Omar Barbieri, el militar que asegura haber visto documentos de un centro clandestino de detenidos

Por Victoria Camboni-30 de marzo de 2021

Documentos secretos, vinculados a la actividad terrorista de las fuerzas militares en Argentina en la época de la dictadura, fueron descubiertos hace 38 años por Omar Barbieri, un militar que, por ser testigo de la documentación, fue golpeado, secuestrado y amenazado de muerte. El Capitán retirado argentine decidió contar su historia al medio de prensa argentino Página 12. Aún no se presentó a la justicia, pero manifestó que está dispuesto a declarar.

Treinta y ocho años pasaron antes de que el Capitán retirado se animara a hablar. Las amenazas no solo a su vida sino a la de su familia congelaron en el tiempo cualquier atisbo de confesión, y la verdad de la que él fue testigo se mantuvo en silencio, en el silencio de la impunidad.

Ocurrió en la Enfermería del Regimiento de Infantería 3 de La Tablada, en Argentina. Fue allí que Barbieri, que tenía el cargo de Teniente primero, presenció la llegada de documentación secreta; fichas con información recopilada en el Centro Clandestino El Vesubio, con nombre, agrupación, cargo, foto y otros datos de muchas personas. Era 3 de setiembre de 1983, cuando el militar se encontró con el médico del Regimiento, Pedro Kozendrewa. A la hora del desayuno, ingresó al lugar con su esposa, y se dirigió a Barbieri, a quien dijo al oído: "tengo que hacer desocupar las salas de Enfermería que dan a la calle principal porque van a traer documentos secretos", y le mencionó además que escuchó "que son del LDR (Lugar de Reunión de Detenidos) Vesubio", un Centro Clandestino en Argentina.

El operativo fue llevado adelante por “el jefe de Regimiento teniente coronel Héctor Mario Giralda y el comandante de la Brigada General Alberto Ramón Schollaert, ambos vestidos de civil”, entre otros militares que Barbieri no pudo reconocer. Los integrantes de las fuerzas armadas llegaron al lugar con documentación, repartida en "tres Ford Falcon y un camión de carga tipo mudanzas lleno de cajas”, sobre las 21 horas. El teniente aguardó a la madrugada, para intentar ingresar a la Enfermería y poder acercarse a los papeles.

El militar, que se desempeñaba como oficial de Servicio en el Regimiento, y que provenía de una familia peronista, decidió indagar en los documentos.

“Viendo con mi linternita logré hacerme de varias hojas con antecedentes de personas con foto, agrupación, cargo y muchas cosas más, pero me sorprendió porque todas en su parte superior tenían un sello que decía ‘FINAL’; esas hojas llenaban un escritorio grande. En el otro escritorio estaban muchas carpetas. Ahí retiré un cuadernillo que decía PON Vesubio, yo sabía que eran procedimientos operativos normales", relató. Estando allí, intentó guardarse documentos y retirarlos del lugar, pero lo descubrieron. Y el terror comenzó.

El relato que sigue es el recuerdo, indeleble, que expresa tener guardado desde hace tantas décadas, sobre lo que para él fue una noche de terror. “Al salir de la oscuridad apareció el mayor Luis Alberto Sánchez, que era el oficial de Operaciones e Inteligencia del Regimiento, junto a cuatro personas de civil (...). Me dijo que estaba arrestado por estar en un área prohibida y me pidió mi pistola, que yo ingenuamente le di. Me sacó la documentación. Seguidamente sentí que me tocaban la espalda y al darme vuelta recibí de lleno un fuerte golpe en la cara. Sánchez se había ido y en medio de la oscuridad recibí una golpiza tremenda, pese a que me resistí con violencia. Yo grité y nadie escuchó nada. Me parece extraño. Nadie estuvo conmigo, nadie me ayudó. Todos esos miserables (sus compañeros, ndr) me dejaron solo", contó.

El trato inhumano y violento continuó. Lo siguiente que recuerda, dice, es que al despertar, tenía tapada la boca con cinta, las manos y pies esposados, y la cabeza encapuchada. Un trato habitual que se le daba a las y los detenidos por motivos políticos y de odio. Lo que siguió fueron sesiones de torturas por parte de "varias personas" para hacer que dijera a quién respondía y quiénes eran sus colaboradores. La violencia continuó durante dos días, hasta que alguien le quitó la capucha: el coronel Justo Rojas Alcorta, a quien conocía por haber estado a su mando en el RI6 en Mercedes, era el segundo comandante de la Brigada, pero se encontraba vestido de civil. "Me conmoví al ver a la primera persona conocida", señaló Barbieri a quien ahora reconoce como "asesino" y "genocida".

"'Yo le acabo de salvar la vida, pero para salir de acá me tiene que prometer que se va a olvidar de todo lo que le pasó, de lo contrario ya no estará en peligro su vida sino la de su familia también’", amenazó Rojas. Barbieri continuó su relato: "Sacó un papel y me hizo firmar un documento de dos hojas que no pude leer nada. Luego se retiró, entraron cuatro personas de civil irreconocibles y una de ellas me puso una inyección intravenosa y me quedé dormido".

Cuando despertó, estaba en otro lugar, con otra ropa, y viéndose retenido por la fuerza en reposo, para que las heridas que le provocaron se curaran por completo y no quedaran pruebas visibles de los maltratos y golpizas que le propinaron. 40 días pasaron antes de que lo liberaran. En su legajo figura que se trató de un arresto por "alterar las constancias de calificaciones de soldados conscriptos" y que estás alteraciones favorecían "al personal de tropa de su sección en perjuicio del resto de la unidad". Barbieri, al respecto, dice que "es una mentira, una farsa".

"Me habían robado mi dignidad como persona, mi querida profesión y el reloj seiko que me había regalado mi papá al recibirme en el Colegio Militar de la Nación”, lamentó el militar.

¿Por qué razón tuvieron que pasar 38 años antes que Omar Barbieri se animara a contar lo que vivió? El terror, la protección hacia los suyos, el miedo a la muerte, lo llevaron a guardar silencio. Pero las nuevas generaciones, que no guardan silencio y empujan a que la verdad salga a la luz, lograron convencerlo de que hablara: sus hijos. "Espero que esto colabore a la enorme causa de los desaparecidos y que le llegue el mensaje a la oficialidad nueva para que sepa que aquello que ocurrió en el 76 fue una barbaridad", sentenció.

Al ser entrevistado por Página 12 sobre los motivos por los cuales no se fue oportunamente de la Fuerza, su respuesta fue contundente: “Porque soy un cagón de mierda, porque no tenía protección, ni de qué vivir, y porque creí siempre que se iba a revertir. La esperanza la perdí en el 89”.

Rojas Alcorta murió antes de ser juzgado. Así como tantos otros militares, que terminaron sus días comprando en un supermercado, caminando por una calle o disfrutando de una tarde en la plaza junto a sus familias. Como si nunca hubiera existido el terror, como si a nadie le importara que personas como él siguieran viviendo una vida libre de culpas y responsabilidades, con total omertá, mientras hasta este día en que se escriben estas líneas, familias enteras lloran por sus muertos y desaparecidos, sin una respuesta, sin justicia.

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*Foto de portada: www.pagina12.com

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