Responsables los gobiernos: colorado, blanco y frenteamplista, y ahora, otra vez blanco
 
Por Jean Georges Almendras-21 de setiembre de 2021

Los titulares de los diarios del Uruguay apuntan dramáticamente y sin medias tintas a una situación que por su naturaleza misma ya resulta estremecedora: un interno estuvo secuestrado -por casi 60 días- en su celda del establecimiento carcelario de la zona de Santiago Vázquez, siendo además (extorsionado) torturado, privado de alimentos y convertido literalmente en un prisionero de los campos de exterminio del nazismo, a juzgar por la foto difundida en algunos medios, entre ellos “La Diaria” y el sitio “El Muerto” (donde se titula “El Auschwitz del ministro Heber”). Descubierta esta situación en el correr de los últimos días, y asistida la víctima (un hombre de 29 años, recluido allí hace cuatro meses por una rapiña, primario y padre de dos hijos, que estuvo a merced de cinco compañeros de reclusión) -en paralelo a las investigaciones- llovieron las apreciaciones en tono de duras críticas a las autoridades carcelarias y del Módulo 11 del establecimiento. Pero en particular, yo diría más bien, que más que críticas llovieron lágrimas de cocodrilo, o, mejor dicho, de la forma más elegante, lo que hubo fue un rasgarse las vestiduras, sobre un tema de muy vieja data dentro del sistema carcelario (porque no es que este episodio fue la gran mancha de tinta sobre un papel impoluto en la vida de las cárceles del Uruguay). No señores, para nada. Esto fue una mancha más, una de tantas, y no la única, lo que no quita de que este episodio por sí mismo sea un escándalo mayúsculo, que deberá merecer investigaciones “e in da mais” como dicen los brasileños. Se trata, que este episodio no nace otra cosa que poner al descubierto un deterioro del sistema carcelario intramuros, en vista de que (como frutilla de la torta) hubo muchas miradas a un costado, de quienes están extramuros, tanto en el hoy, como en el ayer. Y no me estoy refiriendo expresamente a los nombres y a los apellidos de quienes estuvieron y están en la cúpula directriz de ese establecimiento o del sistema carcelario en sí, sino que me estoy refiriendo a las administraciones de gobierno de todos estos años de democracia. Quienes estamos relacionados con estas realidades, por cuestiones profesionales obviamente (fui cronista policial, de diario y televisión, en el Uruguay por casi 30 años) tenemos una visión muy cercana, tanto del privado de libertad, como de quienes están del otro lado del muro (de las rejas), y desde múltiples ángulos. Y por todo ello (porque me conozco al dedillo todas las idas y venidas dentro de la cárcel y de alrededores de la cárcel) me permito abrir la boca hoy, y decir, que las aberraciones cometidas contra este hombre de 29 años, en alguna medida, no fue (no es) más que el resultado inequívoco de toda una muy mal intencionada indiferencia institucional respecto a las personas privadas de libertad, con todo lo que esto conlleva; indiferencia -de un nivel de insensibilidad rayando con lo criminal, para con el ser humano privado de libertad- que se viene arrastrando desde hace ya bastantes años, y que fue (in crescendo) intensificándose, gradualmente, tanto en gobiernos de partidos tradicionales, como en gobiernos de izquierda. Ergo: la izquierda y la derecha, hoy no tendrían más que llamarse al bochornoso silencio, sin tirarse culpas (explotando réditos políticos) porque para los unos y para los otros, lo que pasaba en las cárceles, o lo que le pasa a quien está preso, fue y es un tema que nunca fue tratado a consciencia, porque no fue, ni es, un tema para aclamarlo como partidario (salvo para aumentar penas o para demonizar al condenado); es decir, que primero, desde el sistema político y después desde el Ejecutivo, nunca la forma de vida de quienes están privados de libertad por orden judicial (porque cometieron delitos diversos) fue tema prioritario en sus respectivas administraciones. Un “delincuente” es un elemento de nuestra sociedad, que no ha recibido más que la indiferencia institucional, aún a riesgo de no cumplirse con lo expuesto en esa materia, en la Constitución de la República; porque si vamos al caso, el Estado, no desde ayer, sino desde hace ya bastante días, semanas, meses y años, parece no contemplar la Carta Magna, en cuanto a las rehabilitaciones expuestas o dictadas. Y esto, los técnicos (y ni hablar de los Comisionados Parlamentarios para el sistema carcelario -de ayer y de ahora- ) lo saben perfectamente; porque en las cárceles uruguayas, predominan: hacinamientos de personas (con todo lo que esto sugiere), violencia entre internos con el saldo habitual de heridos y muertos; violencia y abuso de autoridad contra los internos; motines (motines que en definitiva son la parte visible de un iceberg que en la mayoría de los casos tiene sus orígenes en ámbitos que no son necesariamente propios de la vida carcelaria, sino que pertenecen a otros resortes donde hay personajes externos, manipulando voluntades, y hasta penurias, para obtener réditos -a veces económicos, y a veces ideológicos, o políticos, de frente y mano impulsando odios, para que unos ganen y otros pierdan, con sangre y sufrimientos de por medio, con fines que nunca se conocerán definitivamente); corrupciones entre los funcionarios penitenciarios -a todos los niveles-; ingreso de armas, y drogas, y consumo de sustancias; fabricación de cortes caseros por parte de los internos (casi por obligación o necesidad, para sobrevivir); la existencia de un sub mundo delictual operando con rigor criminal, para beneficiar el comercio de drogas en el exterior de los muros; la existencia de grupos de internos antagónicos, monitoreados por delincuentes desde afuera y en oportunidades, desde adentro mismo, con la complicidades de funcionarios públicos, de medio mando o de mando superior; y un entramado de convivencia diaria, que, en filas de la oficialidad, vive la esquizofrenia de mostrar a la sociedad, por un lado, la puesta en práctica de una diversidad de proyectos laborales y de rehabilitación muy bien intencionados (con algunos logros incluidos) y por el otro lado, la de sufrir los efectos de un mundo subterráneo plagado de mezquindades, vendettas, extorsiones, violencias verbales y físicas, que de buenas a primeras, no hacen más que reflejar (hasta para quien es profano en estas temáticas) que la vida en la cárcel, es un verdadero infierno, porque los presos se potencian entre sí, y porque los funcionarios hacen lo propio, al punto que en no pocas oportunidades la línea divisoria entre ser guardia y ser preso, es literalmente muy fina. Ergo, caer preso significa estar en un mundo de una insania tal, que aquello de la “profilaxis del delito” y la “rehabilitación” termina siendo un sombrío y ridículo eufemismo, destinado a ser arrojado a la letrina (si es que hay) más cercana, salvo -por cierto- las excepciones que nunca faltan, felizmente. Esas excepciones que son fruto no necesariamente de un sistema, sino más bien, del esfuerzo individual de los internos: de sus sacrificios para no ceder a las turbiedades atenazándolo día tras día, de su fuerza de voluntad, del apoyo familiar, del apoyo de sus compañeros, del apoyo de técnico y de docentes, de la fe, de la astucia y de su equilibrio emocional y psíquico para sobrellevar jornadas, a veces aterradoras. Excepciones que no son producto del sistema carcelario. Un sistema carcelario que a lo largo de los años no ha hecho más que desacreditarse como tal; no ha hecho más que fallarle (mentirle) a la sociedad; y no ha hecho más que retroalimentarse, para mal, pero no en una buena.

Recuerdo hace muchos años, haber visitado el ex Comcar en la previa a la inauguración, y ese recuerdo -de edificio flamante e inmaculado- se me hace imborrable, porque al mismo lugar seguí concurriendo, ya una vez habilitado. Y con el paso de los años, digamos mejor, de décadas, mis ojos vieron todo lo inimaginable: instalaciones previstas para un número de internos, superadas en número; instalaciones habilitadas en su saneamiento y demás utilidades, comidas por el deterioro; módulos ideados para descongestionar otros espacios y aportar confort a los internos, superados en número y en capacidades de uso; en definitiva, el ex Comcar avasallado ediliciamente por la mano del hombre. La mano del hombre privado de libertad y la mano del hombre que debería velar por él. La mano de la Institución, en sus entrañas, literalmente absorbida, y hasta alineada con un sub mundo de criminalidad, que, ante la carencia de valores y ejemplos de respeto a la vida humana, por parte de personas vistiendo un uniforme, no hizo otra cosa que campear y subsistir, porque es código, cuando se está en ese infierno, sobrevivir y subsistir (siempre esquivando obstáculos) hasta el día de salir en libertad. Aunque después, reinsertarse en la sociedad pacata que lo vera como sarna, será otra historia a enfrentar.

Hoy se cargan las tintas a la administración carcelaria del gobierno de turno; y quienes lo hacen, parece que padeciesen amnesia, porque no toman en cuenta que, hasta no hace poco, personajes de su partido político también estuvieron sentados en los mismos puestos; ¿e hicieron algo diferente que pudiese hacernos decir con orgullo, que el mal endémico de nuestro sistema carcelario, comenzó a diluirse?

Ahora, que sale a la luz pública el caso del secuestrado que termina como un preso del holocausto judío, sigue sin haber discernimiento en ciertos ámbitos, y todavía más: parece que no se logra entender (de una buena vez), que no se trata de buscar culpables en este caso, exclusivamente. Se trata de asumir, con los testículos bien puestos, de que blancos, colorados y frenteamplistas, asuman sus responsabilidades, porque el infierno que padeció este hombre de 29 años, no fue un hecho aislado. Fue parte de un tenebroso contexto cuyos cimientos tienen años y años, de imperturbable impunidad (y complicidad) institucional. Se trata de tomar el toro por las astas, algo que ninguno de los gobernantes de los partidos políticos involucrados, han hecho, para que (si se quiere) debido a este caso, se comience la heroica tarea de derrumbar los muros de la corruptibilidad imperante dentro de los establecimientos carcelarios, en todo el territorio uruguayo. Todos, hasta el momento, y sabrán disculparme los jerarcas y técnicos del sistema carcelario con quienes yo traté, en mis años de cronista especializado en temas policiales y de criminalidad (salvo algunas excepciones que no puedo dejar en el tintero) no han hecho otra cosa que buscar tapar el sol con un dedo. Porque de muertes (por manos policiales, por incendios de dudoso origen, por peleas entre internos, etcétera) y de heridos, de motines, de establecimientos superpoblados, de presos conviviendo en condiciones infrahumanas, de desorganizaciones funcionales y administrativas internas, de funcionarios de diverso rango corruptos alineándose con delincuentes contumaces, de abusos de autoridad, de represiones abusivas -y en casos de neto corte fascista- , de extorsiones a presos por los presos mismos y ahora de secuestros de reclusos por reclusos mismos, torturando y privando de alimento y asistencia a su par, estamos hasta el cuello, quiero decir, estamos hasta el hartazgo.

Uno de los más graves males endémicos 2

Con este panorama, quienes hablan de democracia, de instituciones democráticas, de la Ley de Urgente consideración (LUC) (que pide aumento de penas de prisión, en cárceles infierno), de sistemas judiciales avanzados, de derechos humanos que se contemplan en los centros carcelarios, de respeto a la vida humana y de cumplimiento de la Constitución de la República, deberían enjuagarse la boca (y hasta el alma, si se pudiera) -con bastante jabón- y no blasfemar sobre los derechos a la vida, osando además rasgarse las vestiduras, públicamente a la hora de escandalizarse leyendo la historia del secuestrado del módulo 11 del ex Comcar, siendo que muy buena cuota parte tuvieron para llegar a ese caso extremo, hoy mediático, cuando de seguro hubo y hay más que no tuvieron la buena fortuna de salir a la luz pública, para reclamar justicia.

Hoy, setiembre del 2021, por supuesto que es labor judicial legítima castigar a los responsables materiales, logísticos e intelectuales de este episodio, pero de ahí en más, las autoridades de gobierno, más que los jueces y fiscales que actúan sobre un caso específico, deben tomar conciencia y asumir, que esta aberración -desafortunada para este hombre de 29 años- debe tener, su utilidad social. Debe servir, para que el gobierno de turno -el del Luis Lacalle Pou en esta oportunidad- se la juegue sin hipocresías para patear este tablero, porque, de hecho, ya se ha sobrepasado todo límite. Y no es que solo este gobierno debe pagar los platos rotos. Con el advenimiento de la democracia todos los gobiernos (todas las ideologías) se han hecho añicos, porque en materia de temas carcelarios, muchos optaron por abrazarse a la insensibilidad y a la indiferencia, cuando se trata de seres humanos que un mal día cayeron, en el delito, para algún día lograr rehacer su vida, en la sociedad que terminó escupiéndolos a las entrañas del infierno.

Y me olvidaba: cuando a nivel de gobierno (y de la sociedad misma) se trabaja muy bien en el tema carcelario, en una sociedad que se jacta de democrática y republicana, no solo se está trabajando, en favor de la vida, y en favor del perdón, sino que además se trabaja tenazmente, y muy bien, en favor de la educación a la legalidad, claro está, siempre y cuando, desde la autoridad carcelaria (que no debería estar ni en el ámbito del Ministerio del Interior, ni en el ámbito privado) se toma la debida consciencia de que el hecho de estar privado de la libertad, por cometer un delito, no es el pasaporte al sufrimiento, a la pérdida de la vida y al tormento. Pensar y trabajar en ese sentido es y sería hacerle el juego a la venganza.

Y los gobiernos, si optan por ese sendero, se entregan de lleno a esa detestable y nada ética “vindicta”; y hacerlo, también es delinquir, sin más trámite, tanto o más, cuando además se acepta y se permite que el sistema carcelario siga siendo ante nuestros ojos, golpeándonos brutalmente, un mal endémico, por excelencia.

Y si tenemos dudas, preguntémosle su parecer a este hombre de 29 años. Su respuesta nos sacudirá, si es que no hemos perdido sensibilidad humana, sed de justicia y discernimiento social.

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*Foto de portada: lared.com / El ex Comcar,

*Foto 2: ladiaria.com / elmuerto.com (imagen: fondo intervenido) / Estado físico en el que fue hallado el interno de 29 años, que estuvo secuestrado por otros internos, que lo extorsionaron, no le dieron alimentos y lo torturaron, en modulo 11 del ex Comcar. Setiembre de 2021

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