Por Alejandro Díaz-12 de julio de 2021

El viernes pasado en Plaza de Mayo, durante una marcha de protesta, poco numerosa, contra las medidas sanitarias impuestas por el Gobierno de Alberto Fernández, un grupo de personas realizó pintadas provocadoras sobre los míticos pañuelos blancos que marcan la ronda de las Madres de Plaza de Mayo.

Quizás usted que lee, no lo note, pero dejé varios espacios entre los párrafos, algo así como el tiempo suficiente para leer una y otra vez lo escrito, e intentar una y otra vez comprender, porque soltar las primeras reacciones me resultaría, como mínimo, abusar de la libertad de este espacio y de la libertad suya, como lector.

100 mil.

100 mil, es el número elegido para vandalizar uno de los 20 pañuelos impresos alrededor de la pirámide central de una plaza, que, en su memoria, vio llover bombas. Pañuelos que fueron dibujados por la insistencia de un peregrinaje que buscaba respuestas: ¿dónde están nuestros hijos?

100 mil.

100 mil, es el número aproximado de víctimas fatales por Covid-19 en la Argentina desde que comenzó la pandemia. Personas que murieron, en la generalidad de los casos, acompañadas de sus familiares, o de personal de salud. Personas que murieron como consecuencia de una enfermedad originada por un virus que, a priori, no está condicionado por la voluntad del ser humano. Personas que murieron identificadas.

100 mil.

100 mil, no es en este simbolismo un número de muertes. 100 mil, es en ciertos discursos, en ciertos peligrosos discursos, el número de “asesinatos” que cometió el Gobierno de Alberto Fernández en su intento, acertado o no, de reducir los efectos de una pandemia de escala global que hasta el momento supera los 4 millones de muertes. Muertes que se registran en gobiernos de todo el espectro político. Muertes que responden a un patrón natural, no ideológico y mucho menos político.

“No quiero hacer una comparación de mal gusto, pero son tres veces las víctimas del terrorismo de Estado en Argentina”.

Esta comparación de mal gusto, cuanto menos, fue dicha por Martin Lousteau, que para los que no lo conocen es un economista, quien supo ocupar el Ministerio de Economía durante la gestión de Cristina Fernández, cargo al que tuvo que renunciar. Luego fue diputado y actualmente es Senador Nacional dentro del cuadro político de Mauricio Macri, lo que refleja que al igual que el virus, tampoco tiene límites ideológicos, salvo que uno quisiese caer en los extremos de que son todos lo mismo. Ante estos antecedentes profesionales y las enormes responsabilidades asumidas, uno supone que sus palabras no son producto de primeras reacciones, sino que son una consecuencia de la reflexión. Por más errada que uno considere que sea, sigue siendo una reflexión.

“No son hechos aislados sino una larga lista que se deriva del inmenso dispositivo desplegado e instalado por el gobierno de Macri para intentar banalizar el genocidio”, escribieron en un comunicado las Madres de Plaza de Mayo, el cual llevaba las firmas y adherencias de numerosos organismos de derechos humanos, condenando las pintadas sobre un símbolo de lucha y resistencia que le pertenece a la historia y a la humanidad.

Estos discursos de odio, que se extienden en palabras como racismo, xenofobia, aporofobia o machismo, no son producto de la falta de reflexión, son producto de la falta de empatía. La crisis sanitaria y la pandemia por el Covid-19 como fenómeno histórico son insignificantes frente a la crisis de odio que alimenta a nuestras sociedades.

Ese virus que se propaga entre nosotros, y nos hace olvidar que no hay uno sin el otro, a pesar de que reflexionemos distinto. Es por falta de empatía que este virus se propaga, porque si no somos capaces de sobrellevar las “tragedias” juntos, deberemos, inevitablemente, sufrirlas por separado.

El odio, nos consume a todos.

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*Foto de portada: www.pagina12.com

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