Asesinatos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz
 
45 años sin respuestas, dan paso a una tenaz lucha para hacerse justicia
 
Por Victoria Camboni y Alejandro Díaz-30 de mayo de 2021

“Nuestra voz es la de todos aquellos que habiendo sufrido no pueden gritar su rebeldía, no pueden proclamar su lucha. Pero no es solo una voz de acusación y de condena. Es también y siempre una voz de esperanza y de fe”.

Así cerraba su discurso Zelmar Michelini en el Tribunal Russell, en Roma, el 10 de marzo de 1974.

Para ese presente, Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz se encontraban en carácter de exiliados políticos en Argentina. Fueron empujados a abandonar su vida en Uruguay, a vivir la muerte en el exilio, para finalmente volver a su tierra natal inmortales.

Eran dos hombres que, con gran elocuencia y una capacidad de seducción en su oratoria, un carisma poderoso, pero principalmente con ideas que revolucionaban las bases políticas instaladas en un Uruguay conservador y violento, desde 150 años atrás, comenzaron a sembrar el quiebre de un sistema político basado en herencias y las divisiones de los partidos tradicionales, blanco y colorado. Eran representantes de una generación que presentaba una posibilidad de futuro distinto. Agrupados desde distintas cunas, experiencias y formaciones, eran la prueba de que no importan los orígenes cuando se comparte la misma meta: construir una sociedad distinta, y frenar la violencia institucional.

La violencia en Uruguay se hizo insostenible. La tradición de una fuerza policial abusiva encontró en la lógica de adoctrinamiento ideológico y militar de la guerra fría, una justificación injustificable. De los interrogatorios y las golpizas en las comisarías a los escuadrones de la muerte en las calles hubo un solo paso. Cuando el 14 de abril de 1972 la dictadura perdió definitivamente la timidez y ganó el centro del escenario, fueron los soñadores los que salieron, no a poner paños fríos, no a dibujar la situación, ni a ver cómo se acomodaban, sino a poner los puntos sobre las íes, y a exigir la supremacía de la ley, como instrumento de cuidado de los derechos humanos.

Esa misma noche, Héctor Gutiérrez Ruiz, “El Toba”, se hizo presente en la sede del Partido Comunista, donde había más de 400 correligionarios tendidos sobre el suelo, mientras una tropa vestida de civil, mezclando componentes de distintas fuerzas, amenazaba a todo el mundo. Con gritos, disparos, golpes y manoseos, intentaban robarle la moral a los presentes, en una clara provocación que buscaba una respuesta, que no encontró.

Sobre esta escalada de violencia el Toba manifestó en televisión la necesidad de “terminar con ese título de Estado de Guerra, que no le hace bien a la mentalidad del país en lo interno y sobre todo no le hace bien a la imagen del país en el exterior. Porque, póngase el amigo televidente a explicarle a un estadounidense, a un inglés, a un alemán, que la guerra en Uruguay es esta guerra Sui Generis que llevamos acá”.

Inteligente, el Toba, no le hablaba ni al televidente, ni a los pueblos extranjeros. En su calidad de presidente de la Cámara de Legisladores, daba un mensaje a sus pares dentro y fuera del país, donde dimensionaba la profundidad de los términos, y sin restarle importancia a los hechos de violencia, con o sin movimientos de guerrilla, más o menos organizados, el “Estado de Guerra” era un término que le sobraba a la situación, y él lo sabía, y todos lo sabían.

Pero la violencia en Uruguay está fomentada y gestionada desde sectores de poder que necesitan imponer un modelo violento, no solo en el país oriental sino en toda la región. Las evidencias presentadas en aquel momento, en la legislatura, que daban cuenta de los grupos de exterminio que aglutinaban agentes de inteligencia de varias naciones, operantes en un mapa sin fronteras, y que años más tarde serían reconocidas bajo el título de “Plan Cóndor”, fueron negadas y ocultadas no solo por el componente militar y dictatorial, sino por todo el conjunto de personas de las instituciones de cierta jerarquía (como legisladores o cuerpos diplomáticos), que dejaron en situación de abandono a aquellos que, como el Toba o Michelini, se animaron a denunciarlo.

Hoy en día, el abandono administrativo y legal por parte de la comunidad internacional ante situaciones de crímenes de Lesa Humanidad, sigue siendo la norma. Con la diferencia de que en este presente la historia no debe ser explicada, porque las imágenes y videos que se propagan desde las zonas de exterminio son más que elocuentes. Pero en aquel presente la tortura, la violencia, la sistematización de la desaparición forzada, el vacío legal y la indiferencia debían ser narradas en modo de prosa.

“El ejercicio de la tortura es una actividad planificada, una conducta consciente originada en los altos mandos, consentida cuando no inspirada por el propio señor Bordaberry. Es parte medular de un plan político de entrega de una nación, siguiendo instrucciones que hoy se puede afirmar provienen del exterior y reconocen un común denominador la pregonada integración latinoamericana económica, política social buscada desde hace décadas por todos los pueblos como una manera de oponerse al gran imperio del norte y la verdad es que, en la integración de sus policías sus ejércitos de la actividad represiva en todos los países donde está la dictadura. En Brasil, en Chile, en Bolivia, en las repúblicas bananeras del Caribe, en el Uruguay, oficiales de distintos ejércitos, pero discípulos todos de los Estados Unidos, ejercitan con probada eficacia el sometimiento del ser humano apelando a los más indignos recursos”, declaró Michelini en el tribunal Russell.

Agregó, a ese discurso, que “los uruguayos torturados superan los 5 mil y por las cárceles y cuarteles militares han desfilado más de 40 mil personas. El número debe relacionarse con el total de habitantes del país y entonces las conclusiones son escalofriantes. Uruguay tiene 2,5 millones de habitantes. Los números que he dado cuentan trasladados a Italia; por ejemplo, daría una población estimada en 50 millones, una cifra de personas detenidas cercanas a las 800 mil y de torturados que superan los 100 mil. No hay en los establecimientos de detención uruguayos más presos políticos que presos por delitos comunes. Pero estas cifras no son estáticas; crecen constantemente y además se persigue a los familiares, a los amigos y a quienes ejercen la defensa, a los abogados se les acosa constantemente, se les maltrata incluso se los ha aprisionado, se les ha obligado a salir del país”.

La actividad de denuncia de ambos prolifera durante el exilio. Pese a los ataques de desazón y de desconcierto que sufrían por la situación caótica, por momentos de intrascendencia que se mezclaba con la impotencia. A esta situación general que atravesaba el país, se sumaba la detención en Uruguay de su hija Elisa, la cual era utilizada por la dictadura como rehén para amedrentarlo. Una forma más del terrorismo de Estado.

Sorpresivamente, sobrevino la tragedia.

Un 18 de mayo de 1976, Zelmar y el Toba fueron alcanzados por los monstruos del terror: un grupo de tareas los secuestro sin piedad, y a la vista de todos. Devorándolos en el gran Buenos Aires, amparados en las sombras de la noche.

Un 20 de mayo de 1976, Zelmar y el Toba fueron alcanzados por la muerte. Por la muerte cruel, despiadada y sin tregua, con tortura y a balazos; como les alcanzó a tantos centenares de personas, que vivieron el mismo derrotero: secuestro, tormentos y muerte. Muerte cruel y despiadada.

Aquel 20 de mayo de 1976, después que las balas de la muerte los atravesaron en Buenos Aires, bajo el amparo de la dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla, fueron asesinados de igual forma, Rosario Barredo y William Whitelaw, quienes habían sido secuestrados días antes del trágico desenlace. Era una pareja de uruguayos pertenecientes a Nuevo Tiempo, una organización nacida del Movimiento de Liberación Nacional (MLN-Tupamaros).

Los cuerpos de todos ellos, fueron hallados dentro de un automóvil abandonado en la vía pública, en el barrio de Floresta al día siguiente. Y de ahí en más, corrieron ya 45 años, sin respuestas. Pero recientes investigaciones desnudan la existencia de un Centro Clandestino ubicado en la calle Bacacay n°3570, conocido como “El jardín”, que funcionó entre abril y mayo de 1976, hasta que esa operatividad se mudó a partir de los primeros días de junio al centro clandestino Automotores Orletti. Se estima que, tras el secuestro, a todos ellos los retuvieron allí, para ser torturados y asesinados. Dentro de esta lógica también se incluye el secuestro y desaparición del dirigente comunista Manuel Liberoff.

Mario Benedetti inmortaliza a Zelmar, en un poema:

“Ya van días y noches que pienso pobre flaco

y no puedo ni quiero apartar el recuerdo no el subido al cajón a la tribuna

con su palabra de espiral velocísima

que blindaba los pregones del pueblo

o encendía el futuro con unas pocas brasas

ni el cruzado sin tregua que quería

salvar la sangre prójima aferrándose

a la justicia, esa pobre lisiada…”.

“…ya van días y noches que pienso pobre flaco

un modo de decir pobres nosotros

que nos hemos quedado

sin su fraternidad sobre la tierra

no se me borran la sonrisa el gesto

de la última vez que lo vi junto a chicho

y no le dije adiós sino cuídate

pero los dos sabíamos que no se iba a cuidar”.

Si bien el Canciller de la dictadura Juan Carlos Blanco y el expresidente golpista Juan María Bordaberry fueron procesados con prisión como autores intelectuales de las muertes, los culpables materiales nunca fueron hallados, entre otros puntos que la Justicia, recién este último año se encuentra investigando pero que aún no terminó de esclarecer.

El exjefe de Inteligencia de la Policía uruguaya en aquellos años, Hugo Campos Hermida, testificó que el responsable intelectual de las muertes, de los legisladores y de la pareja, fue el jefe del Ejército de Uruguay, general Gregorio Álvarez.

Las razones de estos asesinatos giran en torno a la preocupación, que partía desde el Gobierno de facto uruguayo (que operaba en connivencia con los Estados terroristas, y que en paralelo mantenían una inmoral y sanguinaria campaña de persecución y razias contra los opositores, por la emergencia de un nuevo movimiento político) de que temían que se les hiciera frente y se los desplazara del poder.

El 24 de mayo de 1976, Wilson Ferreira Aldunate, proscripto en el Uruguay y exiliado en la Argentina (cuya vida salvó aquella noche del 18 de mayo, al ser alertado de que los grupos de tareas iban también tras él) le envió una fuerte carta a Videla. En ella detalla las denuncias de habeas corpus que habían presentado los familiares de Zelmar y el Toba, mientras aún vivían. También describe la alevosía de sus secuestros, dejando en evidencia el carácter “institucional”, y la indiferencia de las instituciones -no solo argentinas- para esclarecer los hechos, dejando entrever la actitud corporativa de distintos sectores que componían el régimen autoritario.

“La captura del Sr. presidente de la Cámara de Representantes del Uruguay, Héctor Gutiérrez Ruiz, fue efectuada en las primeras horas del 18 de mayo, en su domicilio sito en Posadas 1011, casi Carlos Pellegrini, por un nutrido grupo de individuos provistos de armas de guerra, que actuaron en forma pública, pausada y disciplinada. Llegaron en varios automóviles Falcon blancos, idénticos a los que usa la Policía Federal, y desde ellos se comunicaban, por radio y a alto volumen, con un comando central desde donde se impartían instrucciones. Por otra parte, los secuestradores informaban a gritos, desde el cuarto piso del edificio, a quienes habían permanecido en la calle, el progreso del operativo". En la misiva, Ferreira agregaba que “la aprehensión del Senador Michelini se efectuó dos horas después de finalizado el episodio que he referido. Intervinieron en ella, presumiblemente, los mismos individuos u otros que obedecían a los mismos mandos, pues habían manifestado a la Sra. de Gutiérrez Ruiz que debía abstenerse de avisar a ‘Michelini y los otros uruguayos’, pues de lo contrario ejecutarían a su marido”.

“En la misma manzana, sobre la calle Sarmiento, se encuentra la Embajada de los Estados Unidos, provista día y noche de una excepcional custodia, y ante cuyo frente estacionan permanentemente por lo menos dos vehículos con efectivos fuertemente armados. A pesar de todo ello, también aquí los secuestradores actuaron con increíble ostentación, públicamente, evidenciando total seguridad y por consiguiente, no mostrando prisa ni propósito de ocultarse. Estacionaron sus tres vehículos en violación de las normas vigentes, ocuparon militarmente el frente y el iluminado hall del hotel, intimidaron a la totalidad del personal, obtuvieron las llaves, se hicieron conducir a la habitación del Senador Michelini donde, tras inmovilizar a los dos hijos que lo acompañaban, lo obligaron a levantarse y vestirse y luego procedieron a vendarle los ojos. Pero no descendieron inmediatamente, por el contrario, iniciaron aquí también una sistemática operación de saqueo, haciendo fardos con las sábanas, en los que introdujeron cuanto objeto pudieron encontrar”.

“Al cerrarse la noche que va del 18 al 19 de mayo, la Policía no ha aceptado denuncia alguna; ningún agente se ha hecho presente en los lugares de los hechos; el Juez Federal competente no ha ordenado ninguna diligencia o pericia; no se ha recibido contestación a ninguno de los telegramas enviados, entre los que se encuentra el dirigido a usted, Sr. Presidente; las huellas dactilares de los criminales están esperando ser relevadas, en un país donde todos los habitantes -nacionales y extranjeros- tienen las impresiones de sus diez dedos archivadas y clasificadas en un registro único de carácter nacional”.

“Pero sí, quiero decirle algo sobre los otros compatriotas cuyos cuerpos sin vida fueron ‘encontrados’ junto a los de nuestros dos amigos. No los conocía. Se dice que pertenecen a una organización guerrillera, pero no tengo ningún modo de saber si ello es cierto o no. Pero si tal fuera el caso, resulta evidente que se los mató al solo efecto de hacer aparecer a nuestros dos amigos como vinculados con la guerrilla. Y no sé si esto no es lo más abyecto de todo este sucio episodio: quitar la vida a dos seres humanos por la única razón de apuntalar una mentira. Quiera Dios que la saña de los asesinos respete por lo menos la vida de sus hijos desaparecidos. La Policía argentina ha ido a buscarme a mi casa hace unas pocas horas. Hace ya varias noches que no duermo en ella y, como le dije, buscaré ahora el amparo de la Embajada de un país cuyo gobierno se respeta a sí mismo, y por ello respeta y ampara la vida humana. Cuando llegue la hora de su propio exilio -que llegará, no lo dude, general Videla-si busca refugio en el Uruguay, un Uruguay cuyo destino estará nuevamente en manos de su propio pueblo, lo recibiremos sin cordialidad ni afecto, pero le otorgaremos la protección que usted no dio a aquellos cuya muerte hoy estamos llorando”.

Cada vez es más notorio que los procesos de violencia sistematizada contra las poblaciones civiles y sus representantes legítimos (sean o no reglamentados, dependiendo de la fragilidad de las sociedades que los acunan), es posible gracias a la sistemática indiferencia de la comunidad internacional, que evita constantemente toda medida de fuerza legal preventiva ante la escalada de violencia. La historia se repite constantemente; el pasado uruguayo es hoy el presente colombiano, o palestino. La secuencia de sistematización es la misma.

¿Qué estamos esperando para prevenir estas escaladas de violencia? ¿O será que somos morbosamente adictos a los mártires?

¿Cuándo serán desclasificados los archivos secretos en poderes de los Estados, que esconden crímenes aberrantes? Crímenes que sostienen y retroalimentan cadenas de impunidad donde se esconden los titiriteros, siempre al acecho.

¿Cuándo las herramientas del Estado se utilizarán para desarticular organizaciones criminales en vez de espiar y acechar a los distintos actores civiles y sociales? ¿Cuándo tendremos una verdadera democracia?

¿Hasta cuándo la impunidad será el manto que cubra a estos cuatro asesinatos? ¿Estaremos ya en vías de que se haga justicia, en Uruguay?

“…a lo mejor entonces

nuestro Zelmar

ése de cada uno

ése que él mismo nos dejó en custodia

a cada uno tenderá una mano

y como en tantas otras

malas suertes y noches

nos sacará del pozo

desamortajará nuestra alegría

y empezará a blindarnos los pregones

a encender el futuro con unas pocas brasas”.

(Mario Benedetti, mayo de 1976)

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*Imagen de portada: Nicolás Pereiro

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