Por Jean Georges Almendras, desde Palermo, Sicilia-27 de junio de 2022

A los 49 años del golpe de Estado cívico militar en Uruguay, se me ocurre decir, que no debemos hacernos trampa al solitario, pero, a cómo va todo, vamos más bien en ese sentido, al menos que no pongamos las barbas en remojo, o un freno, así de literal, frente a quienes tienen nostalgias por la bota militar y a los civiles que aman esa bota, camuflados de ciudadanos desbordados de galante democracia, la que por otra parte no es tan galante ni tan genuina que digamos, y tal como parece a la vista pública, obviamente salvando las distancias con los años 70 y parte de los 80.

A casi medio siglo de esa estocada dada por el capitalismo de aquellos días, porque en verdad, la idea no era otra que imponer un modelo económico, entre otras cosas, tomando como escudo (y mano de obra) a la casta militar, que ni corta ni perezosa tomó el guante, la fusta, el sable y las armas, para finalmente despeñarse por los abismos más inimaginables que más temprano que tarde, la enlodarían y lo que es más, la entintarían de sangre, mancillando a todas sus generaciones, de la época y de hoy. Y digo de hoy, porque el militar de los días que corren, gústele o no, debe ceñirse, casi con rigor monacal, al pacto de la “omertá” que por cierto es funcional a la cultura de la impunidad, que la casta política de los días previos al golpe, y del momento del golpe y después del golpe, cuidaron celosamente para que la justicia no orade sus más aberrantes secretos. Secretos de un momento histórico dentro del Uruguay (en una América Latina, víctima del Plan Cóndor) que resultó ser, especialmente oprobioso y nefasto. La casta militar de los años 60 y 70, con la complicidad del sistema político de la época (o viceversa) justificó todo el barbarismo desplegado (que dejó atropellos de todas las libertades habidas y por haber, prisiones arbitrarias, torturas y muerte, y desapariciones de personas, con los enterramientos clandestinos como marco tenebroso del accionar del terrorismo de Estado) amparado en la teoría de los dos demonios.

Los unos, los uniformados, debieron intervenir con la fuerza, porque los otros -la subversión y los izquierdistas- ya lo habían hecho en primera instancia, razón por la cual se debía imponer el orden, a toda costa y sin consideraciones. Pero en realidad, lo que impusieron fue el desorden y un despotismo sin igual, cuyos efectos, hoy, 49 años después, todavía debemos de sentir en carne propia, porque lisa y llanamente, la cultura de la impunidad sigue siendo -inequívocamente- una ideología insana, fomentada, cultivada y preservada desde el sistema político de los tiempos democráticos, con presidentes de partidos políticos que llegaron a regir los destinos del país, dentro de un marco constitucional. Horrendo.

Ni la derecha, ni la izquierda, en democracia, dieron las debidas respuestas a quienes cada 20 de mayo, desde hace 27 años, portando las fotos de sus seres queridos -los que fueron detenidos y desaparecidos del Uruguay- caminan silenciosamente por la principal avenida de Montevideo, con una sola pregunta, “¿Dónde están?” y una sola afirmación: “Es responsabilidad del Estado”.

A 49 años del golpe de Estado en el Uruguay, el más digno homenaje (desde la óptica institucional, gubernamental, estatal, y política) sería no fomentar el negacionismo, pero en contrario, hay personas que hoy pretenden (descaradamente) imponer el concepto de que los delitos de lesa humanidad, cometidos por policías y militares, deben ser urgentemente sumergidos en la cuenta de olvido. Estas personas, son los políticos que siempre han sido serviles a sus apetitos personales, propios del confort institucional, y económico, de los años dictatoriales, y en los días democráticos, o los mismos militares, que no están dispuestos a comparecer ante la Justicia Penal, al punto tal que hubo efectivos de alto rango que optaron por el suicidio antes de cruzar el umbral de la sede judicial.

No nos hagamos trampa al solitario, cargando las culpas a quienes salieron a las calles -estudiantes, trabajadores, intelectuales, artistas, amas de casa y jefes de familia- años antes del 27 de junio de 1973 y lapso después. Aferrarnos cobardemente a la teoría de los dos demonios -negando que hubo terrorismo de Estado, por decir algo bien definido- sería como escupir groseramente -blasfemamente- sobre las lápidas de las tumbas donde descansan los muertos que ha causado la bota militar, el autoritarismo policial y la canallada de los políticos que, antes de ser honestos consigo mismos primero, y con la Constitución de la República después, prefirieron adherirse a los golpistas, para no sufrir las consecuencias por una valerosa resistencia, en defensa de los derechos y del pueblo, que en definitiva los eligió, y es a quien en realidad deberían haber sido leales, coherencia de por medio.

No nos hagamos trampa al solitario, otra vez, porque ya es hora de replantearnos todo, pero desde la raíz. Pero desde una raíz que contemple la lucha popular que se ofreció en las calles y en los cuarteles, soportando picanas, golpes, submarinos, encierros y muerte. Es momento de no defraudar más al pueblo. Es momento de definir muy bien quiénes son los presos políticos y quienes son los represores que se abrogan calificativos, distantes de la realidad, descalificando procesos judiciales y vituperando a toda una generación que se jugó, hasta la vida, para resistir a los dictadores, porque fueron muchos, no exclusivamente el ya extinto (y que fue procesado por la Justicia) Juan María Bordaberry.

Es hora y momento de poner en su lugar a los políticos, de doble lengua: con una hablan de democracia y traen a la memoria haber sido perseguidos por la dictadura, y con la otra, se abrazan a la casta militar, a los silencios funcionales a la impunidad, a las hipocresías y a las indiferencias, haciendo oídos sordos a los reclamos de los uruguayos, por saber en qué cuarteles militares están enterrados sus familiares y quiénes han sido los torturadores y los asesinos de la vida, para llevarlos ante la Justicia.

Es hora y momento de rendir honestos homenajes a hombres del sistema político, de los ámbitos estudiantiles, sindicales, periodísticos, religiosos, y militares, que sufrieron torturas, y prisión, o fueron desaparecidos y asesinados, por pensar diferente, o por haber decidido tomar las armas para defender ideas, derechos y la conciencia de los pueblos libres.

Es hora y momento de poner los puntos sobre las íes, a los vergonzosos personajes políticos, letrados algunos de ellos -y uno en particular, de tiendas coloradas y que fue primer mandatario al inicio de la vida democrática- que todavía se pavonean descalificando resistencias (de ayer y de hoy) (aunque también se pavonearon emblemáticas figuras filas de la izquierda, y hasta de la propia guerrilla tupamara) como si nada hubiera pasado, abrogándose el derecho de reclamar, antes que el castigo de los represores, la necesidad (para salvaguardar sus conciencias, non santas) de dar vuelta la página, con una ligereza, descomunal y alevosa.

Es hora de poner los puntos sobre las íes, para que no se confundan a las nuevas generaciones, sobre los hechos históricos de hace 49 años, que en nada se distancian, de algunos tramos de la vida nacional y política de nuestros días, en donde todavía hay quienes osan sentarse en sillones del Ejecutivo o del Legislativo, o ante cámaras de televisión y micrófonos de periodistas para defender a la casta militar, como si al hacerlo, buscara borrar de un plumazo, la valerosa y honrosa actitud de resistencia que demostraron en los hechos -y en casos precisos con su propia vida- legisladores como Zelmar Michelini, y Héctor Gutiérrez Ruiz, entre otros, que en sus lugares de trabajo se comprometieron con la lucha; o trabajadores y militantes de partidos proscriptos o integrantes de la guerrilla; o estudiantes universitarios, víctimas de los escuadrones de la muerte o de la Juventud Uruguaya de Pie; o periodistas y comunicadores, como Julio Castro; o religiosas y religiosos, tercermundistas; o artistas y estudiantes liceales y docentes, o funcionarios públicos, cuando no integrantes de las fuerzas armadas que se opusieron al accionar golpista.

Es hora y momento de poner los puntos sobre las íes, a quienes desde sitiales del gobierno manipulan los piolines de los medios a su alcance -entre ellos los medios de comunicación- para contaminar la cancha, y para desacreditar denuncias de violaciones de derechos humanos, que se cometen a diario, en centros penitenciarios, en manifestaciones públicas o en el curso de procedimientos policiales ajustados la arbitrariedad y no a los protocolos dispuestos en un Estado de derecho.

En concreto, es hora y momento de llamarnos todos, jóvenes especialmente y no tan jóvenes, a asumir nuestras responsabilidades éticas cada vez que protestamos por los hechos del pasado, o cuando procuramos denodadamente preservar la memoria, en materia de derechos humanos, porque bastante ha sido ya el uso y el abuso, que no pocos personajes de la vida política y de la vida militar, en ejercicio o en retiro, se han tomado, para que los vientos del autoritarismo y de la dictadura -que todavía nos soplan en la cara- no se disipen de una buena vez para darnos la posibilidad -sin restricciones- de tener credibilidad, a todo nivel de la vida ciudadana.

Credibilidad en las tan mentadas (y vapuleadas) instituciones democráticas, en la separación real de los tres poderes del Estado y en la tarea legislativa de redactar leyes, que no preserven a los represores, que no atenten contra los derechos del hombre y que, preferentemente, aporten a la defensa de la verdad, y de la justicia, no en términos metafóricos o de pura retórica normativa, sino en términos prácticos.

A 49 años del golpe militar en el Uruguay, es hora y momento de no defraudarnos como sociedad, y como ciudadanos libres. Sino más bien, de recuperarnos, y de poner punto final al sistema político, que ha hecho parte de la dictadura, y que sigue apañándolo bajo diferentes modalidades

Porque, aceptémoslo de una buena vez, es el sistema político y quienes hacen parte del poder económico de un país, el que, como hace 49 años (Uruguay no podía ser la excepción) fue y es, el verdadero brazo ideológico del accionar dictatorial, cayendo demoledor sobre los pueblos, de la mano de la bota militar, que siempre es bienvenida, a tales efectos.

Es hora y momento que se corran los velos de la hipocresía democrática y se haga justicia con los caídos en dictadura; solo así saldrán a la luz pública tantas ignominias llevadas adelante, por hombres con nombre y apellido, culpables de delitos de lesa humanidad, e intentaremos, recién, recuperar las confianzas de los uniformados, y, solo así, sus dichos, sus palabras, y sus acciones, podrán ser respetados y tendrán autoridad moral, para ser considerados e integrados en la sociedad, que, aclaro, no pide venganza, solo justicia.

Es hora y momento de sanearnos un poco. Ya basta, de tanto juego político, que de tan individualista y egoísta que este resulta, se torna cómplice, de la criminalidad que significa y es, el terrorismo de Estado de hace 49 años, y el de hoy.

Porque, abrazarnos todos, a la cultura de la impunidad, como requisito indispensable para el desarrollo de la vida nacional, mal que le pese a muchos, es una forma cruel e insensible de terrorismo de Estado, en la “fulgurante” democracia que nos comprende.

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*Foto de portada: grupormultimedio.com

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