañuelos de este modo queda subordinado a necesidades circunstanciales que hay que comprender. Parecería decirnos en una especie de metamensaje, que hay momentos en los que mejor dejar de lado banderas e ideologías, para que el bien común que nos trasciende a todos, avance por la vía institucional. En esta fantasía no hay necesidad de lucha, los dispositivos del Estados funcionan y son suficientes por sí mismo para llevar adelante una justicia plena.

4 – Lamentablemente una película que abre el debate y se está viendo en cientos de colegios de todo el país, muestra apenas parte del testimonio Iris la madre del Negrito Avellaneda, pero no explica quién es. Hubiese sido importante que los adolescentes de hoy sepan que también son ellos las víctimas cuando un aparato de exterminio es puesto en marcha y que no solo la clase trabajadora, militante y combativa, es la que recibe el castigo por la osadía de buscar un mundo mejor para todos. La película no puede salir de esta línea, lo importante de ella es mostrar el coraje individual de un hombre que se atreve en soledad a encarcelar a Videla. No existe la resistencia ni el esfuerzo colectivo, así como tampoco existe responsabilidades de la iglesia, los sectores económicos y el resto de la sociedad civil en el genocidio. Mejor es una historia sencilla, en un formato comercializable que nos lleve hasta la Oscar y que, en el caso de salir premiados, celebre nuestra irresponsabilidad ante la catástrofe que estamos vivimos.

5 – Me llama la atención que, en la película, durante la escena donde se escribe a máquina el dictado de la sentencia, se hable de genocidio. El juez Rozansky quien condenó en el 2006 a Etchecolatz por primera vez en el “marco de un genocidio” conto públicamente, que una vez Strassera le cuestionó esa figura. Si la intención de la película era asociar en Strassera como una de las personalidades que bregaron desde lo jurídico para que se reconozca el genocidio de los 30 mil desaparecidos como tal, hay que decir que no fue así. Su postura ambigua, es cuestionable antes, durante y después al juicio a las juntas. En particular Strassera rechazó numerosos pedidos de habeas corpus durante la dictadura y se alineó a una política agresiva agresiva contra organismos de derechos humanos durante el Kirchnerismo. Del fiscal Moreno Ocampo, hay que recordar su accionar como abogado defensor en el caso del Padre Grassi, condenado por pedofilia. Mi intención no es revolver en el pasado de estos personajes para sacar a luz luces y sombras. Simplemente mostrar que son capaces de representar a una porción de la sociedad desmemoriada, desprevenida y sin historia.

Con 1985 una gran maquinaria de propaganda y difusión se puso en marcha. Todos aquellos que asumimos responsabilidad con la historia y el presente, tenemos la oportunidad dar nuevamente nuestra voz, en cada espacio de debate que se abra. Buscar los ángulos y perspectivas para que esta película se convierta en un instrumento de búsqueda de verdad y no en un fin en sí misma, es un desafío que está dentro de nuestro alcance. 

Para que la memoria, justicia y verdad ilumine a las generaciones que vienen.

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*Foto de portada: captura de video

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