Por Marta Capaccioni-2 de octubre de 2021

Secuestrados, violados y luego condenados a ser esclavos de por vida. Esta es la existencia atroz que miles de mujeres, niñas y niños en todo el mundo se ven obligados a vivir todos los días.

América del Sur, África, Asia, Europa: no hay grado de civilización ni de democracia, no hay garantías ni salvaguardas. ¿Los derechos? Solo desperdicio de papel, porque la lógica del lucro y del mercado es lo que impulsa a las políticas de los gobiernos, sin importar el precio que se deba pagar en términos de sacrificios humanos. La trata de personas, de hecho, es el tercer delito que más beneficios produce a nivel mundial: el negocio de los menores por sí solo equivale a 32.000 millones de euros al año, casi tanto como el tráfico de armas y de drogas.

Hoy en día, más de 40 millones de personas son víctimas de esta vergüenza en todo el planeta y más del 92% son mujeres y niñas. Muchos de ellos proceden de países de América Central y del Sur, otros de países del África subsahariana, en particular de Nigeria, y de otros de países de Europa del Este.

Los testimonios de quienes lograron salir del círculo infernal de la trata son muy raros porque huir significa condenarse a un destino aún más atroz, incluida la muerte. De hecho, en América Latina los dueños de los miles de burdeles, ubicados en todos los rincones de la ciudad, hacen pactos con las fuerzas del orden locales y esto hace que los intentos de fuga sean virtualmente imposibles.

Es una vergüenza que Europa se encuentre entre los principales destinos del turismo sexual y que Italia sea el primer cliente del mercado del tráfico sexual sucio, que beneficia a nuestro país con unos 90 millones de euros al mes. Por si esto fuera poco, la mayoría de las víctimas son niños y niñas: hasta ahora solo los constatados en Europa son 4.168, la cifra más alta jamás registrada en el mundo.

Las mujeres son reclutadas por redes criminales en sus países de origen, especialmente en países africanos, a menudo con la falsa promesa de una nueva vida. Se las ata mediante un rito, llamado rito vudú, con el que se comprometen a devolver una suma de dinero a los traficantes. Antes de embarcarse para la travesía por mar, sufren violencia y abusos en las llamadas "casas de conexión" o en los guetos ubicados en los países de tránsito, especialmente en Libia. Una vez desembarcados en Sicilia, algunos permanecen en Italia y otros son transportados y vendidos a otros países europeos. Permanecen presos en una pesadilla, porque las promesas resultan falsas y lo que se pide a cambio del viaje no es dinero sino servicios de carácter sexual. Así comienza para ellos la ronda de prostitución, amenazas y malos tratos.

La explotación sexual es el principal objetivo de la trata. Pero muchas víctimas, alrededor del 38% del total en 2018, también se ven obligadas a realizar trabajos forzados, tanto agrícolas como industriales, y a cometer delitos y actividades delictivas (como el cultivo, transporte, tráfico y venta de drogas), luego obligadas a matrimonios forzados y finalmente a la extracción de órganos.

El tráfico es gestionado por redes delictivas organizadas de la cual forman parte organizaciones mafiosas, multinacionales, agencias de empleo y varias empresas, incluidas las legales. Estas redes suelen estar protegidas por la complicidad y connivencia del aparato institucional de los Estados, que garantiza la protección a los traficantes. En Italia, la mafia nigeriana es la que gestiona más activamente este negocio.

En todo esto, el silencio mediático y la normalización política e institucional del abuso y la explotación sexual es lo que más facilita el fenómeno de la trata y es el síntoma de una sociedad cómplice de la violencia y al borde del fracaso moral y ético. En Europa, las responsabilidades son ante todo de los gobiernos, que a nivel legislativo no brindan las protecciones o garantías necesarias para la protección de las víctimas y que no tienen intención de acabar con las causas profundas de los flujos migratorios, a saber, las guerras, la pobreza y el saqueo de las riquezas naturales, materiales y humanas en los países denominados "subdesarrollados". Por no hablar del hecho de que la lucha contra el crimen organizado y las mafias extranjeras, los principales intermediarios de dicho tráfico, está completamente ausente de las agendas políticas de los gobiernos europeos.

Pero todo esto no debe asombrarnos si, de hecho, consideramos el beneficio que produce el negocio del tráfico, muchas veces reciclado y reinsertado en la economía legal.

Así, miles de mujeres, niñas y niños se convierten en "víctimas invisibles", sin nombre. ¿Quién tendrá el valor de escuchar sus historias? El miedo a salir de casa, el miedo a sentir una mano que te agarra por detrás, te cubre la boca y te lleva fuera de casa. Crecer con un pedazo de pan al día y con el miedo de no volver a ver a tu familia nunca más. Dormir solo algunas horas por noche, porque el resto del tiempo es solo un negocio sexual. Aprender a vivir con la propia soledad, habiendo perdido todo, hasta la parte más íntima, interior y profunda de tu humanidad.

No hay forma de imaginar lo que significa esta realidad o esta condición de vida. Y ante tanta maldad y el silencio que la acepta, la justifica y la permite, no hay palabras. Solo un llamado a aquellos que todavía luchan por seguir siendo humanos, en un mundo donde permanecer humanos es ahora un acto de resistencia.

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*Foto de portada: Our Voice

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