Testigos de los vuelos de la muerte en Argentina, rompen el silencio 45 años después

Por Agustín Saiz-23 de febrero de 2021

El genocidio argentino de los años 70 está silenciado, y las decenas de miles de cuerpos desaparecidos siguen sin aparecer, y tal vez no puedan hacerlo. Los jóvenes que tenían 18 años, cuando tuvieron que hacer el servicio militar en Campo de Mayo durante la última dictadura, cívico-militar argentina (76 al 83), son hoy los únicos testigos que pueden romper el pacto de silencio y asegurar que los vuelos de la muerte, en verdad existieron como dispositivo para eliminar los rastros de tantas víctimas.

“Yo vi ingresar camionetas de traslado de detenidos, una vez vi que se dirigía una camioneta a la pista de aviones que conocíamos como Fiat (Fiat G222), que eran similares a los Hércules (aviones de carga) pero más chicos. Cuando ingresaban esas camionetas, eran preparados los aviones en las cabeceras de la pista con motores en marcha”.

Alberto Espila, es una de las cinco personas que el pasado lunes 22 de febrero dieron testimonio en el juicio de los “Vuelos de Campo de Mayo”. Los exconscriptos por ser personal temporario en el ejército no eran personal de confianza y como no estaban asimilados en el aparato represor, no tuvieron participación directa en el dispositivo de desaparición de personas. En algunas ocasiones durante las guardias podían estar lo suficientemente cerca de la pista de aterrizaje de los aviones en Campo de Mayo y ser testigos a la distancia de lo que estaba sucediendo. Pero entre ellos, todo era un secreto a voces “la limpieza de los aviones la hacían los propios soldados. Hubo un rumor que escuche que limpiaron un avión lleno de sangre y excrementos. Los vuelos eran a la 1, 2 o 3 de la madrugada”.

Ya son varias las personas que han pasado para dar testimonio a lo largo del desarrollo de este juicio, pero en mayor medida, esos relatos han sido un poco vagos o confusos. En esta jornada los testimonios se volvieron por primera vez más precisos y a pesar de que todavía en ellos se siente la lucha interna en sus declaraciones por vencer el miedo, una grieta en la muralla de contención comienza a crujir. Detrás de esa pared esta la prueba definitiva de como operaba la gran maquinaria del genocidio.

Edgardo Villegas es cuidadoso en lo que dice, pero pareciera como si intentase dejarnos las conclusiones que se desprenden de su relato, lo más claras posibles “nos dijeron que íbamos a llevar pan dulce, antes de navidad, a la isla Martin García. Íbamos en la parte de delante de un avión del batallón, grande, verde. Lo que me pareció raro con el tiempo, es que nunca aterrizo. Aterrizo de vuelta en Campo de Mayo”.

Juan Carlos Lameiro fue aún más contundente y explicó: “Me ha tocado hacer guardias en el aeródromo, me tocó vivir situaciones que desde mi ignorancia de ese momento no entendía y era sobre la gente que subían al avión G222. Me pareció verlos desde 30 o 40 metros encapuchados, en hilera. Como mínimo aproximadamente 10 veces vi estas situaciones porque no siempre las guardias me tocaban en el mismo sector. Teniendo en cuenta la distancia me daba la impresión de que estaban con las manos atadas. Eran como mínimo entre 10 y 20 personas en cada episodio. Era una situación anormal que no estaba dentro de mi lógica. No era el único que lo veía, en las dotaciones de guardia éramos como 20 personas”.

Que solo una fracción menor de los exconscriptos dé su testimonio, explica como el miedo operaba en bloque condicionando a todo el grupo. La estrategia de la represión era cooptar la mayor cantidad de personas haciéndolas participar de sus crímenes, para que siendo todos responsables nadie rompa el pacto de silencio. Por lo que los jóvenes “colimbas” no se mancharon las manos de sangre, pero crecieron con el miedo de ser testigos de algo que los superaba y que los ponía en riesgo. Sabían que cualquier paso en falso, en dictadura o en democracia, se podía pagar con la propia vida. Por ello es fundamental que finalmente los testimonios salgan a la luz de manera abierta y que sea la ciudadanía la que asuma la responsabilidad y se convierta en una garantía en medio del actual clima de impunidad institucional.

Carlos Dornellis estuvo varias veces haciendo guardias en puestos claves y a partir de lo que relató podemos terminar de comprender toda la escena de la operatoria de los vuelos: “Recibí órdenes del oficial de la torre de vuelo que abriera las barreras en ciertos horarios y que no preguntara nada de los vehículos y camiones que ingresaban. Debía dejar pasar al Ford Falcon y Peugeot que acompañaban a los camiones (térmicos) que entraban con el cartel de sustancias alimenticias. Yo levantaba la barrera y ellos pasaban por el playón y el avión estaba esperando en el fondo de la pista (Fiat G222) con los motores encendidos. Los vehículos eran conducidos por gente vestida de civil y se comentaba entre nosotros que traían gente y la tiraban”.

Ante semejante declaración, inmediatamente después, el fiscal Marcelo Berro le pregunto sin dar lugar a pausas: “¿A dónde...?”.

“Al mar…”, fue naturalmente, la respuesta.

El peso enorme del aparato represor que ocupo todos los rincones del estado, no pudo contener la necesidad de justicia de quienes hoy nos están contando la verdad. A 45 años, el dispositivo que eligió la cupular militar para desaparecer los cuerpos torturados y asesinados durante el genocidio, comienza a quedar registrado y establecido, como tal en la justicia.

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*Foto de portada: www.anred.org

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