A 45 años de la masacre de San Patricio
 
Por Alejandro Díaz-11 de julio de 2021

“Hermanos: he sabido que hay gente de esta parroquia que compra muebles provenientes de casas de gente que ha sido arrestada y de la que no se conoce su destino. En todo el país surgen más y más de estos casos. Madres que no saben dónde están sus hijos, hijos que no saben dónde están sus padres, familias forzadas al exilio, señales de muerte por todos lados. Leemos el Antiguo Testamento donde vemos al pueblo de Israel perseguido, maltratado y exiliado, nos conmovemos ante estos pasajes y no podemos conmovernos, no podemos reconocer en estos días, la persecución que sufre nuestro pueblo. Quiero ser bien claro al respecto: las ovejas de este rebaño que medran con la situación por la que están pasando tantas familias argentinas, dejan de ser para mí ovejas para transformarse en cucarachas”.

Corrían los últimos días del mes de junio de 1976, cuando el padre Kelly dijo estas palabras, parado en el altar, de espaldas a la Institución y de frente a una congregación que se acostumbró a caminar las calles con el mismo silencio sacramental con el que murmuraban durante las misas.

Alfredo José Kelly tenía 43 años la noche que fue fusilado junto a otros cuatro clérigos. Los sacerdotes Alfredo Leaden de 57 años y Pedro Eduardo Duffau de 70; y los seminaristas, Emilio José Barletti y Salvador Barbeito Doval, de 23 y 24 años respectivamente.

La madrugada del 4 de julio, en fechas patrias para algunos, una patota de asesinos irrumpió en el predio de la iglesia de San Patricio, en pleno barrio Belgrano, en la Capital Federal de la República Argentina, donde los religiosos moraban, y ejercían su vida pastoral. Sus cuerpos fueron hallados por la mañana, uno junto al otro, prolijamente acomodados. Habían sido acribillados por la espalda. Asesinados a traición, quizás sin sorpresa, por los mismos componentes que los clérigos denunciaban.

La sangre corría por las calles de América Latina; no serían los primeros clérigos en ser masacrados, ni los últimos. Las dictaduras militares llevaban años, y años llevaban operando los escuadrones de la muerte. Pese a la cercanía del “primer comunicado oficial”, esta trilogía de perseguidos, perseguidores e indiferentes, era harto conocida.

“Estos surdos (sic) murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes”, se leía en una alfombra en el lugar. Como si fuera poco, una caricatura de Mafalda, el icónico personaje del eterno Quino, señalando la macana que cuelga del cinturón de un oficial de rostro sorprendido, y dice “el palito de abollar ideologías”, reposaba sobre el cuerpo de uno de los curas.

Desde la década del 60, muchos curas, sobre todo jóvenes, se unen a las filas del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, una doctrina dentro de la institución vaticana, que se izaba con una marcada concepción social, que no se escondía en el mensaje de la caridad, ni en el asistencialismo para los pobres. Era, y es, una doctrina profundamente política y religiosa que atacaba de frente los crímenes de masas, ocurridos en vivo y en directo, en un territorio que se agrupaba para construir una identidad propia, pluricultural, frente a la frialdad de los discursos y los asesinatos por encargo de las potencias.

Los curas asesinados, en particular Kelly, no formaban parte de ninguna agrupación política. En su diario íntimo, con fecha del 11 de junio, Kelly escribía: “estoy muy cansado y tensionado por Emilio y su decisión. Acabamos de conversar sin hacerle mucha luz, creo”. Se refería a la participación de Barletti en los movimientos políticos de la época.

No es mi intención revalidar una postura por sobre la otra, ni tamizar las ideas de los curas. Solo pretendo, con esta breve cita, reflejar el profundo conocimiento que había de la situación ya en aquel junio de 1976, cuando todavía faltaban años para que la sociedad hablara en voz alta lo que en esos años se murmuraba. Pero los curas sabían.

Los curas que trabajaban en las villas y en los barrios obreros sabían de los secuestros, de los aprietes, sabían de las picanas, sabían de los saqueos. Pero también los sabían los curas de etiqueta, que se codeaban con los altos mandos de la dictadura, con la misma naturaleza con que se juntan con los mercenarios de las democracias hasta hoy día. Porque ser pobre, obrero, y tener consciencia social sigue siendo en ciertos círculos, un pecado.

“Elementos subversivos asesinaron cobardemente a los sacerdotes y seminaristas. El vandálico hecho fue cometido en dependencias de la iglesia San Patricio, lo cual demuestra que sus autores, además de no tener Patria, tampoco tienen Dios”; esta era una de las vibrantes frases que adornaba el artículo publicado en el diario La Nación el día siguiente a la masacre.

Hasta la fecha la causa no tiene responsables, ni “zurdos”, ni fascistas. No porque no se haya investigado. La causa original, nacida a partir de la inocultable escena, con todo lo que eso implica, fue llevada adelante por el juez Guillermo Rivarola y el fiscal Julio Cesar Strassera, que se dedicaron a cajonear el caso, e impulsar su prescripción, pese a que testimonios de la época citaban las responsabilidades, o al menos las sospechas, en la participación del crimen de los agentes de la comisaria 37. En el 84, el juez Néstor Blondi tomó la posta y la llevo a la prescripción en 1987.

La vía judicial, será retomada recién en el 2013, cuando el juez federal Sergio Torres, dentro del marco de la mega causa ESMA, reabriera el caso a partir de los testimonios de algunos sobrevivientes que vinculaban al marino Antonio Pernias, uno de los más terribles torturadores y violadores seriales de la ESMA, con los asesinatos de los curas.

A partir de estos testimonios, sumados a la publicación de la revista El Periodista, que en abril de 1985 titulaba: “El horrendo crimen de los cinco religiosos palotinos”, el juez Sergio Torres liberó un exhorto intentando que la institución religiosa abriera los archivos clasificados de la época. En aquel artículo, los autores (Marcelo Pagliaro y Julio Villalonga), anunciaban la existencia de una investigación interna que había realizado el Vaticano, y que posiblemente había reconocido elementos civiles vinculados a la iglesia y a los asesinatos. Aún sin respuestas.

Quizás la más anecdótica de todas las investigaciones haya sido la del periodista Eduardo Kimel, quien en 1989 publicó un libro con las investigaciones del caso titulado “La masacre de San Patricio”. El libro aborda no solo la hipótesis de la responsabilidad estatal en los crímenes,también incluye, un recorrido por la vida las víctimas. En sus páginas Kimel deja en claro que las cúpulas militares y eclesiásticas se habían reunido para consensuar que la matanza había sido consecuencia de un “grupo del gobierno salido de control”.

Las denuncias de Kimel le valieron una fuerte represalia, ya que el juez original de la causa, Guillermo Rivarola, lo querelló por calumnias e injurias. Acusación por la que fue condenado en primera instancia a un año de prisión en suspenso, más una multa por 20000 pesos/dólares de la época. En 1996, Kimel, apela el fallo y la corte da lugar desestimando las acusaciones. Finalmente, la Corte Suprema de Justicia, la corte menemista, ratifica el fallo de primera instancia dando lugar a uno de los casos de censura contra la prensa más emblemáticos de la democracia.

Recién en el 2009, Kimel con la representación del CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), llevó el caso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la cual intimó al gobierno argentino a dejar sin efecto la condena y revisar la legislación en materia de calumnias e injurias despenalizando los hechos de este tipo en casos de interés público.

Pese al proceso de canonización avalado por el entonces cardenal Bergoglio, hoy Papa Francisco, la causa judicial no muestra avances, pese también a que la Congregación Palotina se presentó como querellante legal, recién a partir del 2016.

La permanente dedicación en materia de ocultamiento de la iglesia católica, en este y cientos de crímenes políticos, religiosos y étnicos, no puede ser lavada por las estampitas. La existencia de frondosa documentación interna, conocida y negada durante años atenta contra todo precepto de honestidad que pueda tener en sus estamentos fundamentales.

En aquel entonces los curas villeros en la voz de Kelly exigían a su propia comunidad, laicos y curas por igual, pobres y ricos por igual, afrontar con determinación los crímenes de lesa humanidad cometidos en su presente. Las cúpulas de la iglesia católica fueron un componente determinante en el ejercicio de exterminio llevado adelante por las fuerzas armadas de la República Argentina, y no solo. Su silencio a lo largo de los años no puede ser entendido como una contemplación de disputas políticas y sociales que exceden la palabra de Dios.

La impunidad se llevó no solo a cinco referentes de una comunidad, sino que también se llevó la referencia que los jóvenes, de “mentes vírgenes”, pudieran tener como estímulo para el desarrollo del ser crítico. En su lugar, los colonizadores, imperialistas y culturales, sembraron en la mente de los jóvenes la violencia, la sangre, la intimidación y el miedo. Aquellos referentes del pasado deben verse reflejados en las denuncias del presente.

Hoy, ¿quiénes serían las cucarachas? ¿Quiénes serían los genocidas señalados desde el altar de los pueblos?

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*Foto de portada: revistacriterio.com

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