Waldemar Rosas Ruiz, policía, es acusado públicamente de haberlo ultimado de 12 disparos
 
Por Victoria Camboni, enviada especial a Durazno-21 de noviembre de 2021

Más de un centenar de personas realizaron un escrache público, este pasado sábado 20 de noviembre, en la ciudad del departamento de Durazno, al policía Waldemar Rosas Ruiz, a quien señalan como el asesino de Fernando Morroni, un joven de 24 años que formaba parte de la acampada en apoyo a los vascos que internados en el hospital Filtro de Montevideo -en el año 1994- aguardaban su extradición a España, mientras su pedido de asilo político era rechazado.

Hace años que era vox populi que Rosas Ruiz, que se encontraba en ese momento vestido de civil, habría confesado a cercanos que, en el marco de la operación represiva en el Filtro, “le vació la pajera” -según palabras de Norma Morroni- a un joven que se encontraba allí. Pero nadie sabía dónde vivía. Hasta este año, en que Norma conoció su paradero, y con ayuda de sus compañeros de militancia social, organizaron una caravana desde la capital uruguaya hasta el departamento de Durazno, en el centro del país, para denunciarlo públicamente.

Veintisiete años han pasado desde que Norma Morroni llora por la muerte de su hijo Fernando, a quien 12 ensañados disparos le destruyeron la vida por la espalda. Aquel 24 de agosto de 1994, mujeres, hombres, de todas las edades, se unieron en una vigilia permanente para defender una causa: la solidaridad entre los pueblos. La balacera que desató el cuerpo de policía de Montevideo, los golpes furtivos, las bombas de gas lacrimógeno, contra cientos de manifestantes que se apostaron en los alrededores del hospital Filtro, dejaron un centenar de heridos y dos muertos. Uno de ellos fue Fernando Morroni, a quien hasta el día de hoy no se le hizo justicia.

El arrebato de su existencia, y el robo a mano armada, de la vida de un hijo a una madre que hasta hoy quiere dignificarlo, siguen impulsándola, a buscar esa justicia que nadie le hubo dado, desde el momento mismo de los hechos.

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En Santa Bernardina, un pueblo cercano a la capital duraznense, una multitud de personas se desplegó en las calles y se dirigió a lo largo de varias cuadras hasta la casa del policía, sacando de la siesta a los vecinos que, totalmente ajenos a la situación, se fueron acercando, primero desde las ventanas, luego asomando la cabeza sobre los muros y cercos de patios y jardines, para finalmente apostarse en la vereda, sin salir de su asombro y consternación.

"Alerta a los vecinos, al lado de su casa hay un milico asesino", se escuchaba, casi como si un puño alzado de voces indignadas golpeara el aire: "A donde vayan los iremos a buscar".

Con pancartas, carteles y cantos, los manifestantes rodearon el frente de la casa del policía, donde fue leída una proclama, explicando los motivos, de la movilización.

“Sabíamos que fue un policía quien ejecutó, por la espalda, a Fernando, con 12 disparos. Hoy sabemos, por su propia confesión, que ese verdugo se llama Waldemar Rosas Ruiz. ¡Sí! Este policía que vive acá, en Santa Bernardina, en la calle Irisary 554, él es el asesino de Fernando Morroni”.

“En el año 1986 formaba parte del cuerpo policial como agente de segunda. Tiempo después integró el cuerpo de Radiopatrulla y en 1993 realizó cursos de preparación funcional. Posteriormente se sumó a la dirección de grupos de apoyo y en julio de 1994 se integró al Comando”, mencionaba la proclama.

“El 24 de agosto de 1994, Waldemar Rosas Ruiz se encontraba de particular, como chofer de un comisario, en un Fiat Duna blanco. Según lo que él mismo testimonió, se dirigió al lugar de los incidentes y, una vez arribado, habría extraído una escopeta de repetición, abriendo fuego contra los manifestantes e hiriendo de muerte a Fernando Morroni”, relataron.

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“A su confesión se suman las de sus allegados y las imágenes de los medios de prensa, donde aparece disparando un arma”.

Y agregaron: “este policía tiene, hasta el día de hoy, vinculación con grupos parapoliciales”.

La proclama continúa siendo un relato informativo, con datos que fueron recabando entre Norma y allegados, que la acompañaron en esta ocasión.

Luego de una breve estadía en La Plata, en Argentina, Rosas Ruiz vuelve a Uruguay y se radica en Durazno, “donde se casa con Caterina Barrios, secretaria de la Junta Departamental”.

“Hasta aquí llegamos, para que Waldemar Rosas Ruiz responda”.

“Hablaste ya hace años en tu entorno. Confesaste a tus amigos tu crimen y te jactaste de haberlo hecho. Entonces hoy, ¿qué tenés para decir?”.

“No hay silencio que haga callar esta verdad. No hay caducidad que te privilegie mafiosamente”.

“¡Basta de impunidad! A donde vayan los iremos a buscar”.

Una vecina se acercó a preguntar qué estaba pasando, y al enterarse de la acusación, dijo que no tenía idea, y que Rosas Ruiz “parecía un buen vecino”. Otra familia, que vive en la casa de al lado del agente, también se sorprendió, ya que ni sabía “ni se imaginaba” algo así.

Waldemar Rosas Ruiz, que, según fuentes cercanas, era director de Salubridad de la Intendencia de Durazno, habría dejado el cargo en las últimas semanas. Incluso corre el rumor de que habría sido echado de su hogar; pero los vecinos afirmaron que el hombre aún vive allí.

“Disculpen los vecinos”, comenzó Norma Morroni

Finalmente, Norma Morroni cerró el discurso, hablando desde la vereda opuesta a la casa, desde donde se pudo ver, a través de una ventana, un celular pegado al vidrio, que fue colocado apenas llegó la manifestación allí, y se mantuvo durante todo el escrache, lo que se interpretó, entre los manifestantes, como que alguien desde adentro del recinto estaba haciendo un registro visual del momento.

“Disculpen los vecinos”, comenzó.

“No es una molestia hacia ustedes, es venir a buscar al asesino de mi hijo”. “Hace 27 años que ando dando vuelta al mundo, para localizarlo, porque a él lo han protegido, lo han cubierto y siempre está, como las ratas, escondido en un lado y en el otro”.

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Norma Morroni, micrófono en mano y con una constancia admirable, dijo que estaba allí para “ver si él le daba la cara para enfrentar a una madre que hace 27 años que está buscando al asesino de su hijo”.

“Él se jactó de decir que le había vaciado la ‘pajera’ a un muchacho ahí en la marcha… ese muchacho era mi hijo, tenía 24 años.Lo único que yo pido es justicia”.

“Queremos que rinda” cuentas ante la justicia, como “cualquier hijo de vecino que hace una causa y enseguida está pasando por la justicia”, señaló.

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“El gobierno del padre del presidente (Luis Alberto Lacalle, ndr), los otros gobiernos que vinieron atrás, todos lo han encubierto”, dijo y agregó: “Yo he hecho varias denuncias, con nombre y apellido, y este señor no da la cara”; “Él no lo hizo y ha ido a votar, y siempre anda escapando”.

“Yo lo único que les pido a los vecinos de acá, que disculpen la molestia. No queremos molestar, venimos a buscar un asesino que ya disparó otra vez como las ratas”, culminó.

¿Cuántas experiencias atravesamos en 27 años de vida? Cuántas veces todo puede cambiar, dar giros inesperados, comenzar y terminar vínculos afectivos, cambiar de residencia, de situación de salud, de formas de ver y pensar. Veintisiete años es una vida entera. ¿Cuántas personas se mantienen firmes en al menos un ideal, una convicción, y cuánto sacrificio significa perseverar en ese mismo camino? Norma ha sido y sigue siendo, aún con su avanzada edad, su cansancio y sus problemas de salud, un ejemplo de convicción, de amor y de resistencia, para dar por fin descanso a la memoria de su hijo.

Semblanzas de las víctimas de la dictadura en Durazno

La tarde estuvo cargada de emociones.

Luego del escrache al asesino de Fernando Morroni, los manifestantes se concentraron en la plaza de Durazno, donde colgaron carteles con los nombres y fotos de las víctimas de la dictadura en ese punto del Uruguay. Además, se leyeron semblanzas de cada uno de ellos: Célica Gómez, José Artigas, Alberto Blanco, Héctor Giordano Cortazzo, Fernán Cucurull, Manuel Antonio, y su hermano, Mario Alberto Ramos Filipini, Roberto Luzardo y Óscar Fernández Mendieta, entre otros tantos, que de alguna forma estuvieron vinculados, ya sea por nacimiento, como por crianza o por haber transitado una parte importante de su vida en Durazno.

Escrache a un médico cómplice: Juan José Navarro

Precisamente el caso de Óscar Fernández Mendieta está vinculado a una persona que aún vive entre los duraznenses como si fuera un vecino normal: Juan José Navarro, quien se desempeñaba como jefe del Servicio Sanitario de las Fuerzas Armadas en Durazno, médico forense en los años sórdidos de la dictadura. Este hombre fue quien firmó la autopsia que se le realizó a Fernández Mendieta, en la que certificó que el joven de 26 años había muerto de un infarto del miocardio. Dos días más tarde, la esposa de Fernández, Graciela Ferreira, solicitó una nueva autopsia, que, si bien no fue autorizada, sí permitieron un examen clínico exterior, lo que determinó múltiples contusiones, erosiones y lesiones, producto de la tortura.

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A pesar de la complicidad y el silencio de Navarro, no hubo reacción de la justicia con su accionar criminal. Navarro sigue viviendo en Durazno, viviendo en una preciosa casa que ocupa toda una esquina entera. Y allí fue que el circuito se cerró.

En una breve pero contundente concentración frente a la casa de Navarro, se leyeron unas palabras para este doctor, que, 48 años después del asesinato de Óscar, secuestrado de su hogar el 24 de mayo de 1973, aún sigue libre y sin responder ante la justicia.

“El doctor Navarro, junto al doctor Rossi y el doctor Bosch, firmaron la partida de defunción de Fernández Mendieta. Firmaron una autopsia que se hizo en el hospital de Durazno a oscuras, y apurados por encubrir un crimen. Por ese servicio la dictadura los premió, nombrándolos interventores del hospital de Durazno”, se escucharon las palabras de uno de los activistas en la puerta del hogar de Navarro. La memoria siempre los termina encontrando. Y por eso hoy estamos acá. Sabemos quién fuiste y sabemos quién sos, y aunque estés impune, te venimos a escrachar”.

Sabemos quiénes fueron, y esperamos a que la justicia accione, antes de que terminen de morir todos los ‘viejitos soldados’, dijera Mercedes Vigil en su argumentación de por qué tienen que liberar a los presos de la cárcel de Domingo Arena, todos asesinos, torturadores y secuestradores.

Son más de ellos, son los que a duras penas recibieron penas no tan duras, pero, aunque tarde, tuvieron que responder ante la justicia. Eso mismo esperamos, y por eso mismo seguiremos escribiendo. Para empujar un poco más, para desempolvar la memoria, y para que ella sea nuestro faro.

Para por fin, hacer justicia a los muertos, desaparecidos y torturados por el terrorismo de Estado.

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*Foto de portada y restantes: Romina Torres de Antimafia Dos Mil / Our Voice

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